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‘Entre hojas y huellas’

Javier Álvarez Fariña

El patrimonio está en venta

La construcción de la presa de Belo Monte, la destrucción de los manglares de Tajamar o la edificación de un aeropuerto en el lago Texcoco son agresiones a nuestro patrimonio natural, y por ende también humano, más graves si cabe que la destrucción de Palmira por parte del Isis, porque somos nosotros mismos los que con esas acciones borramos nuestra identidad colectiva.

Es febrero. Una mirada pétrea y una decisión granítica nos hacen llorar de angustia mientras un hombre de barba descarrilada golpea con saña el patrimonio humano. Y lo graba. Sabe del daño que hace. El Isis quiere destruir la memoria del hombre arrancando sus raíces; así hoy Palmira o la legendaria Nimrod, maravillas que pasaron indemnes por los milenios, caen bajo el peso de la maza y las retroexcavadoras. Y así se esfuma parte de lo que somos. Quizás este sea el peor de los ataques, el que se lleva a cabo contra la identidad. Es la barbarie de la imposición de las ideas que tanta repulsa nos genera, pero solo en una dirección, porque el mayor ataque a la cuna de nuestro ser es el que se viste con la legalidad.

 

El daño de éste último agresor continúa, solo que a mayor escala, más profundo, con armas más dañinas y tecnología más avanzada, y sobre legados más antiguos que el de los asirios. Está orquestado, diseñado y manejado por gobiernos democráticos. La construcción de la presa de Belo Monte, la destrucción de los manglares de Tajamar o la edificación de un aeropuerto en el lago Texcoco son agresiones más infames por sus dimensiones, más retorcidas por sus métodos, más despiadadas por sus objetivos y más perniciosas por sus consecuencias que las conducidas por ese puñado de señores de la guerra pseudomusulmanes. Y me pregunto entonces ¿qué es ser civilizado, quién pone los límites y las reglas de este tipo de civilización?

 

 

Se extingue el patrimonio por un conjunto de fundamentalismos y por su grupo de planteamientos nefastamente concebidos e implantados. A un lado, una radical imposición teológica del Islam que declara la guerra al resto por resultar paganismos adversarios e irreconciliables; al otro, la despiadada doctrina neoliberal esgrimiendo la peor cara de un capitalismo feroz; y en el medio, bosques milenarios, columnas esculpidas por la genialidad soñadora de arquitectos de la antigüedad, ríos que narran la historia de los orígenes de los tiempos, esculturas y monumentos que relatan nuestra procedencia, prodigios genéticos de la evolución, tribus y culturas desconocidas… Lo lamentable no es que ambos extremismos existan y nos haya tocado vivirlos, que también, sino que el primero nos indigna tanto como nos resulta indiferente el segundo y normales ambos. Es una contrariedad inadmisible de una sociedad viciada y con graves perjuicios en sus cimientos.

 

En 1972 se aprobaba en Estocolmo la Convención sobre la Protección del Patrimonio Mundial Cultural y Natural con el fin de identificar, proteger y preservar el patrimonio cultural y natural de todo el mundo, por ser considerado especialmente valioso para la humanidad44 años después es noticia que se destruyan columnas romanas o babilónicas -como es lógico- y no lo es que desequen el río Xingú; que los araras, los jurunas, los kayapós, los arawetés o los asurinis pierdan sus medios primigenios de subsistencia; que se destruya la selva amazónica –el bosque tropical más grande del mundo-; que se contamine el delta del río Níger con la producción de petróleo; que continúen las fundiciones de metales pesados de Tianying; que nuestros gobiernos acepten la extracción de petróleo en el Ártico, que se persiga indiscriminadamente a animales mintiendo y tergiversando los datos de su realidad para atraer a la opinión pública y obtener votos o que se borren de la faz de la tierra ecosistemas endémicos y a sus pobladores (como es el caso de los manglares de Tajamar). Y duele más cuando no se intenta entender las funciones y beneficios que cumplen cada una de estas piezas del engranaje natural, baremar sus posibles aprovechamientos y apreciarlos en su justa medida como un bien de incalculable valor -que reza dicho tratado de la ONU-.

 

Si, se está librando una guerra, silenciosa y cruel, y están perdiendo todos aquellos prodigios de la naturaleza o la técnica humana que nos llegaron intactos para ser transferidos a las generaciones futuras y sería un error por nuestra parte no elegir bando. Al final perderá nuestra identidad.

 

Desconozco si en determinadas reuniones de exaltación y paroxismo Friedmaniano se debate acerca de si acabar con la vida de especies y sus entornos por seguir alimentando las falsas necesidades de un consumismo desmedido y mal intencionado es ética y moralmente reprobable, imagino que no. Ahora bien, lo que está claro es que las dinámicas actuales permiten que se diluyan los propósitos de aquella reunión de 1972.

 

Generar riqueza -“cosas de gran valor”, según la RAE- nunca puede ser sinónimo de exterminio del patrimonio natural, deforestación, caza indiscriminada, vertidos tóxicos o construcciones turísticas en entornos protegidos. Y todo esto pasa en Méjico, Brasil, Estados Unidos, Nigeria o España. Sí, efectivamente es una lucha de gentes civilizadas contra los que no lo están; de personas que valoran el patrimonio mundial, entienden la civilización como una evolución sostenible y les duele ver como ambas ideas son demolidas, frente a los que solo ven cifras entre la variable a consumir y su desecho producido.

 

¿Por qué se impone el otro al uno? La respuesta es elemental; el propósito común de mantener el patrimonial natural, civilizadamente sostenible, conservador y preservador es un objetivo a largo plazo y en provecho real de todos los habitantes del planeta, mientras que la explotación de las maravillas naturales y la utilización de sus seres vivos que ejecuta este régimen actual de fundamentalismo de mercado propone visiones a corto plazo y en beneficio real de unos pocos. Y ya sabemos que las grandes riquezas económicas, sus mercados y sus corrientes de opinión, son pocas amigas de mirar por el resto. Simplemente porque no les es rentable ni provechoso y los símbolos de nuestra identidad colectiva les debilitan. Ahora bien, basta que todos volvamos a compenetrarnos con nuestra identidad para derrocar la corriente de la destrucción.

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