Monaguillo original

Gazpacho y Cilicio

David Monaguillo
Blog de David Monaguillo. Autor de Pecados del Monaguillo.

La pretemporada...

Según nos cuentan en la tele, mañana tendremos el primer día de otoño propiamente dicho; frío, lluvioso, oscuro y melancólico, condiciones ideales para hacer el cambio de ropa en tu armario o para que Sergio Dalma se deje canas y venda discos como rosquillas. Pero yo no he venido aquí a hablar de música sino de comida, de productos de temporada, de estacionalidad y de esa nueva costumbre de querer ir siempre a contra pie.
Desde hace años, soy de esos que procuran dejar algunos días de vacaciones para septiembre; volver a trabajar casi en otoño resulta duro, aunque queda de sobra compensado cuando la gente te mira con la cara de Kung Fu, cegados por ese tono de piel que sólo se consigue a base de horas de playa, siendo descendiente de algún dios Egipcio o lavándote la cara con Aladín; pero lo que no está pagado con todo el “estómago” del mundo es entrar en el supermercado para volver a cargar tu nevera y ver como las estanterías están repletas de turrones, mazapanes, trufas y tal cantidad de dulces con azúcar, que se me acaban de picar dos muelas al recordarlo. ¡Que me devuelvan mi otoño! Me gustaría tener un par de meses para “aclimatarme”, para ir pisando hojas secas mientras me planteo el menú de nochevieja o recapacito sobre si el que inventó las frutas escarchadas debería estar en la cárcel.

Por supuesto esto no es un caso puntual y tenemos mil ejemplos de que se nos va la cabeza continuamente. Seguro que muchos de vosotros habréis comprado fresas o cerezas venidas "del más allá" a un precio de “más allá” todavía y con menos sabor que dar un “lametón” a un cuchillo; a mí me ha pasado y por eso os recomiendo que la próxima vez compréis frutas de plástico en el chino, porque conseguiréis el mismo efecto, os saldrá mucho más barato y además luego podréis decorar el salón.

¿Por qué narices nos empeñamos en hacer cremas de calabacín en enero –metiéndole medio queso curado para que sepa a algo-, en vez de usar la calabaza? ¿Qué razón oculta nos impulsa a llevarnos a casa durante todo el año unas sardinas con menos grasa que Mario Vaquerizo, si somos conscientes de que hasta el verano no estarán como Alaska?

Quizá haya alguna ley no escrita que lo penalice pero, ¿por qué los boletus tienen que estar presentes los doce meses en las cartas de algunos restaurantes? ¿No sería mejor usarlos únicamente en temporada, demostrando así al cliente que estás comprometido con el producto fresco de verdad?, ¿o es que aún hay gente que piensa que crecen durante todo el año y que los congeladores solo sirven para librarnos del anisakis?

En el otro extremo están los locales para los que todo el año es verano; da igual que estemos en noviembre porque ellos seguirán sirviéndote cualquier cosa con una ensalada de brotes, el Tataki con gazpacho de lo que sea y la carne con melocotones de Calanda -con suerte, escurridos de almíbar-; aunque eso sí, el postre vendrá rebosante de “fruti dil bosqui”, porque eso si que es muy de invierno...

Habrá gente que achaque esto a la globalización, al afán derrochador que podíamos permitirnos antes de este “tijeretazo” o a que simplemente nos gusta llevar la contraria, pero yo prefiero pensar que hemos perdido el norte y que tarde o temprano tendremos que volver a las costumbres de siempre, aunque sólo sea por ahorrarnos unos céntimos.

Twitter: @DavidMonaguillo
pecadosmonaguillo@gmail.com

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