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Ilusionados por la política

Félix de la Fuente

Una soberanía ausente

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La llamada a urnas que tendremos en los próximos meses es más importante de lo que parece... y conlleva una gran dosis de responsabilidad.

La proximidad de unas elecciones autonómicas y, a corto plazo, de unas elecciones generales nos obliga a ciertas reflexiones, aunque sean breves. A la preocupaciones ordinarias sobre el paro, la corrupción, los desahucios, la sanidad y un largo etc. se añade ahora la de elegir a nuestros representantes en los respectivos parlamentos.

 

Quiero dejar claro, ante todo, la grave responsabilidad que todos tenemos de participar con nuestro voto en la vida democrática de nuestra sociedad y estoy convencido también de la necesidad de unos partidos políticos, a pesar de la poca estima de que merecidamente  gozan en España y de la crítica que encierran estas líneas.

 

Dicho esto, eso de “elegir a nuestros representantes en los respectivos parlamentos” es algo muy, pero que muy, relativo. En primer lugar, solamente podemos elegir entre los candidatos que nos proponen otros, es decir las cúpulas de los partidos, y, además, ni siquiera podemos disponer el orden en que queremos elegir a esos candidatos –“estas son lentejas; si quieres las comes y, si no, las dejas”-.

 

Por otro lado, si hiciéramos una encuesta sobre el conocimiento que tienen los electores de las personas que van en las listas, quedaríamos sorprendidos. ¿Cómo podemos elegir como representantes nuestros a unas personas a quienes no conocemos? Debemos de apreciar muy poco nuestra democracia para dejarla en manos de unos desconocidos. ¿Dejaríamos a un hijo nuestro a cargo de un extraño? Nuestros representantes son “muy bien conocidos” de las cúpulas de los partidos pero unos perfectos desconocidos de los ciudadanos (fuera de los cabezas de lista que hemos visto un poco en la tele). Es más, los políticos electos ¿se consideran ellos mismos representantes de los ciudadanos? 

 

¿Nos podemos sorprender entonces de que haya tantas personas que se abstienen reiteradamente en todas las convocatorias electorales?

 

“Los partidos políticos expresan el pluralismo político, concurren a la formación y manifestación de la voluntad popular y son instrumento fundamental para la participación política. Su creación y el ejercicio de su actividad son libres dentro del respeto a la Constitución y a la ley. Su estructura interna y funcionamiento deberán ser democráticos".

 

Esto es lo que nos dice el art. 6 de la Constitución sobre los partidos políticos. Pero ¿expresan realmente el pluralismo político, cuando más de un tercio de los electores no se siente representado por ninguno de ellos? ¿Nos dice acaso la Constitución que los partidos políticos deban asumir el monopolio  de la representación ciudadana? ¿Dónde está la soberanía del pueblo español cuando le están imponiendo una única forma de elegir a sus representantes? Puede ser que en el momento en que se aprobó la Ley de partidos estuviera justificada esta forma de elegir a los parlamentarios, pero entretanto las circunstancias han cambiado y el ciudadano está más formado y es más independiente.

 

A un representante o apoderado se le nombra cuando el interesado no puede actuar directamente, bien porque esté incapacitado o porque se trate de un asunto complejo en el que se precisa la actuación de un experto, como sucede con los abogados y los procuradores ante los tribunales. Pero ¿son expertos acaso todos los diputados que nos representan en los parlamentos? Para cualquier profesión se necesita al menos una mediana preparación. Para ser parlamentario no se necesita nada. Ni siquiera para el cargo de jefe de gobierno se necesitan idiomas, aunque tenga que  tratar constantemente con políticos de otros países. Excluir todo grado de participación directa de unos ciudadanos que en muchos casos están más preparados que los representantes que les han impuesto, va, por lo menos, en contra del espíritu de la Constitución.

 

Los políticos suelen poner constantemente la excusa de la Ley electoral para justificar la mala calidad democrática que tenemos en España. De acuerdo en que una nueva ley electoral debería cambiar muchas cosas, pero ya ahora mismo, sin esperar a una nueva ley electoral, es mucho lo que podría cambiar. Por de pronto, la Constitución dice que la soberanía reside en el pueblo español (at. 1), no en los partidos políticos, aunque en este punto los soberanos son los partidos.

 

La Constitución también nos dice que la estructura interna y el funcionamiento de los partidos deben ser democráticos, pero son muchos, quizás todos, los partidos que no cumplen con este requisito. Luego, según la Constitución deberían estar prohibidos. También dice que la “constitución y el ejercicio de la actividad de los partidos son libres”, pero para el ciudadanos es algo los partidos son algo obligatorio e impuesto. Obligatorio, pues el ciudadano está obligado a mantener a los partidos con sus impuestos.

 

Los partidos políticos son necesarios para el funcionamiento de la democracia, pero no para ejercer un monopolio sobre la democracia. Su financiación también debe ser viable, pero no a base de imponerla a unos  ciudadanos que  o no se sienten representados por los partidos o no consideran que estos deban tener prioridad sobre la creación de empleo o sobre la educación o la sanidad. Una financiación a base aportaciones voluntarias y limitadas de los ciudadanos (p. e. 50 euros mensuales) deducibles de la cuota en lugar de deducirlas de la base imponible podría ser una solución.

 

La madre de todos los males no está en la corrupción, está en los partidos políticos (el próximo día insistiré sobre esto). Y que no olviden: soberano es el pueblo español, no ellos.

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