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Victorino García Calderón
Blog de Victorino García

El orgullo y la fotografía

El primer fin de semana de julio de cada año se celebra en Madrid la fiesta del orgullo gay con una parada multicolor y 'bullanguera' donde las haya. Por motivos que no vienen al caso los dos últimos años no he podido asistir a tal evento, sí lo hice en años anteriores en un ejercicio mezcla de vanidad, banalidad, libertad y egoísmo fotográfico.

El primer año que asistí fue una sorpresa increíble por la facilidad y libertad con que se podían fotografiar a todas y cada una de las personas que formaban el desfile que empezaba en las cercanías del Retiro para concluir en una fiesta nocturna interminable en el barrio de Lavapiés.

En la sociedad española actual en muy complicado hacer fotografías a personas desconocidas en las calles de nuestras poblaciones. Los problemas en los que se puede ver metida una persona amante de la fotografía por hacer tales fotos pueden ser de tal calibre, que la pueden llevar a cambiar drásticamente en su actitud.

Llevo haciendo fotos callejeras la friolera de 35 años y en este tiempo he vivido situaciones de todo tipo. No voy a entrar hoy en el por qué de estos cambios, la gente ya no se presta tan fácilmente como antes a posar, y menos gratis, delante de unas cámaras que pueden ser, no sólo indiscretas, sino terriblemente manipuladoras de su condición personal y humana.

La fiesta del orgullo gay es una catarsis casi orgiástica -fotográficamente hablando- en la que uno no puede quedar al margen si se lleva entre las manos una cámara. El exhibicionismo de los participantes en el desfile es de tal magnitud, que alguno de ellos puede tardar en recorrer cien metros de calzada más de media hora, posando para todo el que se lo pide.

El fotógrafo puede hacer y poner donde quiera a cualquier participante. Se disparan los instintos cazadores que todo €œfoto-voyeur€ tiene, lo cual no deja de ser una trampa, pues se olvidan con gran facilidad todos los códigos deontológicos y se puede caer en lo banal con demasiada facilidad, haciendo fotos de personas desconocidas demasiado superficiales.

Este año, casi a la par que se celebraban esos días en Madrid, tuve la oportunidad de hacer unas fotos a unas amigas que se casaban en Cabrerizos (Salamanca). La ceremonia tuvo lugar en la intimidad, sólo familiares y amigos muy cercanos, justo todo lo contrario del exhibicionismo madrileño.

Tuve, si cabe, aún más libertad, el acto fotográfico fue igual o más intenso, la vanidad y el egoísmo fotográfico llegó a límites que hacía tiempo no alcanzaba fotografiando personas, llegué a olvidarme que estaba plasmando un día inolvidable para cualquiera que se case y el consentimiento por parte las contrayentes fue tal, que llegaron a olvidarme, vamos que pasaron de mi, me volví transparente, mudo y sordo, simplemente no existía el fotógrafo, a pesar de que en la sesión de maquillaje estuve situado a escasos centímetros de la escena, exactamente como pedí en la única condición que puse.

Así da gusto, ni me acordé que no podía ir a Madrid y ni falta que hizo. Que sean muy felices.

Victorino García Calderón
Profesor del mirar y fotógrafo.

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