Antonio moreno original

La anomalía

Antonio Moreno
Lo que no podemos permitir

Necesitamos una nueva estrella

Habría querido dedicar la entrada del blog de esta semana a reflexionar sobre los símbolos religiosos en espacios públicos, pero la actualidad devora los temas con tanta prisa, que bastará con una mención. Es necesario replantearse el uso de simbología religiosa en los espacios públicos, porque constituye un abuso de una posición mayoritaria y una imposición sobre la minoría en una sociedad que es más plural de lo que a muchos les gustaría. Y es más urgente si cabe entre quienes lo mantienen inocentemente como una tradición, porque, el resto, entre los que el señor Mañueco, Alcalde de Salamanca, es una figura destacada, no solo ya la han hecho sino que han tomado la decisión pertinente: De forma que el “misterio iluminado”  y la estrella de la Plaza Mayor, cuyo “buen gusto” es también materia de debate,  no es una vuelta a la tradición, sino una reivindicación “contra herejes” de la sensibilidad de las mayorías y un recordatorio que se pretende humillante de la dominación. De ahí también, que no se haya dignado en desvincular los actos religiosos de los actos institucionales en las fiestas, dejando bien claro el modelo confesional de estado que aspira a imponer y perpetuar. Lo terrible es que todavía pueda venderse como gestos de tolerancia y talante frente a su predecesor. Basta lo dicho: Otros vendrán…

Lo cierto es que, siendo las fechas que son, también me habría gustado expresar mis mejores deseos para el año que se inicia, pero tampoco he sido capaz de acertar con las palabras ni me  he atrevido a pecar de demasiado optimista o, simplemente, herir la sensibilidad de quienes malviven como víctimas de una crisis de la que también se les quiere hacer culpables. Resulta difícil hablar de buenos deseos para quienes han convertido la “supervivencia” en un reto prioritario.

 

Incluso Fernando Rodríguez, portavoz del grupo de gobierno municipal del PP y Concejal de Hacienda, explicaba como únicos méritos del presupuesto municipal para el 2013 en el último pleno del día 28 de diciembre que no cierren y que se mantengan los servicios públicos: Más caros, con menos recursos y con menos prestaciones, pero no se cierran. Ahí está todo su mérito.

 

Buena gana hay de desear “un feliz año 2013” para quienes la supervivencia o no perder lo que ahora tienen ya les parecería la mejor lotería.

 

Nadie parece aspirar ya a profundizar en el estado de bienestar, sino a mantener lo poco que queda, incluso los recortes que lo están dinamitando, se explican por el objetivo de sostenerlo. Nadie aspira a una profundización democrática, que nos ponga en la senda de la verdadera democracia y no esta “democracia emplazada” o “estado de excepción” que vivimos, aunque la sigamos así. La desvergüenza de Monti de querer seguir siendo primer ministro sin el “riesgo” de presentarse a las elecciones y la buena acogida de sus “colegas” europeos es el colmo hasta ahora. Nadie tiene lemas de protesta que no sea la indignación contra la pérdida de derechos, la rebeldía o la resistencia contra los recortes.

 

Nos movemos en el horizonte estricto de la supervivencia, de forma que el mantenimiento de alguno de los derechos o servicios ya nos parece una victoria.

 

Por eso, necesitamos un cambio de símbolos y de las estrellas que nos guíen para salir del túnel. Ya no podemos esperar nada de retomar la senda del crecimiento como única esperanza, porque resulta más que discutible que sea una buena senda, incluso que sea posible con la profunda crisis energética, de recursos y ecológica que padecemos y para la que no tenemos solución, pero, sobre todo, porque resulta más que evidente que las políticas de ajuste, de estabilidad presupuestaria y de contención del déficit y la deuda nos están conduciendo hacia más depresión, más precariedad laboral, menos salarios, más explotación y, en definitiva, más pobreza, en una espiral sin salida. Hemos convertido los medios en fines: reducir el déficit, equilibrar los presupuestos, ajustar los gastos, etc. son meros instrumentos, no fines en sí mismos. Por eso, sin que las propuestas sean verdaderamente transformadoras, resulta refrescante leer ¿Cuánto es suficiente? Qué se necesita para una “buena vida” de los hermanos Skidelsky, porque subordinan la economía y el crecimiento a un objetivo moral que es la “buena vida”: la satisfacción de las necesidades básicas de los seres humanos, reducir la presión del consumo, reformar la fiscalidad para conseguir que los beneficios del aumento de productividad se distribuyan más equitativamente, apostar por una renta básica para todos los ciudadanos y, por supuesto, reducir las horas de trabajo para disfrutar más horas de ocio no consumista. Pues eso.

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