Antonio moreno original

La anomalía

Antonio Moreno
Lo que no podemos permitir

Tolerancia religiosa y diálogo político

1.-He pasado unos días de esta semana santa en Cádiz. La ciudad se transformaba por las tardes para acoger las distintas procesiones y gran parte de la población participaba de una o de otra manera en este tipo de manifestación religiosa.

Resulta obvio que esta forma  de religiosidad gaditana, o andaluza si se quiere generalizar más, es difícil de entender para quien llega desde el norte. Además, como en todo este tipo de rituales, la perspectiva del interviniente o participante no coincide con la del espectador externo (que no hay que confundir con el seguidor). También aquí, de vuelta en Salamanca, descubro que las noticias sobre el devenir de las procesiones ocupan los titulares, las primeras páginas y lo mejor de todo el despliegue informativo lo de los medios locales. En resumen, ha sido una buena semana santa desde el punto de vista procesional y turístico.

 

Es de sobra conocida la distinción kantiana entre religión estatuaria y religión moral pura, incluso su proyecto de distinguir y depurar a las religiones reveladas de todo ese componente irracional, revelado, dogmático y ritual para ajustarlas a su verdadera esencia religiosa, a enmarcarlas dentro de los “límites de la mera razón”, que es la moralidad. Pues no puede caber ninguna duda que las procesiones de semana santa, incluidas las revestidas de la sobriedad y seriedad castellanas, constituyen el mejor ejemplo de esa religiosidad estatuaria, externa, que ocultaba, a juicio de Kant, y, a veces, pervertía la esencia de la verdadera religiosidad. Kant sigue en esto de forma rigurosa y estricta los principios básicos de la Ilustración, pero también deja traslucir su educación pietista, religión que hereda y radicaliza todos los elementos de la “devotio moderna” renacentista: La fe frente a las obras, la vivencia interna frente al rito externo. Nada de esto triunfó en España, bastión de la Contrarreforma, que obligaba a la expresión externa de la fe, cuanto más ostensible y estridente mejor, a riesgo de ser acusado de protestante, o lo que es peor, de morisco o judaizante. Y en esas seguimos.

 

Bien entendido que esto no puede interpretarse como como una crítica de las creencias religiosas, individuales y privadas, que me merecen todo el respeto del mundo, sino de la apuesta por un modelo de religiosidad externo, oscuro y tremendista y que da más importancia a la pasión y a la muerte que a la resurrección. Pero, por favor, que después de haber ocupado durante tantos días el espacio público, no creo que pueda mantenerse, ni siquiera desde el victimismo enfermizo que caracteriza a los dirigentes de la iglesia española, que la religión católica en España esté siendo perseguida y amenazada.

 

2.- Tras el rechazo por el parlamento español de la cesión temporal de competencias para celebrar un referéndum, o consulta, o lo que fuere, el día 9 de noviembre sobre el estatus y relación con España de Cataluña, más allá de otras interpretaciones posibles, también es verdad que esta situación abre una posibilidad y una oportunidad de diálogo que no se puede despreciar. Ya no hay fecha, ni formulación concreta de pregunta. Esa posibilidad ha quedado en vía muerta. Hay ahora menos razones para iniciar un diálogo sin la acusación previa de realizar una política de hechos consumados. A todos nos ha quedado claro que la constitución solo concede la soberanía a los españoles de forma indivisa, pero, espero que también a Rajoy, le haya quedado igualmente claro que el parlamento y el gobierno de Cataluña han expresado su voluntad de consultar a los catalanes sobre el futuro de Cataluña, llámese a eso “derecho a decidir” o como quiera. No entro a analizar lo que nos gustaría ni creo que sea oportuno tampoco expresar el “cariño” hacia los catalanes, como hasta ahora ha hecho el PP y, en buena medida, el PSOE. Tampoco, que esta deriva consultista, soberanista o independentista, oculta, desplazando el foco de atención, la crisis y los enormes problemas de Cataluña; incluso, que no afrontarlos, dilatarlos o desplazar hacia España la culpa, pueda ser un acto de irresponsabilidad; ni que, para un independentista, cualquier respuesta que no sea sí es insuficiente. De todo eso, ya hemos hablado, discutido hasta la saciedad y nos ha servido de justificación durante mucho tiempo. Hay que reconocer que tenemos un problema. Y hay que reconocer que el marco legal que tenemos no permite una solución satisfactoria: Decir “no se puede legalmente” o “la constitución no lo permite” no lo elimina ni disuelve las reclamaciones. Conformarse con ello es ilusorio y puede provocar en Cataluña mayor sentimiento de impotencia y frustración que les lleve a ensayar propuestas unilaterales. Se necesita por las dos partes mayor amplitud de miras. Porque tampoco era “legal” en la transición “legalizar el PCE” y fue uno de los méritos de Suárez. Lo moral y lo legal es cumplir las leyes, pero cuando nos enfrentamos a problemas para los que no hay respuesta legal ni moral, lo que hemos llamado anomalías, se necesita la valentía moral de tomar decisiones y llegar a acuerdos. En eso consiste la grandeza y la miseria de la democracia. Y la auténtica y peligrosa expresión de la moralidad.

lanomalia.blog@gmail.com   

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