Antonio moreno original

La anomalía

Antonio Moreno
Lo que no podemos permitir

El porvenir de una ilusión

Tras el paréntesis de las vacaciones, vuelvo a retomar la escritura del blog. Las vacaciones, que deberían ser una vuelta a la pereza primigenia, una apología de la vagancia y del “dolce far niente”, se han convertido en unos días necesarios para “cambiar de actividad”, “salir” (no se sabe muy bien de dónde y a dónde), “desconectar”, “cargar las pilas”, para retornar después a la actividad con más brío. Y eso, cuando no se han convertido en un privilegio, como el propio trabajo. 

Y olvidamos que las vacaciones son un derecho reconocido por la Declaración Universal de los Derechos Humanos en su artículo 24: “Toda persona tiene derecho al descanso, al disfrute del tiempo libre, a una limitación razonable de la duración del trabajo y a vacaciones periódicas pagadas.” Como también tenemos reconocido en el artículo 23 el derecho al trabajo, a su libre elección y a la protección contra el desempleo.

 

En cualquier caso, vacacionar se legitima legal (y lo que es peor, moralmente) en el descanso y la recuperación, no en la “nonchalance” reivindicada por Montaigne. Porque esta moral dominante, que solo puede ser por dominante una moral doble, se le llena la boca con el “valor del esfuerzo”, para reservarse como exclusivo y propio de los “suyos” el valor supremo del “pelotazo”, la especulación en todas sus formas que genere plusvalías y beneficios lo más rápido y elevados posibles y el derecho a la herencia. “No tenemos sueños baratos” era también el lema de un sorteo de lotería que reforzaba la ilusión de vivir holgadamente, sin trabajar, en vacaciones permanentes, al conseguir ganar el sorteo, que es la forma  de aspiración consentida en las clases populares. Incluso, la revista de El País Semanal, llevaba a la portada, dando por hecho que fuera una aspiración compartida el “oasis de Sotogrande”. Pero ya se sabe. El despiste (por no decir otra cosa) de El País ya no tiene vuelta atrás.

 

Porque la aspiración a vivir sin agobios, acceder a los derechos, servicios y bienes que permitan llevar una vida digna, agradable y feliz, y que el esfuerzo colectivo de toda la sociedad pone a nuestra disposición, no es lo mismo que “vivir como los ricos”. Porque los ricos desde siempre han vivido como tal sobre la exclusión de la inmensa mayoría, legitimados y amparados en la evidente simpleza que aspiraban a convertir en ley natural e inamovible que “siempre ha habido ricos y pobres”. Y no se trata de eso. No queremos ser unos “snobs”, no queremos vivir como ricos, ni creemos que el asunto pueda resolverse con mayores índices de movilidad social.

 

Freud en su ensayo “El porvenir de una ilusión” aspiraba a conseguir una organización social menos represiva liberada de la ilusión religiosa y sus estrictas formas de control social. Y la revolución científico-tecnológica fue considerada enseguida como el nuevo punto de apoyo en el que conseguir de forma definitiva la liberación de la humanidad. La tecnificación de la producción conllevaría la reducción del esfuerzo humano y un aumento exponencial de la productividad y de la riqueza que nos libraría a todos de la terrible condena bíblica.

 

Así, como ya hemos comentado en otra ocasión, según la obra de los hermanos Skidelsky ¿Cuánto es suficiente?, la predicción de Keynes aseguraba que para finales del siglo XX toda la población (y no sólo los ricos) podrían satisfacer todas sus necesidades sin que su jornada laboral fuese superior a tres horas, o incluso menos. Hoy no solo estamos muy lejos de conseguirlo, sino que no existe ningún proyecto colectivo respaldado socialmente con semejante aspiración.

 

Para colmo, Victoria Camps con la que coincido en que “necesitamos más pensamiento”, se despacha con la receta consabida y, por consiguiente, poco pensada y estúpida de que como “no hay trabajo para todos, hay que reorganizarse: quizá, trabajando menos y ganando menos.” No se trata de repartir el trabajo porque hay poco (eso ya lo sabíamos desde los inicios de la tecnificación industrial), sino de repartir la riqueza, que hay mucha y está en muy pocas manos. No se trata de repartir entre muchos las migajas de una tarta que se comen entre unos pocos, porque eso condena a la explotación y a la pobreza a la mayoría. Se necesita más pensamiento. Repartamos el trabajo, sí. Y trabajemos menos, también, y pudiendo elegir, como dice el artículo 24. Pero tengamos garantizada una vida digna que permita el desarrollo pleno de nuestras capacidades humanas. Hoy por hoy, solo la propuesta de una Renta básica de Ciudadanía garantiza la legítima aspiración de una vida holgada, digna y liberada por fin de la condena al trabajo.

lanomalia.blog@gmail.com  

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