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Enrique Cabero
Blog de Enrique Cabero. Portavoz de PSOE Salamanca

La Constitución de 1812

Tal vez por el ímpetu de la tecnología, o quizá por los malos recuerdos generados por tanta convulsión sin recompensa, las personas del siglo XX decidieron desdeñar a las de la centuria anterior, a los llamados decimonónicos. Hasta la Real Academia Española admitió una acepción despectiva de decimonónico que convirtió este término en sinónimo de anticuado o pasado de moda. Los avatares contemporáneos han llevado a los humanos del XXI a solidarizarse con aquellos sufridores, artífices del progreso científico y del Estado de Derecho, y a suprimir esta acepción de la vigésima tercera edición del diccionario.
El lunes próximo, 19 de marzo, se conmemora el segundo centenario de la primera Constitución española, la promulgada en Cádiz en plena guerra de la independencia, recibida por el pueblo con un cariñoso viva la Pepa. Maliciosamente a esta exclamación se le acabó dando un significado despectivo, hasta en el diccionario, que llegó a afirmar que “se aplica a toda situación de desbarajuste, despreocupación o excesiva licencia”. Casi cien años más tarde le sucedería lo mismo a la palabra república, que también de manera tendenciosa pasaría a considerarse en una acepción irónica un “lugar donde reina el desorden por exceso de libertades”.

La Constitución de 1812 introdujo en España el Estado de Derecho, la monarquía parlamentaria y la declaración de los derechos de la persona y de ciudadanía, aunque apenas estuvo en vigor. La ambición desmedida de Fernando VII y su torpeza, que años atrás habían facilitado la llegada al trono de José I, se convirtieron en el principal enemigo de un sistema basado en el Derecho y la democracia, inspirado en los valores y principios nacidos de la revolución francesa de 1789. Muchas personas luchaban contra las tropas de Napoleón por la independencia de España pero anhelaban la instauración en nuestro país del Estado constitucional surgido en Francia. No existía contradicción en sus fines y deseos.

Después la estrategia británica para vencer a Napoleón se hizo compatible con los intereses borbónicos. Derrotar a los franceses llegó a ser el objetivo común de los que odiaban los valores que representaban, de los que anhelaban que se hicieran realidad en España, de los que buscaban la primacía británica, de los que detestaban al Napoleón imperialista por olvidar la república y de los que deseaban el regreso de Fernando VII como monarca absoluto. La confusión anuncia los desastres. De una mítica guerra de la independencia se pasa a una verdadera guerra civil. Los españoles decimonónicos más conscientes y audaces se acabaron dando cuenta de que había empezado el largo y costoso tránsito del absolutismo a la democracia.

“El fusilamiento de Torrijos y sus compañeros en las playas de Málaga”, cuadro de Antonio Gisbert (1835-1902), de magistral factura y perfectas dimensiones, supone uno de los más inteligentes y bellos mensajes de los liberales progresistas decimonónicos a las futuras generaciones de españoles. Se realiza por encargo del Gobierno de Sagasta durante la regencia de María Cristina de Austria. La conquista de la libertad, la igualdad y la solidaridad no resulta fácil, mas ha de presidir el quehacer íntimo y público, individual y colectivo. La lucha por la ciudadanía conduce a la consagración constitucional de la democracia parlamentaria y de la declaración de los derechos de la persona.

El presidente Pi y Margall, poco antes de que los pinceles de Gisbert retratasen a Torrijos, relataba cómo “el 10 de diciembre de 1831 llegó a Málaga el decreto condenando a muerte a cuantos formaban parte de la expedición, y consumose aquella terrible hecatombe humana en las primeras horas del siguiente día. Pidió Torrijos que no se le vendasen los ojos y que se le permitiera mandar hacer fuego a los soldados del piquete ejecutor, pero no le fue concedido. Los cincuenta y dos infelices perecieron fusilados, yendo a aumentar el infinito número de los mártires de la libertad”. Aquel infame decreto de Fernando VII y la traición que se halla en su origen, protagonizada por el general González Moreno, describen la personalidad de uno de los más oscuros monarcas españoles.

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