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La anomalía

Antonio Moreno
Lo que no podemos permitir

Estabilidad y control en los momentos históricos

Asistimos en estas semanas a un momento histórico: Tras la abdicación del rey y la aprobación de la ley orgánica que la regula, queda el camino despejado para la coronación del príncipe de Asturias como rey el próximo día 19.

La expresión “momento histórico”, como “partido del siglo” y tantas otras, se han terminado vaciando de significado. Bien mirado, todos los momentos son históricos, pero el carácter insólito o infrecuente de algunos, su significado y relevancia le otorgan a esos momentos el privilegio de la singularidad, y de momentos pasan a ser “momento”, si no “el” momento.

 

Importa también para valorar en esta situación su carácter histórico y no solo como momento, analizar el sujeto histórico  de la acción, que en este caso son la institución de la monarquía y, en segunda instancia, del parlamento.

 

Unamuno acuño e hizo famoso en España el término de “intrahistoria” para referirse a esos acontecimientos históricos ajenos a los cronistas, protagonizados por la gente del pueblo, en su hacer cotidiano, insignificante y olvidado, frente a los sucesos históricos protagonizados por los reyes, la nobleza o los dirigentes políticos, que son de los que únicamente queda constancia, pero que también eran importantes y sobre los que reclamaba mayor atención de los historiadores.

 

Por eso, este acontecimiento no tiene como sujeto histórico a los ciudadanos que serán meros espectadores cuando no sufridores directos, sino al monarca y a toda una clase política instalada en un sistema que ha sido incapaz de hacer frente a la corrupción.

 

Tras la abdicación de Juan Carlos I, la sucesión de Felipe VI ha sido valorada en todos los medios como la que proporcionaba mayor “estabilidad y progreso” para los momentos que vivíamos. Solo la casualidad ha hecho que coincida este “cambio” con el proceso abierto en el PSOE para elegir a un nuevo o nueva secretario general. Oí a Ramoneda comentar que, con algunas polémicas, los socialistas renunciaban a un proceso “tranquilo y controlado”. Y también solo la casualidad enlazo los dos pares de expresiones en mi cabeza.

 

“Estabilidad” y “progreso” parecen a primera vista contrapuestos, pero, tras un primer momento de sorpresa, es fácil encontrarles acomodo. Lo peculiar de la semántica de estos pareados es que siempre impone una jerarquía, que convierte a uno de los términos en satélite.

 

Es claro que el “progreso” gira en torno a la “estabilidad”, que es el valor firme; como solo un cambio controlado proporciona “tranquilidad”  y “estabilidad”.

 

Así, también en la monarquía se consigue su “continuidad” a través del “cambio”. Y no hay consigna más valorada en democracia que la del “cambio”.

 

Los analistas políticos insisten en que tiene ganada la partida quienes logren inocular en el imaginario colectivo el valor del cambio. Por eso, no se podían cargar tanto las tintas en lo de la estabilidad, porque es justo reconocer que la monarquía necesitaba un “cambio”, y la legitimación de Felipe dependerá de los gestos, los anuncios o lecturas entre líneas que vislumbren ese “cambio”.

 

Aunque el único cambio posible en la monarquía es su sustitución por una república. Una república es lo más razonable desde el punto de vista democrático, pero hay que ganarlo desde el punto de vista de las emociones.

 

Por eso, este “cambio”, aunque estuviese camuflado de referéndum, no han dudado en presentarlo como fuente de inestabilidad e incertidumbre, como algo que “ellos” no controlaban, y no tanto un cambio que significase a través de la regeneración política una verdadera limpieza de la corrupción que nos atenaza y un verdadero giro en la orientación económica para que pusiese en primera línea a los ciudadanos y no a los mercados.

 

Parece que por ahora en el imaginario de los ciudadanos ha triunfado el valor de la estabilidad: Habrá  sí un mínimo cambio para que todo siga igual. El bipartidismo ha conseguido controlar férreamente el proceso y vender la estabilidad como el cambio que necesitábamos.

 

Pero, al menos, es una alegría saber que estuve y estuvimos con quienes aspiraban a cambiar también la monarquía para que no siguieran estando los mismos haciendo lo mismo, para que no todo siguiese igual, “atado y bien atado”, con lo que apesta.

 

Muy distinta es la situación con la que la roja afronta este mundial. Se trata de defender y ser fieles a un estilo de juego y a unos jugadores. Aquí, se ha optado por que todo siga igual para que nada cambie. Solo que aquí, al menos, habíamos cosechado éxitos deportivos. Veremos si los resultados, al final, invierten las tornas, y no exigen una completa transformación en lo poco que habíamos hecho bien.

 

Al fin y al cabo, la política, como el fútbol, es más control racional de las emociones que exigencia emocional de racionalidad.

 

lanomalia.blog@gmail.com  

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