Monaguillo original

Gazpacho y Cilicio

David Monaguillo
Blog de David Monaguillo. Autor de Pecados del Monaguillo.

Navidad Flamenca (El retorno...)

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La semana pasada os dejé el primer capítulo del especial investigación navideño, donde destapaba la trama de esos productos y elaboraciones que solo salen de sus escondrijos para atormentarnos en estas fechas; pero una vez desenmarañado el asunto de la bebida y la decoración,  toca abordar lo realmente importante, lo que alimenta el cuerpo y no esa mamarrachada del espíritu.

Y es que tanto en nochebuena como en nochevieja, hay mucha gente empeñada en sacar a la mesa lo que ellos consideran emblemáticos y obligatorios del recetario, para de esa forma convertirse por un día -y por puro amor a sus familiares- en luthiers gastronómicos, aunque lo que realmente consiguen es hacer una cinta de chistes de gasolinera con lo mejor de Barragán y Arévalo.

 

Lo que  más me choca es esa manía estúpida y sinsentido de endulzar cualquier preparación para hacerla navideña. Yo no la conozco, pero debe haber una ley que dice: “cualquier plato ramplón pasará a convertirse en una joya, por el mero hecho de añadir a su versión original un par de paladas de azúcar, un puñado de pasas tan borrachas que podrían salir en Callejeros y los suficientes frutos secos como para que aquello pueda considerarse un turrón de autor”. De verdad,no sé que pensaría un cerdo ibérico al morir, si llega a enterarse de que su solomillo va a terminar como un cupcake, sodomizado, adulterado, con frosting y empachando a la gente.

 

Para hacérselo  mirar es también la aparición de algunas frutas con las que intentan camuflar el nivel malote de ciertas elaboraciones. Un postre Bimbesco – adj. Que proviene de Bimba Bosé. Andrógino. Hortera. Estridente. Revenío-  puede convertirse en una obra de Paco Torreblanca, por el simple hecho de ir coronarlo con una cereza, mora, fresa y en general cualquier fruto rojo que no sea de temporada. Si lo estuviera perdería el rollito snob y no sería lo mismo.

 

En el caso de los platos salados – aunque en dulces también funciona - la estrella es el physallis. Por muy corto que sea el menú, siempre aparecerá con su campana cuidadosamente descerrajada al menos en una ocasión, derrochando glamour a espuertas con esa apariencia de cisne inmaculado. El problema llega cuando se usa en un plato sin volumen ni atractivo alguno y lo que debería ser un ejercicio de estética serena, puro y limpio, termina recreando la estampa de la típica señora mayor que nada a perrito en la piscina y de la que solo se ve el gorro de baño – el que evita que se le carde el pelo-.

 

Esto se está alargando y apenas he empezado, así que voy a salir del entuerto con una pedrea de productos y elaboraciones que deberíais evitar a toda costa.

 

El huevo hilado también conocido como lágrimas dulces de koala, que normalmente aparece rellenando un fiambre con texturas y cortes muy raros, al que llaman cabeza de jabalí y cuya fusión terminan dando lugar al peor canelón frío de la historia.

 

Renunciad  al canapé de cualquier cosa que pueda ser tachada como “sobra de nevera” y mucho más si lo intentáis arreglar después, bautizándolo con un huevo de codorniz, una loncha de rabanito o pepinillo transgénico, medio cherry/uva o una hoja de perejil . Desengañaos, seguirá siendo igual de zafio.

 

De paso descartad también ese surimi en forma de gulas, que termina haciendo de tu bocado un ser mitológico de tragedia griega – Medusa para más señas- . Esas serpientes además de no aportar nada, dilapidan nuestra dignidad cuando terminamos sorbiéndolas tipo la dama y el vagabundo, pero sin nadie al otro lado.  

 

Y puestos a elegir entre el amplio elenco de salsas navideñas que camuflarán un marisco mediocre, tened claro que con una mahonesa se puede salir airoso; pero sin embargo si arriesgas y tiras de quimicefa para preparar la que para mí es la mayor guarrada del mundo, es decir la salsa rosa, corres el riesgo de que la gente termine confundiendo la celebración con una boda de los 90.

 

Por vuestro  bien, reconsiderad esa costumbre de preparar los canapés 10 horas antes por muy  cómodo que sea. A todo el mundo quizá no le guste la textura de torrija que adquiere el pan de molde o el potito de margarina que se forma cuando los volovanes comerciales se humedecen.

 

En esta misma línea y por terminar, evitad servir el pan y los turrones cortados antes de saber si los Mayas estaban o no en lo cierto; posiblemente esa técnica funcione bien con el queso y el surtido de ibéricos - aunque a veces también pueda parecer que los hayan gratinado-, pero con estos dos elementos lo único que se consigue es una textura cercana al esparto.

 

Y la peladilla por dios. ¡Qué alguien le ponga freno a la peladilla! ¡Qué suena demasiado guarrete y mancha mucho!

 

Amén

 

Twitter: @DavidMonaguillo

email: pecadosmonaguillo@gmail.com

Comentarios

Corleone 11/01/2013 09:12 #2
Lo que antes era gracioso, ya no lo es. Ve a la tahona un rato a ver si recuperas las inspiracion.
ostitu 28/12/2012 21:22 #1
Sobreactúas.

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