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‘Entre hojas y huellas’

Javier Álvarez Fariña

Cambiar desde la mirada

El mundo es un lugar extraño en el que vivir; las luchas del ser humano parecen no tener fin y los desacuerdos crecen cada día entre civilizaciones, religiones y nacionalidades. Y la Tierra se resiente. Nos hemos desviado del camino, todo es más simple y tal vez deberíamos mirar a nuestro alrededor.

Suena el despertador. Ducha y desayuno precipitado, pensamientos nublados, evasión y déficit satisfactorio. Cruzamos el corredor inicial hasta nuestro puesto de trabajo añorando el tiempo y sus posibilidades. Y cuando la obligación cesa; la apatía, el cansancio y los miedos nos hacen renunciar a las añoranzas. Las dejamos por imposibles. Y así hemos ido descargando el enraizamiento que nos correspondía. Llenos de temor, nos acercamos a la incomprensión y la repudia, nos viciamos y entonces, pese a nuestra capacidad, desechamos la implicación y abandonamos el juicio. Renunciamos a cambiar desde la mirada. De necios ¿verdad?

 

¿Cuánto afán ponemos en comparar y competir? ¿Y cuánto en debatir sobre la patente de cada pedazo o pieza resultante de cada anhelo, cada capricho, cada necesidad? ¿No resultaría más sencillo si no tuviéramos que etiquetar y sentenciar continuamente entre peces grandes y pequeños, entre qué corresponde a quién, entre qué es relevante y qué no? Como si el poseer bienes de cualquier índole en esta vida nos hubiera hecho ser mejores. A decir verdad, con toda nuestra complejidad y estructuralismo social, con nuestras jerarquías y sistemas jurídicos, solo hay dos armas naturales -propias también de muchos otros animales- que nos hacen elevarnos y tener buen juicio; y son la conciencia y la compasión. Solo juntas nos convierten en seres íntegros. 

 

De la conciencia solo diré que curiosamente más de uno se ha hecho maestro en transgredirla y ofuscarla hasta desenfocarla y saber vivir sordo a sus advertencias (acto harto complejo ya que solo con haber puesto la mitad de empeño y esfuerzo en seguir sus directrices, les hubiera hecho ejemplares). Por lo que allá cada uno se arregle con la suya. No apelaré a la conciencia, pues tengo esperanza fundada en que nadie pueda nunca ser ajeno a sus indicaciones.

 

Sin embargo, en lo referente a la compasión hemos llegado a un punto en que, si bien como individualidad pasiva podemos albergarla en cierta medida, de nuestro plano colectivo la hemos hecho desaparecer. Los peces grandes perdemos a veces mucho en este sentido en relación con los peces pequeños (permítanme la irónica metáfora) ¿O tal vez nuestro error es percibir un mundo con tales diferencias y esa equivocación es captada por peces de la misma especie a los que dejamos crecer y devorar al resto, incluidos nosotros mismos?

 

Foto: hdwyn.com

 

Volviendo a los chimpancés, comentó una vez la eminente primatóloga Jane Goodall que éstos sienten una profunda compasión por sus congéneres. Algo así se supo después de los gorilas, y hoy también sabemos que lo sienten (aunque bien poco nos importe) los elefantes, los lobos, los delfines o nuestros hermanos más cercanos los bonobos, sin duda especialmente ellos. Algunos de estos seres vivos gregarios no pueden, o quizás no quieren, no sentir compasión. A muchos ese sentimiento, cuando el dolor aflora, es capaz de desgarrarles. El apego les ha hecho compasivos. Y nosotros, nublados por la búsqueda del crecimiento infinito, imbuidos en corrientes subjetivas, estamos perdiendo esta capacidad que nos es innata por el simple hecho de brotar de la naturaleza y que resulta esencial para equilibrarnos. A menudo pasamos de largo entre los pequeños detalles, no prestamos atención a las miradas. Es como si ya no quisiéramos pertenecer al mundo, como si no lo soportásemos ni a él ni a nosotros mismos.

 

El nivel de cohesión y empatía del ser humano con el entorno natural se ha resentido intensamente, está en estado crítico, lo noto día a día, pero creo que esto puede cambiar. Confió en el aire renovador de los cambios, más aún en estructuras tan imperfectas como las humanas. Por lo que les propongo que miren a los ojos de aquellas criaturas que consideren diferentes, distantes, insignificantes, desvalidas o incomprensibles, esos peces pequeños que les rodean, ya sean enormes depredadores de junglas remotas –a los que posiblemente vean reclusos por su inocencia- o seres diminutos con los que pueden intercambiar miradas, y antes de plantearse que su presencia es molesta o que no tienen relevancia les pido que hagan un acto de humildad y paciencia, y entonces verán que allí, tras sus ojos, hay compasión. También pavor y tristeza. Traten de ver y sentir a través de su mirada y notarán que muchos llevan cargas enormemente injustas sobre sus espaldas por nuestra indiferencia. Cargas que nos serían insoportables. Decía el Nobel de la Paz Albert Schweitzer que mientras el círculo de su compasión no abarque a todos los seres vivos, el hombre no hallará la paz por sí mismo. No podría estar más de acuerdo.

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