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ACADA ACADA

Ni sé, ni quiero saber

 

Cuando mi amigo Pavlos Erginos lea este breve artículo se revolverá en su furgoneta. Ahora vagará por las Francias o las Italias en busca de ferias más rentables y más seguro sustento, intención que me comentó €“hará ya un par de meses, cuando comenzaba a salir el sol. Que se iba, dijo, que no veía color. Pablo, habitual del Mercado Medieval y uno de los mejores artesanos plateros, manifestaba así de lacónico un desencanto que empieza a ser sacrificio excesivo, amargura e incertidumbre sobre un futuro de difícil resolución. Yo espero que a Pablo le sonría la fortuna; ésa que, dicen, ayuda a los audaces y que tan adversa nos está resultando. Y lo espero porque a este argentino nieto de griegos y ya más que español, siempre con una sonrisa, le alienta idéntico ánimo que a otros miles de personas conscientes de que si aquí no hay tajo, habrá que buscarlo afuera. Desde aquí, confieso mi envidia. Le envidio porque él no se resigna; porque renuncia a lo €œfácil€ y se arranca de raíz para aventurarse en lo desconocido. Le envidio porque confía en su estrella errante mientras yo, nosotros los demás nos aferramos al conformista calor doméstico. Y esto nos deja en cobarde desventaja.

Infausto tiempo, ingratos los países que obliga a sus hijos a huir de la miseria hacia espejismos. Difíciles momentos los que la historia depara al amparo de la corrupción y la ineptitud de sus gobernantes y que en su dramática farsa empuja a desembarazarse del suelo que con tanto ahínco, dedicación y esperanza fue regado por sus hombres. En tanto que buscando el paraíso perdido, al brillo de falsas promesas, otros vienen deslumbrados para caer en el abismo de los obstáculos. No hay Edén; aquí no. La tierra fértil se ha agostado y proclama su sequía. El creador desafiante, inquieto de luz y musas, cede el paso a la desolación artística sometida al olvido.

Buena suerte, Pablo, que los vientos te sean (a ti y quienes contigo van) favorables y prósperos y que la hazaña te depare la vida que anhelas. Aquí nos quedamos los que embaucados por la desidia, o por la ignorancia, o por el conformismo, nos resigamos al sufrimiento gratuito que nos regalan nuestros enemigos. Todo porque ni sabemos lo que queremos, ni queremos saber lo que debemos hacer. Buena ventura, Pablo, me quedo aquí confiando en que un golpe de suerte lo cambie todo, quizá para que permanezca igual; me quedo aquí consciente del valor de mi excusa y mi miedo. Yo también clamaré que no lo sabía. Me defenderé con el argumento oblicuo de que yo, como la mayoría, ni sé ni quiero saber.

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