Antonio moreno original

La anomalía

Antonio Moreno
Lo que no podemos permitir

Feliz 1984

“Si quieres hacerte una idea de cómo será el futuro. Figúrate una bota aplastando un rostro humano... incesantemente.” Orwell, G.: 1984, Ed. Destino, pág. 262.
De veras que llevo varias semanas pretendiendo tocar un tema más liviano, incluso amable, pero siento que esta columna termina padeciendo de actualidad. Y esta semana no nos ha dado un respiro. Tras el mazazo de la condena a Garzón, el retroceso en los derechos de las mujeres, el viernes se hace cuerpo una nueva reforma laboral sin negociación, sin conocimiento de los agentes sociales, incluso sin el conocimiento cierto de los propios ministros del ramo, en esta tradición inaugurada por Rajoy de llevar el secretismo hasta el límite.

Así que, he tenido que cambiar la cita de inicio, que pensaba ser de Rabelais (“Más vale de risas que de lágrimas escribir, porque reír es lo propio del hombre”) de su Gargantúa y Pantagruel, por esta otra que encabeza hoy, nada esperanzadora de 1984. Porque esta reforma laboral, junto con las otras y buena parte de lo que nos está sucediendo, o mejor, de lo que están haciendo que suceda, tiene la marca de esa bota que presiona cada vez más nuestra cara, incesantemente.

Desde 1984, todas las reformas laborales se nos han vendido como la receta necesaria y como la única manera de crear empleo y/o salir de la crisis. Fueran cuales fueran las causas de la crisis, fuera cual fuera la situación generada, la terapia siempre era la misma y los resultados semejantes: se ahondaba la precariedad y se reducían los derechos de los trabajadores. Y el diagnóstico volvía a ser el mismo: es necesaria una nueva reforma laboral.

Resulta sorprendente la fijación y persistencia de estos reformistas en mantener sus reformas, pese al escaso éxito alcanzado en cada una de ellas, pero, a la espera de mejores y más detallados análisis, me gustaría centrarme en algunos tópicos.

Se suele hablar frecuentemente de la rigidez y de la dualidad del mercado laboral español. No es casual la elección de los términos, tanto rigidez como dualidad entrañan en sí mismos aspectos negativos que conviene corregir, por lo que cualquiera que pretenda hacerlo se encontrará con adhesiones incondicionales y, quienes opongan resistencia, serán considerados caducos o anticuados.

Sin embargo, conviene saber que lo que suele llamarse rigidez del mercado laboral no son otra cosa que legislaciones laborales interpuestas para impedir la arbitrariedad, que regulan y defienden derechos por los que generaciones enteras estuvieron peleando. También el sistema procesal es muy rígido, pero esa rigidez constituye un sistema de garantías personales que conocemos como libertades públicas o derechos civiles. Y nadie está dispuesto a quebrarlo, ni a proponer un sistema más flexible. Pues lo mismo debería ocurrir en el mercado laboral, con los derechos sociales y laborales de los trabajadores, derechos que parece que estamos dispuestos a tirar por la borda porque no son suficientemente flexibles. Y lo mismo ocurre con la dualidad.

La dualidad de la que se habla es la consecuencia de la precarización del mercado laboral por las sucesivas reformas que han penalizado o, flexibilizado en su terminología, los nuevos contratos dejando al margen a los trabajadores con contratos laborales más antiguos. Esta dualidad entre trabajadores con derechos y trabajadores sin derechos, se decía, es injusta. Pero cualquier persona entiende que la injusticia se resuelve por la vía de otorgar derechos laborales plenos a todos. Pues no: Ya no habrá trabajadores con derecho a indemnización por despido improcedente de 45 días por año trabajado, porque todos quedarán igualados a 20. Pero la injusticia generalizada no se transforma jamás en justicia.

Y, por último, Sáez de Santamaría ha presentado esta reforma como la verdadera reforma (la anterior y las anteriores no fueron verdaderas, porque no fueron suficientemente osadas), ésta es una reforma estructural y no coyuntural, una reforma radical, de calado, que va a modificar las condiciones laborales de los trabajadores, eliminando todas las rigideces del mercado laboral para hacerlo más eficiente, para acercar al mercado a lo que debe ser.

Sin embargo, conviene recordar que el estado social, el reconocimiento de derechos y las enormes posibilidades de bienestar y emancipación por él generados fue el resultado de un pacto en condiciones de igualdad entre capital y trabajo, que estableció este modelo de relaciones laborales con derechos que ahora se considera ineficaz. Si ahora se cambian estas relaciones laborales, no se harán desde una correlación de fuerzas, sino desde la imposición y el miedo. Será, en cualquier caso, la coyuntura de la crisis la que obligue a modificar las condiciones laborales, pero esas nuevas condiciones impuestas y no propuestas, en las que el trabajador debe acomodarse a las exigencias del empleador y debe estar a merced de las necesidades y urgencias de la producción, no son las condiciones ideales, ni óptimas, ni marcan la estructura del mercado.

Por el contrario, la estabilidad en el empleo, los derechos laborales, el trabajo como medio de transformación y liberación de los seres humanos son y serán un objetivo político irrenunciable. Quienes pretenden hoy racionarnos la comida, quieren hacernos creer también que el racionamiento es la norma, de nosotros depende que sea la excepción. El 19 de febrero será el primer asalto.

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