Antonio moreno original

La anomalía

Antonio Moreno
Lo que no podemos permitir

¿Para cuándo la religión?

Tras un año de gobierno de Rajoy y más de cinco de profunda crisis, los datos macroeconómicos, la percepción social y la situación de muchos ciudadanos coinciden: se ha producido un deterioro creciente en la actividad económica y los recortes en gastos como única medida para salvar el déficit están ahogando a la mayoría social sin que logremos vislumbrar una salida.

Ante esta situación, el  reportaje de El País El gran hachazo al bienestar se cuestiona si es solo crisis o también ideología, que define bien la duda que asalta a muchos ciudadanos, pero se hay que plantear el asunto como una disyuntiva exclusiva, sino como una disyuntiva inclusiva (son las dos cosas).

 

Resulta además, y a estas alturas es una obviedad reconocerlo, que la crisis, que podría haber sido el momento oportuno para comprender y afrontar los problemas de otra manera, “refundar el capitalismo”, como sentenció Sarkozy, cuando no liquidarlo, cambiar los fundamentos de un sistema que nos ha llevado al abismo, modificar las políticas económicas de la ortodoxia neoliberal, porque se han revelado equivocadas y suicidas, etc. está sirviendo justo para todo lo contrario, es decir, para que se incida en las mismas medidas que provocaron este colapso económico, social y político que vivimos.

 

Y en la educación no iba a ser menos. Quien pretenda ver la reforma educativa wertiana como una respuesta a los problemas de la educación y no como un enrocamiento ideológico que solo puede provocar más fracaso escolar no ha entendido nada. Por si tuviéramos alguna duda, os dejo dos perlas de la entrevista al ministro en El País también este domingo. “Evidentemente, determinada decisión sobre la religión, la educación diferenciada… está enmarcada en unos determinados supuestos ideológicos como las contrarias también lo están en otros. No pretendo que la educación sea un mundo que pueda quedar al margen de cualquier supuesto ideológico” y, un poco más abajo, considera que la presencia de la religión en la escuela “es una opción política hasta ahora invariablemente mantenida por los sucesivos gobiernos”.

 

Por último, en el “aséptico”  y tergiversador reportaje de Informe Semanal de esta nueva RTVE sobre la reforma educativa, se insistía, mientras se mostraba a un Wert “tranquilo y conciliador” en que el único problema y el único rechazo a la presente reforma venía de Cataluña y por un conflicto lingüístico. Además de Wert, se entrevistaba a representantes de la FERE, la CEAPA, etc. Pero ni una sola opinión de profesores y alumnos, como tampoco de sindicatos de educación ni de expertos en educación o currículo. Es evidente, para la RTVE, que la educación no debe ser un asunto suyo, porque si no, no se explica.

 

Tampoco debería sorprendernos que el Informe PISA no evalúe las competencias en conocimientos religiosos en alumnos que llevan cursando religión en la escuela pública o subvencionada desde su tierna infancia (más horas que biología, filosofía, latín y griego y cultura clásica, por supuesto), primero y no menos importante, porque la religión no se considera una competencia básica ni materia escolar en muchos países, pero, segundo y central, porque sería duro comparar los resultados con los de matemáticas o lengua, a pesar de que estos sean tan mejorables. ¡Tantos años de estudio para que el conocimiento de la religión sea tan deficiente! Y, si esto es así, la pregunta sería: ¿Por qué y para qué mantener la religión en la escuela? ¿Para cuándo sacar definitivamente la religión de las escuelas?

 

Así que, frente a esta reforma educativa que apuntala la ideología religiosa en los centros públicos, frente a una educación ciudadana y constitucional, que consolida una red dual (centros públicos y centros privados concertados), recorta ayudas y apoyos a los más desfavorecidos (los datos sobre comedores escolares en Salamanca, por ejemplo, publicados esta semana son más que preocupantes), etc., queda pendiente la gran reforma, aquella que recorte gastos educativos superfluos y dedique los recursos educativos, económicos y humanos en la promoción de todos los alumnos, en la reducción y compensación de desigualdades y proporcione una verdadera educación integral. Pero eso exige una política educativa diferente para suprimir el anacronismo de mantener la religión dentro de la escuela, (y, por descontado, los recursos destinados a mantener una materia alternativa), concentrar recursos en la escuela pública  y no desviarlos, cuando no malversarlos, para subvencionar centros privados si no cumplen un papel subsidiario y provisional y, por supuesto, excluir de subvención pública a centros privados que no respetan o se sitúan al margen de la legalidad constitucional. Y, además, nos saldrían las cuentas y saldría a cuenta. Eso sí sería hacer de la crisis una gran oportunidad.

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