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‘Entre hojas y huellas’

Javier Álvarez Fariña

Una de cobardes

Existen una serie de personas cortas de entendimiento que merodean nuestros bosques y montes, y ocupan un lugar de privilegio entre los criminales ambientales. Son poco reconocibles pero muy comunes; los envenenadores. Su perfil fluctúa entre ganaderos y furtivos, y utilizan reclamos para perpetrar sus infinitas matanzas.

Permítanme una breve añoranza por tiempos futuros; un caso concreto. Pues bien, pienso en una época lejos de tanta vileza, terquedad y ceguera. Imagino un paseo en el que las alimañas, esas personas malas, despreciables, de bajos sentimientos que enuncia la RAE -la otra definición que figura es omitible por su deshonesto, pernicioso e interesado contenido- desaparezcan de la naturaleza. ¡Qué tranquilidad, qué empatía y paz, qué equilibrio tan efectivo alcanzaríamos!… pero que fútil resulta añorar un futuro sin idiotas sueltos, cuando éstos aún deambulan por el presente salpicándonos con sus idioteces.

 

Entre el compendio de éstas personas cortas de entendimiento que merodean nuestros bosques y montes, ocupan un lugar de privilegio unos criminales ambientales poco reconocibles pero muy comunes; los envenenadores. Su perfil fluctúa entre ganaderos y furtivos, y utilizan reclamos para perpetrar sus infinitas matanzas. Ejemplos hay para aburrir cada mes y en cada región. Como el de ese ganadero cántabro (J.L.V.G) -exento de raciocinio y pleno en pusilanimidad- capaz de matar a 24 animales diferentes -entre ellos once milanos reales (Milvus milvus), en peligro de extinción- con la peregrina idea de abandonar un cebo intoxicado en el campo con la esperanza de que fuera a parar al pobre afortunado salvaje contra el que quería cargar sus tintas; o como el “intimidante” cartel encontrado por miembros del colectivo comarcal de Acció Ecologista-Agró a las puertas de un coto en las montañas de Carcaixent que rezaba “No pasar, cebos envenenados”. Por citar un par de este contrasentido.

 

 

Lo preocupante es que son miles los casos que se dan cada día en nuestros ecosistemas, y sin embrago son muy escasos los detectados o denunciados; menos aún los penados, pese a la enorme amenaza que suponen para la vida salvaje. Tanto es así que en el Libro Rojo de las Aves de nuestro país  el uso ilegal del veneno es la principal amenaza para, al menos, siete especies del Anexo I de la Directiva Aves, donde figuran especies como el buitre negro (Aegypius monachus), el águila imperial ibérica (Aquila adalberti) o el mismo alimoche (Neophron percnopterus). No obstante, el veneno no discrimina y es capaz de alcanzar a múltiples objetivos, generalmente grandes mamíferos -con casos de incidencias tan preocupantes como el del lince ibérico (Lynx pardinus), el oso pardo (Ursus arctos) o el lobo ibérico (Canis lupus signatus)- así como a animales domésticos e incluso al hombre.

 

Miren que hay prácticas nocivas contra la biodiversidad en España, pero el uso de venenos pertenece a aquellas que por su uso masivo, su solemne cobardía y su normalidad me causan un total desprecio. De hecho existe una reflexión de Francis Bacon que consigue reunir los tres patrones de carencias del pensamiento racional que definen a este tipo de individuos, a estos asesinos silenciosos, y dice así; quien no quiere pensar es un fanático; quién no puede pensar es un idiota; y quien no osa pensar es un cobarde. Está claro que los envenenadores hace tiempo que eligieron un camino diferente al del pensamiento.

 

 

@GatoManchado1

#EntreHojasYHuellas

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