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La anomalía

Antonio Moreno
Lo que no podemos permitir

Contra la reforma laboral, primer asalto

El primer asalto de la pelea contra la reforma laboral lo han ganado los sindicatos este domingo 19 de febrero. Es una victoria corta, por puntos, pero victoria. Incluso aquí en Salamanca, pese a lo que diga después La Gaceta y toda la clac mediática y comentadora de la caverna, la participación en la manifestación ha sido muy numerosa. Y eso a pesar del intento de romper la unidad en la convocatoria por parte de algunos, y a pesar también del intento del gobierno, con el descuido de Rajoy, de saldar la contestación en una lucha corta y rápida que liquidase la oposición sindical.
Pero, por lo que parece, vamos a una lucha táctica, de ir ganando posiciones, de desgaste y de resistencia, larga y seguro que también cruenta. Los sindicatos están convencidos de que ya no es posible ganar este pulso en un enfrentamiento frontal y abierto, con una Huelga General que haga rectificar al gobierno. La campaña de descrédito a la que están siendo sometidos y las dudas respecto a sus propias fuerzas los han vuelto prudentes. Esta lucha no se gana en una sola batalla, pero sí puede perderse definitivamente. Y ahora el tiempo corre en contra del gobierno, porque la reforma no sólo no va a generar empleo, sino que va a destruirlo. Rajoy está obligado desde el gobierno a levantarse de la poltrona, hablar y actuar.

Lo curioso hasta ahora es que, en cualquier rueda de prensa convocada para explicar la oposición a esta reforma laboral, los medios de comunicación preguntaban siempre invariablemente por los sindicatos. Y los sindicatos son una institución imprescindible en el modelo democrático actual, tanto o más que el tribunal supremo. Y tanto uno como otro pueden y deben ser objeto de valoración y de crítica por sus actuaciones, pero otra cosa distinta es poner en cuestión su legitimidad y su existencia.

Así que, en buena lid, yo esperaba que el viernes pasado Soraya Saénz de Santamaría hiciese una defensa cerrada de la función de los sindicatos en la concertación social y en las democracias, como salió en defensa del tribunal supremo. Porque, si criticar al tribunal supremo es cuestionar las instituciones del estado, por la misma razón también lo será cuestionar no sólo las actuaciones, sino el funcionamiento y la legitimidad de los sindicatos. Pero parece que la vicepresidenta y portavoz del gobierno de España no ha asumido bien su papel y este viernes no pareció acertar con el tono que le corresponde a su rango y actuó más bien como portavoz de su partido. Y no es lo mismo.

Porque lo cierto es que dejó al descubierto la posición no sólo del partido, sino del gobierno en relación con los sindicatos. Como, por otra parte, es manifiesto con el texto de la reforma laboral, donde el gobierno, elegido por mayoría ciertamente, pero que debe gobernar para todos, no solo no gobierna para todos, sino que actúa de parte y se sitúa del lado de los más fuertes, al conceder todo el poder en las decisiones laborales a la parte empresarial.

No sólo se precariza más el empleo y se facilita y abarata el despido, no. Con este real decreto, el gobierno modifica sustancialmente el modelo de las relaciones laborales y las condiciones de trabajo de los trabajadores: Si hasta ahora se suponía que existía una diferencia de fuerzas a favor de la parte empresarial, lo que hacía necesario que se limitase a través de una regulación laboral que equilibrase las fuerzas y fijase los derechos de los trabajadores, a partir de ahora se rompe con este supuesto: Los más fuertes reciben ahora más competencias y más prerrogativas. Tantas, que el trabajo pasa de ser un derecho para convertirse en una dádiva generosa del empleador, por la que incluso tienen la deferencia de pagar, pero por la que se debe ser siempre solícitos y diligentes para atender sus más mínimas exigencias, temerosos de que la enfermedad impida cumplir con las obligaciones y perder el empleo, y del que se tiene que estar siempre agradecido.

El gobierno ha roto el marco y las reglas de juego, y los empresarios parecen estar contentos porque han visto cumplidas sus demandas y exigencias más extremas. Pero la respuesta en la calle debe hacerles entender que se imponen nuevos tiempos, que han acabado con el tiempo de la concertación y el de la paz social y se inicia el camino de la confrontación. Puede haber marcha atrás por parte del gobierno, pero, si no la hay, no habrá una victoria fácil y rápida.

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