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‘Entre hojas y huellas’

Javier Álvarez Fariña

Cuando lo normal era verlas

Uno puede estar seguro de la pureza de un curso fluvial cuando una nutria nada por sus aguas. Solo que ambos son difíciles de ver. Lo más habitual es encontrarse con los enemigos de este animal esquivo y bioindicador.

Suelo transitar por las riberas de los ríos, observo sus aguas y la vegetación que las acota, y me doy cuenta de lo poco que los cuidamos, de la escasa atención que les profesamos, aún sabiendo de su vital e inherente importancia, que incluso alcanza más allá de nuestra existencia. Echo de menos más limpieza y responsabilidad, también más naturalidad, la que correspondería a estos ecosistemas. Y no veo ni una cosa ni la otra. Y eso que la naturaleza, en su sabiduría, creó a criaturas capaces de recordárnoslo. Pero para encontrarlas a estas ahora hay que buscar demasiado, viajar a lugares más recónditos, a altitudes más altas, y así tratar de percibir la presencia de estos animales tan extremadamente fieles a la salubridad de los ríos, que, sin existir esa condición, han pasado de ser comunes a inusuales.

 

Y es que uno puede estar seguro de la pureza de un curso fluvial cuando una nutria nada por sus aguas. Solo que ambos son difíciles de ver. Lo más habitual es encontrarse con los enemigos de este animal esquivo y bioindicador; lo más frecuente es toparse con la contaminación por vertidos, ya sea en forma de lejía, residuos industriales o sulfatos de ciertas actividades pesqueras; lo más usual es hallar una disminución cada vez mayor de plantas asociadas a los ríos; lo más corriente es arrojar desperdicios de todo tipo al curso más cercano, acabar con los peces o infectarlo de especies invasoras, en un afán ilimitado de atender a nuestro espíritu de ociosa autodestrucción; y lo usual es robar sus aguas o esquilmar sus recursos. Y de lo común de nuestros malos usos hemos llevado a la nutria a la rareza.

 

Acostumbradas y necesitadas de aguas cristalinas y orillas pobladas de abundante vegetación ligada a bosques ribereños, nuestros usos chocan con su naturalidad. Fue así como la nutria desapareció de los grandes centros urbanos e industriales, fue así como desapareció de todo el sureste de la Península Ibérica y se hizo escasa en el resto de esta. Y fue así como la nutria pasó a estar declarada como "vulnerable" en el Libro Rojo de mamíferos terrestres de España y protegida por el Convenio Cites. Y sin embargo, es el propio Convenio de Berna el que nos recuerda que su extinción está catalogada como extremadamente grave y su recuperación clasificada como clave, debido a la enorme contribución que realizan al equilibrio ecológico.

 

 

La nutria, majestuoso y grácil carnívoro, hábil y silencioso nadador, fue un poblador habitual de nuestros ríos hasta que los descuidamos, y entonces decreció –tanto que estuvo a punto de caer para siempre en la década de los 50-. Su descenso poblacional debería avergonzarnos y mostrarnos lo nocivo de nuestras dañinas costumbres sobre el río, todas ellas comunes. Y quizás así, cuando vean un río, ya sea cerca de su hogar o lejos de él, podrán recordar que criaturas como las nutrias fueron creadas para estar ahí fuera velando por la limpieza y preservación de cada curso fluvial que habitan, pese a lo que consideremos los humanos errónea y socialmente como normal. Lo normal no es ver aguas envilecidas por bolsas de plástico o botellas vacías, ni lo normal es ver ríos sin vida o riberas despobladas de árboles y arbustos, ni lo normal es acostumbrarse a la ausencia de nutrias u otros animales bioindicadores de la calidad de esas aguas. Lo que hacemos comúnmente, lo que vemos habitualmente, ni es normal ni natural, y hasta que no lo entendamos la nutria seguirá yéndose con la música a otra parte, aún a riesgo de que se acabe la música para ellas para siempre. 

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