Emiliano tapia original

Entre barrios y exclusión

Emiliano Tapia
Del barrio, de narcotráfico, de instituciones y mucho más...

Culto y justicia. Celebración y compromiso

Hemos vivido días de muerte y resurrección, de pasión y de vida, de dolor y de salud, quienes confesamos la Fe cristiana. A quienes miramos el rostro crucificado de Jesús de manera especial en estos días, se nos pide no separar de la cruz que contemplamos, el sufrimiento de los inocentes así como la lucha porque todas las personas puedan disfrutar de una vida más saludable.
Pagola, como otros muchos teólogos en estos días, reflexionaba de esta manera; “no podemos adorar al crucificado y vivir de espaldas al sufrimiento de tantos seres humanos”. Y decía también; “creer en el Resucitado es rebelarnos con todas nuestras fuerzas a que esa inmensa mayoría de hombres, mujeres y niños, que sólo han conocido en esta vida miseria, humillación y sufrimientos, queden olvidados para siempre”.

Uno de esos crucificados, ha sido Juan, que tras casi toda una vida de sufrimiento al lado de las drogas y el empobrecimiento, y con más de 28 años de cárcel a sus espaldas, terminaba con su vida en las primeras horas del mismo jueves santo.

Lo conocimos muy de cerca hace poco tiempo en la misma cárcel y en el piso de acogida. Probablemente, antes que nosotros, otras personas hayan intentado y se hayan cansado en la ayuda por acompañarle; pero como tantas otras personas en su misma situación o similar, a pesar de haber luchado por salir, no han sido suficientes las fuerzas compartidas. La cárcel, el sistema penal y las drogas le habían prisionalizado y atado de tal manera que no ha podido o no ha sabido vivir decidiendo acabar con su propia vida.

La rebeldía que nos transmite el Resucitado me hace y nos hace gritar, una vez más, ¡maldito negocio de las drogas! ¡maldita cárcel!, que condena solamente al castigo y a la inhumanidad. ¿Cuándo seremos capaces de alumbrar todas las posibilidades para un mundo vivo y una sociedad humanizada?

Dolorosamente hemos tenido siempre entre nosotros y nosotras el problema del hambre en el mundo, de la guerra, de la enfermedad,… pero estamos contemplando más que nunca el drama de un mundo cercano cada vez más débil y empobrecido como consecuencia de la ambición de unas pocas personas insaciables por tener, frente a la indefensión de la gran mayoría.

Las personas desahuciadas, las personas presas, las personas extranjeras sobre todo sin papeles y abocadas en muchos casos a lugares que resultan tan injustos como los CIES o a su expulsión, las personas mayores solas, tantas personas enfermas mentales dejadas a su suerte,… Todo ello forma parte de la oscura realidad que intenta esconder una estructura socio – económica que promueve el enriquecimiento de unos pocos junto a una gran mayoría que se siente engañada, desorientada o simplemente encerrada en su ingenuidad.

A la Iglesia, siempre, pero sobre todo en el momento actual, se nos pide poner en la mesa común de la vida para todas las personas lo mejor que tenemos; nuestra riqueza no sólo económica, sino también patrimonial; el bien de la cultura que puede enriquecer y dar como herramienta, un apoyo fundamental para los sectores de población más empobrecidos; y un diálogo humilde, abierto y sincero con la cultura de hoy para aportar luz de justicia social y solidaridad a un mundo y una sociedad que no se atreve a poner rostro a quienes criminalizan y tratan de esconder a los más desheredados.

A los gobiernos debemos exigir derechos humanos y sociales; sobre todo para quienes no tienen acceso a la vivienda o la han perdido, a la educación, a la salud, a los recursos económicos mínimos para poder vivir, o al empleo. No puede ser que todos estos derechos fundamentales sean disfrutados con dignidad por unas pocas personas.

Entre los ciudadanos y ciudadanas hemos de hacer nuestro aquello que decía Martin L. King, “No me preocupa el grito de los violentos, de los corruptos, de los deshonestos, de los sin ética. Lo que más me preocupa es el silencio de los buenos”.

Hemos de hablar y organizarnos para defender la humanización en el trato y acogida a los más mayores; o en la manera de afrontar los conflictos en la sociedad, cuando parece que solo encontramos un Código Penal punitivo, sobre todo para los más empobrecidos, o unas cárceles con el objetivo de castigar y proporcionar solamente seguridad.

Hemos de encontrarnos para defender el derecho de disfrutar de lo público como valor frente al negocio lucrativo de lo privado, y así asegurar los derechos sociales para los colectivos más débiles y en mayor precariedad.

Debemos hacer posible lo comunitario como espacio imprescindible para afrontar el reto de la diversidad, de la educación, de la ética y soberanía alimentaria, o el aprendizaje de la ayuda y el apoyo mutuo para facilitar relaciones de horizontalidad y auto - organización.

De esta manera haremos del culto celebrado en estos días, justicia; y de la celebración, compromiso. Y todo esto junto a tantos hombres y mujeres de buena voluntad que esperan trabajar a nuestro lado, junto a nosotros.

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