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La anomalía

Antonio Moreno
Lo que no podemos permitir

El valor civil del consentimiento

Este viernes 2 de mayo el alcalde de Salamanca, Alfonso Fernández Mañueco, presentó ante los medios y vecinos el proyecto de construcción de un aparcamiento en superficie en un solar de la Calle de la Radio de Salamanca. 

Sin duda, constituye una buena solución provisional para la demanda real de aparcamiento que existe en la zona, aparcamiento gratuito para vecinos del área metropolitana de Salamanca que se trasladan a la ciudad a trabajar, realizar compras, pasear, etc. sin la presión de la ORA ni el coste de un parking subterráneo. Así lo vienen haciendo hasta ahora pese a su estado, como puede comprobarse fácilmente desde google maps.

 

 

Lo que quizás no resuelva son las necesidades de los vecinos de Comuneros (construcción de un centro de participación ciudadana, posible traslado del centro de Salud, etc.), pero sí resuelve un problema “de la ciudad” y, en esto, los vecinos de Comuneros han mostrado repetidas veces su compromiso y solidaridad con el resto de los ciudadanos. Se trata de propuestas y aspiraciones legítimas. Pero todo eso puede esperar por el “bien de todos”.

 

El ayuntamiento parece “decantarse” así por la opción de construir un aparcamiento en superficie, gratuito y con demanda social, frente a un aparcamiento subterráneo en La Alamedilla con muchos incovenientes, y el gesto se ha interpretado como una concesión a los vecinos.

 

Lo preocupante son las lecturas en grueso que se han hecho del asunto, lecturas simplistas que solo buscan una manipulación grosera. Ni las protestas de Comuneros están manipuladas por la extrema izquierda ni pueden compararse con Gamonal; ni, por supuesto, la posible renuncia  del ayuntamiento a la construcción del parking subterráneo en la Avda. de Comuneros y el parque de La Alamedilla puede interpretarse como una muestra de debilidad o, peor aun, como una derrota que tenga que obligar en lo sucesivo a renunciar a cualquier proyecto si hay contestación ciudadana. Un buen ejemplo sería la viñeta de La Gaceta de este domingo 4, que plantea el asunto como una disyuntiva entre firmeza y consentimiento, fortaleza y debilidad.

 

 

Más allá de la dudosa gracia del asunto, este llamamiento a la firmeza, constituye, en primer lugar, una apelación manipuladora a la testosterona. Con lo que se pretende, de forma muy “española” ­—“español” en ese sentido castizo y excluyente del que ha hecho gala recientemente Esperanza Aguirre— que una decisión política tan importante sea más cuestión de hormonas que de neuronas.

 

Pero es que, en segundo lugar, se recalca el valor moral de la “firmeza”, de mantenerse y no retroceder, de no cambiar de opinión (y ya sabemos que “es de sabios cambiar de opinión”), así que esa “firmeza”, entendida como seguir siempre en las mismas opiniones, no puede ser más que expresión de tozudez, pero no de ninguna virtud. Porque la firmeza solo alcanza verdadero valor moral cuando implica compromiso con otros, con esos otros a los que la flaqueza dejaría indefensos frente a los enemigos. En cualquier expresión virtuosa de la “firmeza” hay siempre compromiso y solidaridad, nunca empecinamiento irracional.

 

Pero es que, además, el consentimiento, lejos de ser mera expresión de debilidad, hace referencia al reconocimiento de intereses compartidos, a la confluencia de sentimientos con los otros, a la empatía y la “firme sabiduría” que se expresa en estar dispuesta a cambiar de opinión. Lejos de ser un defecto, constituye una buena expresión de la verdadera virtud moral. La “firmeza” sería así la posición de quien ejerce el poder “frente a los ciudadanos”, haciendo valer “sus convicciones”, frente a la “responsabilidad” exigible a un representante político, imponiendo su puntos de vista sin importar cómo. Sería una expresión más bien de autoritarismo que de autoridad.

 

“Consentir” implica, por el contrario, reconocerse en los intereses de los otros y hacerlos suyos, ejercer el poder “con” y “desde” los ciudadanos y no “frente” ni “contra” ellos, y constituye así en el mejor y más auténtico ejercicio de autoridad que pueda imaginarse en una sociedad verdaderamente democrática.

 

Así que, desde este sencillo ejercicio de reflexión, hemos visto que es preferible moralmente el “consentimiento” a la “firmeza”, pero es que también, contrariamente a lo que suele creerse, el consentimiento significa una mayor y mejor expresión de “valentía civil” que la firmeza. Por eso, estaba solo reservado a los más grandes, como explica muy bien Plutarco en su vida de Alejandro, y ha sido motivo desde entonces de reconocimiento y admiración.

lanomalia.blog@gmail.com  

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