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‘Entre hojas y huellas’

Javier Álvarez Fariña

¿Por qué todavía mueren osos en España?

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El pasado viernes murió abatido un oso pardo, especie protegida y en peligro de extinción, en Asturias y lo hizo además en una Reserva Natural ¿Cómo es posible? ¿Cómo puede no ser la primera vez? ¿Qué se está haciendo mal?  

La muerte a tiros de un macho de oso pardo el pasado día 9 de septiembre en las proximidades de la Reserva Natural Integral de Muniellos a manos de un cazador (puntual, pérfido esporádico o furtivo) es una tragedia que no obedece a la casualidad, sino a la causalidad. El ejemplar de la especie, altamente protegida, perdía la vida a consecuencia de impactos de bala en un costado, según han arrojado los datos de la necropsia realizada por veterinarios de la Universidad de León al animal de 105 kilogramos, en lo que supone un gravísimo atentando contra la flora y la fauna y una especie protegida. Ahora bien, esta lamentable pérdida no es la primera que ocurre en estas u otras circunstancias porque el azar no tiene cabida entre una deficitaria gestión, largamente mantenida. Y como tal, nosotros, obrando en conciencia y su justicia ¿qué debemos hacer?

 

 

Se nos dice que, como ciudadanos preocupados -algunos- podemos optar por requerir el esclarecimiento de los hechos, en cuyo caso recurriremos: o bien a consentir el frecuente desvío mediático hacia una explicación paralela, normalmente altamente confusa e ilógica sostenida por peregrinas ideas capaces únicamente de anestesiar la evidencia coyuntural; o por el contrario, eficientes y críticos, trataremos de dar con el corazón de la cuestión y exigir las responsabilidades pertinentes a quienes deben defender el patrimonio natural de todos -más allá del deseo explícito de que el Seprona localice y encierre al malnacido de gatillo fácil y secuencia premeditada-.

 

El problema de fondo y de peso reside en que la incompetencia, indolencia y perversidad en la gestión de poblaciones de carnívoros en España es intencionada. Está bien amarrada en un pacto de silencio combinado a dos esquinas; una acalla a varios ganaderos y la otra complace a ciertos cazadores. Este acuerdo tácito se sostiene por la bajeza de poderes más concentrados en recaudar y agradar que en impartir justicia o mostrar humanidad. No hay más que asomarse a husmear entre el monte, el campo o el bosque para percibirlo. El Fapas viene denunciando y censurando largamente la autorización que la Consejería de Desarrollo Rural asturiana concede para realizar batidas de jabalí en las áreas críticas de oso pardo dentro del Parque Natural de Somiedo. El colectivo, además, clama en balde por la necesidad de implantar el Plan de Recuperación del Oso Pardo o por esclarecer la muerte de otro ejemplar hace un año en Quirós.  

 

Y es que el medio natural, su diversidad y la calidad de sus ecosistemas, es el único ámbito de jurisdicción pública que recibe un trato desleal por parte de las autoridades españolas y sus cabezas regionales; se atiende a su salubridad con impulsividad y alevosía, y siempre sin atender a sus necesidades. Y claro está, ante la pasividad institucional surgen los oportunistas, como hacía Valentín Morán en nombre de la Federación Asturiana de caza -espero que no de todos los cazadores- quien el año pasado pidiera “matar osos cuando estos se recuperen” ¡Pero si apenas sabemos si conseguiremos poblaciones estables que eviten su extinción por la presión a la que fue sometido debido a su caza indiscriminada! Semejante disparate solo puede entenderse dentro de un contexto reducido y vicioso.

 

Otra tilde la ponía esta semana en un encuentro con ganaderos leoneses Luis Venta, diputado popular, al ascender al trono de autoridad moral, espiritual y científica en materia de Canis lupus signatus y sentenciar que “hay que matar lobos”, insinuando incluso que existe riesgo real de ataques a personas, estas aseveraciones son propias del vagabundeo de votos en época electoral y sin embargo, y lo que es más preocupante y común, demuestran la irresponsabilidad, falta de concordia y empatía de algunos personajes públicos (máxime teniendo en cuenta -concretamente en el caso del lobo- que solo se cuenta con los poco fiables, escasos y dudosos datos censales llevados a cabo sin el aval científico ni la supervisión de expertos ni la comunicación transfronteriza necesaria, datos que lejos de garantizar una situación estable siembran más sospechas sobre las chapuzas institucionales y ahondan en la preocupación de la comunidad científica por la escasa variabilidad genética de poblaciones de nuestra subespecie). Otro camarada de Venta, Rodríguez Feito, reclamó más batidas sobre el animal con el fin de que “niños y mayores puedan salir a pasear sin encontrarse con lobos”. El largo etcétera de intervenciones al respecto venidas desde la misma dirección es tan extenso como repugnante, porque entre estas palabras no hay consenso ni debate, no hay reflexión, ni hay estudio ni análisis, solo saña. De la vieja, de la de los días oscuros.

 

 

Por tanto, no es a los maltratadores ambientales a los que van dirigidas estas líneas. No me dignaría a tal cosa. Estas palabras van dirigidas al resto y su percepción de la justicia, no a la legislada sino a la innegable, la que debe defenderse a toda costa, la que puede verse, sentirse y vivirse, la que surge de la conciencia, la que solo responde ante la razón y la equidad. En ella nos refugiamos para percibir un acto injusto y en ella debemos encontrar las fuerzas para perseguirlo con esmero, venciendo incluso la ruindad o la indiferencia. Como lo es legislar contra el interés del patrimonio natural y su valor, como lo es obtener de ello beneficio propio y como lo es inocular en la verdad la sombra de la sospecha. Lo cierto es que con la muerte de este oso y de otros, con la matanza de cientos de lobos en Cantabria, Asturias y Castilla y León, se quebrantan las defensas de lo sagrado, de lo insustituible, comerciando con ello. Todavía se permite transgredir los últimos reductos del oso aún a riesgo de perderlo, al igual que se mercadean las cabezas del lobo por engordar las arcas. Y esta deriva amoral contra nuestra naturaleza, tan flagrante y abusiva, es la que debe llevarnos a la resistencia, a la exigencia y a la necesidad de que los que pongamos allí arriba estén a la altura de tanta majestad y belleza. Porque el pasado esta lleno de criaturas perdidas y olvidadas por vergüenzas calladas…