Antonio moreno original

La anomalía

Antonio Moreno
Lo que no podemos permitir

Filosofía, salud y república

Carlos Fernández Liria en su libro ¿Para qué servimos los filósofos? reconoce la inspiración y la deuda contraída con un texto de Aristóteles de su Ética a Nicómaco, Libro X, 7, 1778a, que conviene que presida la reflexión de hoy.

Dice así: “No hemos de tener, como algunos aconsejan, pensamientos humanos puesto que somos hombres, ni mortales puesto que mortales somos, sino en la medida de lo posible inmortalizarnos y hacer todo lo que esté a nuestro alcance por vivir de acuerdo con lo más excelente que hay en nosotros”. La excelencia del hombre, su areté o virtud, radica precisamente en el ejercicio de la racionalidad que no solo lo remonta sobre la animalidad, sino sobre la estricta y mera humanidad, la normalidad humana, que no hay que confundir con “término medio”, convirtiéndose así en una flor rara, fuera de lo común, en una anomalía, podríamos también decir. Y en ese empeño humano de vivir de acuerdo con lo más excelente, hay que cifrar su grandeza, pero también la fragilidad y provisionalidad de sus logros. Fernández Liria, al modo socrático, se empeña en fundar la función de la filosofía en el permanente recuerdo de esa exigencia, frente a las comodidades y las renuncias que configuran nuestra cotidianidad, lo que, en consecuencia, hace a la filosofía una dedicación tan incómoda y poco práctica, de una utilidad y rentabilidad económica muy discutible, especialmente para quienes los negocios son el único horizonte posible de sus preocupaciones. 

 

Y, paralelamente, podríamos mantener algo parecido sobre la democracia. No basta vivir en democracia para producir únicamente comportamientos y actitudes democráticos. Ni la democracia constituye un logro definitivamente conseguido que, como la noche, vuelva pardos a todos los gatos, sino una aspiración que exige constantemente constituir formas de convivencia conformes a lo más excelente.

 

La democracia solo puede basarse en la isonomía, la igualdad de todos los hombres ante la ley, lo que impide por definición hacer valer pretendidos privilegios naturales como conformes a derecho. Nadie puede pretender tener por naturaleza derecho a ejercer el poder. En democracia, el poder carece de fundamento natural, todos tienen derecho a ejercer el poder por igual, sin que nadie, ni por la gracia de Dios, ni por nada, pueda reclamarlo. Y este principio constituye un logro democrático conseguido muy tardíamente y con largo esfuerzo. Por eso, el poder solo puede ejercerse legítimamente en democracia como resultado de una elección.

 

Y es justamente esa condición de igualdad ante la ley la que nos permite remontarnos sobre la condición de súbditos para convertirnos en ciudadanos. La ciudadanía, lejos de ser una condición permanentemente adquirida, constituye una exigencia, nos permite remontar la condición de mera humanidad para alcanzar la excelencia del reconocimiento mutuo y la convivencia basada en el derecho, en la racionalidad, no en la fuerza ni la violencia.

 

Democracia y ciudadanía son términos complementarios que exigen la conformación de un sistema republicano en el que todos los cargos, incluido el jefe del estado sea electo y no resultado de un derecho dinástico.

 

En el caso español, la restauración monárquica sacó del frío de la dictadura franquista al actual monarca para imponernos a la familia real como una excepción democrática que permitiría afianzar la democracia. Todo un contrasentido. Incluso el discurso oficial se inventó la teoría de que el rey se ganó la legitimidad tras su “impecable” actuación en defensa de los valores democráticos tras el 23F. Incluso se nos convenció que la sociedad española era “juancarlista” pero no monárquica. Pero no puede ganar legitimidad quien llegó al cargo tras una extraña combinación de derecho dinástico y designación como heredero de un dictador. Es racionalmente imposible.

 

La monarquía constituye un estado de excepción en una verdadera democracia, una rémora, un lastre, una malformación, una etapa que puede y debe ser superada. La salud democrática solo puede ser una república. Filosofía, salud y república para todos.

lanomalia.blog@gmail.com  

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