Antonio moreno original

La anomalía

Antonio Moreno
Lo que no podemos permitir

La seguridad y la desesperación

Cada día que pasa resulta más palpable que la fractura social se acrecienta. Una fractura entre quienes mantienen una envidiable posición económica segura y quienes se van hundiendo en la desesperación.

Y encima, quienes tendrían que ser más sensibles al problema, las fuerzas políticas que representan a los ciudadanos, especialmente los dos grandes partidos y el gobierno, carecen de la empatía necesaria para salvar el abismo, quizá porque ya solo representan, si no son ya ellos mismos, defensores de la seguridad. El sistema está gripado comentaba Josep Ramoneda este domingo y Soledad Gallego-Díaz constataba la falta de respuesta: “El gobierno y el PP han adoptado una vía peligrosa: la negación absoluta… Si la táctica elegida es enfrentarse a los graves conflictos que padecen negando su existencia, esa es una definición de libro para una seria enfermedad: la negación de la realidad”, aunque ya reconoce en el título que Esta vez será más difícil esconder al elefante. Incluso El País se atreve a sugerir un decálogo para el reconstruir el futuro, dando ya por sentado un presente roto y la necesidad urgente de acometer cambios para que todo siga funcionando como hasta ahora, es decir, prorrogar un sistema que funciona tan mal como vemos.

 

Dos intervenciones de la semana reflejan mejor que nada esta situación. Lástima que tengamos tan poco espacio para dedicarles. La primera es del Presidente de la CEOE en un encuentro con periodistas, de la que se ha destacado más especialmente su crítica a la EPA, pero que dejaba perlas sobre los funcionarios y los miniempleos dignos de cita: “¿Cuántos funcionarios sobran? ¿300000?, ¿400000?... A lo mejor es mejor ponerles un subsidio a que estén en la Administración consumiendo papel, consumiendo teléfono y tratando de crear leyes.” Textualmente. Y respecto a los miniempleos: “Aunque los sindicatos lo llaman contratos basura, nosotros creemos que es mejor tener a la gente trabajando una hora, dos horas o tres horas que cero.”. Pero, por si no habían quedado claras las cosas, el domingo matiza en una entrevista su posición sobre los miniempleos: “es una alternativa al paro. ¿Preferimos que los jóvenes se queden en casa? Preguntemos a ellos. Están deseando trabajar y casi no les importa las condiciones”.

 

A los empresarios españoles les sobran los funcionarios, les sobra el estado, les sobran quienes deben garantizar los servicios públicos y les sobran quienes pueden ejercer control sobre las relaciones laborales, sobre la fiscalidad, sobre la corrupción y sobre el clientelismo. Sin regulación, la delincuencia económica no puede denunciarse, ni puede perseguirse, solo deja víctimas colaterales.

 

Pero su posición sobre los miniempleos va más allá de lo exigible en la ley de hierro de los salarios que teorizaba David Ricardo: ya ni siquiera se fija el límite “natural” de la subsistencia; la desesperación les obligará a aceptar cualquier cosa, siempre que tengamos unos empresarios que se crean legitimados a ofrecerlas (y además por su bien) y un gobierno en consentirlas. ¡Desde esa seguridad, qué lejos y qué necesaria se hace la desesperación!

 

La segunda es la comparecencia de Ada Colau, la portavoz de la Plataforma de Afectados por Hipotecas (PAH), en una comisión del Congreso de los Diputados, para defender la Iniciativa Legislativa Popular (ILP) sobre dación en pago y alquiler social, que por fin se discutirá este martes 12 en el Congreso, si el PP no la bloquea. Puede seguirse entera aquí, pero dejo dos fragmentos valiosísimos: El primero es la réplica de Ada Colau al representante de las entidades financieras, en la que califica su postura de criminal, y el segundo es la  llamada al orden de Santiago Lanzuela, Diputado del PP y Presidente la de comisión, para que retire el “insulto”. Sin duda, Santiago Lanzuela representa el “orden” y la “legitimidad democrática” y la “razón”, y, sin duda, las “formas democráticas” exigen prescindir de “calificaciones malsonantes” y la “libertad de conciencia” de cada Diputado sabrá decidir qué vota sobre la ILP, sin la necesidad de “presiones” o “amenazas” de una compareciente, aunque la respalden más de millón y medio de firmas, a la que se ha invitado “cortésmente” a intervenir. Y ese es justamente el problema. Si a la Comisión Parlamentaria le molestó la intervención de Ada Colau (solo Joan Coscubiela, de la Izquierda Plural se desmarcó explícitamente) la “democracia” será solo el espacio de la “razón” de los poderosos y no tendrá cabida para el “pensamiento” desesperado de los débiles.

 

lanomalia.blog@gmail.com

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