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En las nubes

Almudena M. Vega

Día del libro dedicado a Unamuno

El lunes 23 de Abril (Fiesta de nuestra Comunidad Autónoma) se celebraba en la Plaza Mayor el día del libro, dedicado este año a la figura de Miguel de Unamuno.
Y yo creo que Don Miguel (así le solían llamar), este año más que nunca, se habría sentido muy bien paseando por la plaza. Y lo digo por la cantidad de niños y jóvenes que se veían rebuscando entre los libros.

Unamuno siempre tuvo fama de taciturno, solitario, un poco gruñón (con perdón). Se decía que en sus últimos años se dejaba acompañar por jóvenes estudiantes, pero que sólo era para tener a alguien con quien quejarse de las cosas que le rodeaban. Pero, a mí me dijeron una vez unos abuelillos que tuvieron la suerte de conocerle, que en el fondo, a Don Miguel le gustaban los niños. De hecho, aseguraban que siempre salía a pasear por los parques y calles donde se oía el barullo de los chiquillos jugando y de las madres paseando y charlando.

Si eso es cierto, le habría encantado la Feria del Libro del lunes pasado. Seguro que no se habría metido en los soportales, donde a todos nos costaba hacernos un hueco y caminar, pero desde la plaza, rodeando su cuadrado, se habría dejado ensimismar por el ambiente familiar que se respiraba.

Y es que, prácticamente todos los puestos tenían un apartado infantil y juvenil.

Aun a riesgo de parecer ilusa, me ha dado la impresión de que el mundo editorial está despertando. Creo que algo va a cambiar, y a mejor. Muchos me diréis que las editoriales sólo están volcándose en la literatura infantil y juvenil porque han visto un filón poco explotado en ese mercado poco y quieren hacer caja. Pero aunque eso sea cierto, creo que en este caso no importa demasiado, el fin merece la pena.

Prefiero pensar que el mundo se ha dado cuenta de que muchos de los problemas que sufrimos hoy en día son consecuencia de una educación despreocupada, de años en los que el niño que leía era el “niño rarito de clase”, de una juventud que se volvió inapetente y dejó que todo siguiera adelante cuando ya se veía que el final no era bueno.

Quizás lo que vi en la plaza sea el comienzo de una época mejor. Había niños escogiendo sus lecturas, incluso los que no saben ni leer. Había padres revisando qué libros escogían sus hijos. Había libreros que sabían lo que vendían y aconsejaban a los jóvenes. Era fabuloso ver esos negocios familiares, observar cómo los hijos, incluso los nietos ayudaban a colocar los libros a la familia en los puestos. Incluso oí a una chiquilla que no me llegaba ni al hombro decirle a su madre que prefería dar una vuelta para ver si lo encontraba más barato en otro puesto o si veía un libro que le gustase más. Y los niños y no tan niños haciendo cola en el ayuntamiento para recibir el sello conmemorativo de la fecha... Todo era entrañable.

Antes de irme, pensando en Miguel de Unamuno y en aquellas palabras de sus contemporáneos, recordando que siempre fue un hombre crítico con todo lo que fallaba en su sociedad, un hombre que no se conformaba con dejar las cosas como estaban, creo que le hubiera gustado ver la estampa de la plaza tal y como yo la vi.

Y me acordé de una de sus frases más célebres:

“Cuanto menos se lee, más daño hace lo que se lee”.

A mí, con permiso de Don Miguel, siempre me ha gustado decirla al revés:

“Cuanto más se lee, menos daño hace lo que se lee”.

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