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Entre barrios y exclusión

Emiliano Tapia
Del barrio, de narcotráfico, de instituciones y mucho más...

Del IBI y de la Iglesia

Está el debate entre la clase política y está el debate en una parte importante de la sociedad. ¿Deben pagar el IBI al Estado los bienes inmuebles de la Iglesia que en estos momentos no lo están haciendo? Yo mismo he tenido la oportunidad de opinar sobre este tema en algún medio de comunicación salmantino. Quiero en este blog aportar una pequeña, sincera y sencilla mirada a una preocupación que, con todo el respeto, seguro que otras personas lo perciben de otra manera y opinan con otros acentos.
De partida, quienes nos confesamos seguidores de Jesús formando parte de la Iglesia, me parece que debemos situar este debate, no en el sí o el no al IBI, sino en la invitación que se deriva del Evangelio de poner las riquezas al servicio de los más empobrecidos, “vende lo que tienes, dáselo a los pobres y después ven y sígueme”. ¡Cuánto nos cuesta tomarnos esto en serio”! Pero hay testimonios de personas que encierran con toda la fuerza este compromiso.

Poner en práctica el espíritu y la exigencia de esta invitación evangélica exige ir mucho más allá de pagar o no el IBI al Estado; que por otra parte, con el actual modelo socioeconómico está repartiendo de forma tan injusta los recursos e impuestos de todos los ciudadanos y ciudadanas.

En nombre del evangelio, sabemos que el joven rico se fue muy triste ante la invitación de Jesús, por que era mucho lo que tenía; pero, por el contrario, Zaqueo, siente la alegría de la fiesta que supone compartir la riqueza con los más pobres.

¿No residirá en la acumulación desmedida, la riqueza amasada y en el poder de la Iglesia, algo de esta tristeza, frialdad y rechazo que existe en el momento actual en una parte importante de la sociedad?
Con muchos cristianos, teólogos y pastores, coincido en el esfuerzo que tenemos que hacer para acertar a caminar en la búsqueda del espíritu más propio y genuino de Jesús de Nazaret, origen y fundamento único de su Iglesia.

Jesús de Nazaret vive un estilo de vida pobre. No tiene residencia fija, ni se siente apegado a familia alguna, invita a sus discípulos a no llevar casi nada para el camino. (Hoy, diríamos, vivir con lo mínimo, con poco).

Jesús denuncia la riqueza por lo que supone de injusticia con los empobrecidos, (hay pobres porque hay ricos), y se indigna ante el poder económico. “No podéis servir a Dios y al dinero” .

Jesús opta y pone como opción de vida el estar cerca de los excluídos y empobrecidos, (pecadores, enfermos, prostitutas,…).

Adolfo Chércoles, testigo del evangelio en el mundo obrero recuerda así un reto fundamental para el Cristiano: “Jesús no optó por los pobres; Jesús fue pobre”.

Pe. Casaldáliga, desde la Iglesia comprometida con los más pobres de Brasil plantea que, “la verdadera Iglesia de Jesús no quiere el poder. Quiere el espacio de la vida”.

Le. Boff reflexiona y plantea en algunos de sus textos que “una Iglesia que no confiesa la centralidad de los pobres y no asume la causa de la justicia de los pobres, no está en la herencia de Jesús”.

Ju. Lois dice que “no hablar del pobre en un mundo como el nuestro, vacía todo el discurso sobre Dios y despoja de auténtica credibilidad a la Iglesia”. O, también, “en la Iglesia de Jesús las comunidades deben ser sanadoras y animadoras haciéndose cargo especialmente de los más necesitados”.

Me han contado alguna vez que Diez Alegría dijo un día en la Cámara de Comercio de Madrid que “la clase dirigente vive en situación de pecado”. ¿Cómo poder, hoy, no continuar alimentando esta situación que permanece, aportando el IBI, o sin él?

Si existen colectivos no confesionales que se organizan y luchan en momento como el que estamos viviendo, para defender “la distribución equitativa de la igualdad real entre todas las personas”; ¿cómo no sentirnos obligados, en una opción personal o comunitaria, desde la fe en Jesús de Nazaret, no solamente a la distribución equitativa, sino a ir más allá, en el ejercicio del compartir fraterno de los bienes básicos con los más necesitados?

¿Cómo no estar en la primera fila junto a quienes denuncian y luchan por la necesidad de unos impuestos más justos para hacer frente a los derechos de los más empobrecidos en una sociedad de todos y para todos, de todas y para todas?

¿Cómo no ir más allá del IBI o cualquier obligación de derecho común, planteando y apoyando a quienes demandan y exigen un cambio completo de modelo social, donde no manden las grandes corporaciones, donde no dominen y se enriquezcan escandalosamente sus propietarios y accionistas y donde los políticos no ejerzan el poder a su servicio?

Creo que la mejor práctica en nombre del evangelio para con el uso de los muchos bienes de la Iglesia, es saberlos ponerlos, y sobre todo en momentos tan difíciles como el actual, al servicio de los más empobrecidos. Probablemente, muchos de ellos, sin necesidad de venderlos, estamos obligados a rentabilizarlos socialmente en solidaridad; y si fuese necesidad, venderlos para generar y posibilitar que puedan ser motivo y ocasión de hacerles partícipes de los derechos sociales más elementales.

Esto no puede entenderse como ingenuidad humana; ni como rebeldía al sistema del Estado; sino como responsabilidad con los derechos de las personas más débiles y necesitadas del mundo que hoy nos está tocando vivir.



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