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Enrique Cabero
Blog de Enrique Cabero. Portavoz de PSOE Salamanca

Gran tristeza

Denostamos la rutina tanto como la añoramos, incluso en estos días que ansían ser vacacionales. Solemos huir de ella exultantes para pasar cariacontecidos antes o después a un relativo desencanto.

 La rutina no forma parte de un lugar, ni surge de unos hábitos de vida, ni de unos métodos de trabajo. Se halla en la sustancia del ser humano, que imita inconscientemente en la ordenación de sus actos la invariabilidad de las leyes que rigen la vida, la naturaleza, el cosmos. La sucesión de las estaciones y el calendario definido por las diversas civilizaciones, basado en las exigencias astrales y atmosféricas, conducen ineludiblemente al ciclo, al círculo interminable al que se someten las vidas finitas.

 

El ciclo ha sido utilizado históricamente como instrumento de control individual y colectivo, facilitando la estandarización de creencias y comportamientos. Resulta imposible, sin embargo, apropiarse de la rutina, porque, a pesar de su carácter rutinario, el ser humano es esencialmente libre y busca el progreso, el anhelado cambio a mejor. Quizá el círculo no nos deja ver la esfera. La rutina nos absorbe, puede adocenarnos, mas la acotación de las rutinas (en plural) y su valoración dependen principalmente del individuo y de los grupos en los que se integra y, por ello, de la inteligencia, del contexto y, en definitiva, de las decisiones adoptadas.

 

Probablemente no se trata de huir de la rutina, sino de mudar de rutina, de saltar de un círculo a otro, sabedores de que la esfera constituye un límite que permite un amplio margen de autonomía. Pero el salto no siempre responde a una decisión más o menos acertada. En ocasiones se debe a una imposición nacida de la voluntad ajena o, lo que es peor, de la quiebra de la salud (un accidente o la rebelión de un cuerpo cansado de obedecer) o del deterioro o la muerte de una persona querida.

 

Los saltos voluntarios, que propician situaciones más o menos duraderas de cambio (a veces exageradamente efímeras), se perciben normalmente por el saltador como momentos felices y suponen seguramente la única realidad patente del inexplorado (tal vez por inexistente) territorio al que convencionalmente llamamos felicidad. En el extremo opuesto se encuentran los que emanan de la injusticia y, por supuesto, de la enfermedad y el padecimiento psíquico y físico. Entonces con qué fuerza deseamos que el círculo gire en sentido inverso para regresar a nuestra rutina. Cuántas aparentes miserias se tornan tesoros y cuántos supuestos tesoros ni siquiera se recuerdan.

 

¿Por qué no vuelve a ser miércoles para que, prevenido, aquel tren decida pegarse a sus raíles y llegar felizmente, como siempre, rutinariamente y sin convertirse en noticia, a Santiago de Compostela?

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