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Enrique Cabero
Blog de Enrique Cabero. Portavoz de PSOE Salamanca

Delito de silencio

El actual contexto en el que se sucede la crítica o la censura explícita de miembros del Gobierno, incluido el presidente, al ejercicio de derechos constitucionales, como el de manifestación, resulta especialmente preocupante. El Estado social y democrático de Derecho ampara naturalmente la expresión ciudadana del desacuerdo o de la protesta contra las decisiones de los poderes públicos. No se contradice, se limita o se deslegitima con ello el ejercicio del derecho de sufragio. La obtención de apoyos electorales mayoritarios no excluye la exteriorización por la ciudadanía, conforme a lo previsto por el ordenamiento constitucional, de la discrepancia, de la propuesta o de la solicitud de rectificación.
En este sentido, dados el poder que se ha otorgado a los “mercados” y la tentación de “modular” la regulación del ejercicio de los derechos fundamentales y libertades públicas que aparece en ciertas intervenciones ministeriales o de cargos públicos sustentados por el Gobierno, así como la pasión por la ampliación del Código Penal que se presenta como panacea por sectores de opinión ultraconservadores, sugiero una reflexión sobre el significado y los efectos del silencio desde la perspectiva política y ciudadana, ciudadana y política.

Así las cosas, me parece oportuno citar seguidamente un poema de Federico Mayor Zaragoza, escrito hace ya unos decenios y que no ha perdido actualidad, que inspira un libro suyo recientemente presentado que lleva el mismo título, esto es, “Delito de silencio”:

“Tenemos que convertirnos/ en la voz/ de la gente/ silenciada./ En la voz/ que denuncia,/ que proclama/ que el hombre/ no está en venta,/ que no forma parte/ del mercado./ En la voz/ que llegue fuerte y alto/ a todos los rincones/ de la tierra./ Que nadie/ que sepa hablar/ siga callado./ Que todos los que puedan/ se unan/ a este grito”.

Habla Mayor Zaragoza a continuación del “Silencio de los silenciados, de los amordazados. Silencio de la ignorancia. Terrible silencio. Pero más terrible, hasta ser delito, el silencio culpable de los silenciosos. De los que pudiendo hablar, callan. De los que sabiendo y debiendo hablar, no lo hacen. Debemos la voz a nuestra propia conciencia, en primer término. Pero, inmediatamente, tenemos el deber de ser la voz de los sin voz. Les debemos la voz, “La voz a ti debida”, como en la égloga de Garcilaso, como en el libro de Salinas. La voz debida, sobre todo, a los que llegan a un paso de nosotros, a las generaciones venideras. Sin cesar. Sin cejar. Sin distraernos ni cansarnos. Sin dejarnos conducir por las pantallas, espectadores pasivos. Es un deber hablar. No hacerlo es, puede ser, grave insolidaridad, trasgresión moral, delito. En fin, “Cuando el hombre cansado/ para,/ traiciona al mundo, porque ceja/ en el deber supremo, que es seguir”.

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