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La anomalía

Antonio Moreno
Lo que no podemos permitir

Más allá del papanatismo y el conservadurismo: Siempre nos quedará la república

Una sociedad verdaderamente libre es una sociedad que fomenta el ejercicio de la crítica racional y de la discrepancia, pero, por desgracia, hace tiempo que estamos alejados de ese horizonte y caminamos en sentido contrario.

No tengo nada que objetar con respecto a la iglesia, puesto que ha hecho de la obediencia debida su único impulso intelectual. Así que no me sorprendió nada el papanatismo tautológico con se acogió la renuncia del papa. Hay que ver las horas de animado debate que se dedicaron, incluso en la televisión pública, para expresar tanto acuerdo entusiástico para una sola verdad: lo bien que lo había hecho el papa al renunciar.

 

Y los argumentos hubiesen respaldado el mismo juicio de valor si hubiese continuado. Otro milagro de la infalibilidad del papa. Y un modelo perfecto de cómo la alabanza incondicional y redundante puede hacerse pasar por análisis lúcido y crítico.

 

Pero que éste sea el paradigma que haya de seguirse para valorar la institución de la monarquía en España resulta mucho más preocupante. Según Javier Arenas, “salvo algunos hechos puntuales, la hoja de servicios del rey es impecable”. Expresión que posee, como se habrá observado enseguida, el mismo rigor lógico que la de Rajoy al afirmar que “todo es mentira, salvo alguna cosa que se ha publicado”.

 

Así que, la defensa de la monarquía y sus servicios a España (¿o era la marca España?) se resumen en la resuelta toma de partido en el 23F (que no fue tan resuelta si tenemos en cuenta que se prolongó durante unas angustiosas horas). Otra vez el papanatismo como paradigma de rigor intelectual. Será lo que hay.

 


Pero lo cierto es que la crisis institucional afecta de lleno a la monarquía y no solo por el
presunto enriquecimiento ilegal del yerno y la imputación de la infanta, sino por la propia falta
de “ejemplaridad” del mismo monarca y de otros asuntos menos finos que se han ido ocultando o disculpando desde hace tiempo. Y también lo es que la estrategia de negarlo, cerrar filas y recordar la versión oficial del 23F, que lejos de ayudar, terminará empeorando más la imagen de la monarquía. No cabe duda ya de que la casa real “borbonea” de nuevo (¿o ha sido desde siempre?).


Por otro lado, cada vez son más los analistas que se preguntan por el calado de la crisis
institucional en que está derivando la crisis económica. Por citar solo tres recientes. Manuel Cruz, en El final de la monarquía prepolítica, mantiene que “se impone cambiar el rumbo y abordar de forma abierta y decidida la empresa del desarrollo y reforma de los títulos de la Constitución que hacen referencia a la Corona con el objeto de someter su funcionamiento a control democrático”, frente al continuado empeño de mantener a la monarquía en una especie de “limbo prepolítico”, que sería más correcto llamar predemocrático.

 

Parece que se trata, de cambiar algo para que todo siga igual, porque la crisis institucional la focaliza sólo en la monarquía. Lluís Bassets se cuestiona en Crisis de régimen, si la crisis económica no habrá derivado ya en una crisis de régimen, entendiendo por tal “cuando el sistema institucional es incapaz de responder a la pérdida de confianza”. De forma que tendremos que responder afirmativamente si aceptamos el diagnóstico de Josep Ramoneda en Dos grandes en crisis: “El régimen español surgido de la Transición está gripado.

 

Necesita una reforma a fondo si no queremos que la democracia se reduzca definitivamente a una pura ficción.”, idea en la que ya viene insistiendo desde hace tiempo, pero, sobre todo, que “Los dos partidos políticos que deberían emprenderla ni tienen la confianza de la ciudadanía ni muestran ninguna intención de emprender cambios que supongan una verdadera redistribución del poder.”

 

De esta forma, frente a la crisis de régimen en la que nos encontramos, se ha instalado un
conservadurismo, temeroso y paralizante: Nada de reformar la constitución y menos de hacer un nuevo proceso constituyente que nos dote de un nuevo marco de convivencia ya sin la supervisión de los “poderes fácticos” del franquismo. No se puede abrir la constitución-melón por lo que pueda pasar. Así, no sólo la monarquía estaría en un limbo predemocrático, sino también la constitución del 78 estaría por encima y a salvo de la soberanía popular, que los conservadores siempre entienden como peligrosa, sobre todo, si no siempre, en tiempos de crisis.


Pero, frente al papanatismo y el conservadurismo, como lo refrendaron muchos ciudadanos el
14 de abril, siempre nos quedará la república, que empezaba con aquello de “España es una República democrática de trabajadores de toda clase, que se organiza en régimen de Libertad y de Justicia”. ¡Cuánta alegría entonces para tanto miedo y tristeza de hoy!


lanomalia.blog@gmail.com

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