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EL JARDÍN DE HÉRCULES

Eduardo Blázquez

SERGIO RAMÍREZ MARTÍNEZ, SOBRE LA ESCALERA DEL DESIERTO

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Sergio Ramírez es periodista e investigador, como antropólogo y poeta evoca y canta a Melilla, un lugar esencial, una ciudad inundada de luz, repleta de historia y de arte. Sergio narra magistralmente, enlaza y concatena historias definidas por una sabiduría que aborda con pasión y curiosidad, sus amplios e insondables conocimientos los vierte en su profesión y en la vida, vida marcada por experiencias intensas que deslumbran.

 

Mi querido amigo Fran Antón me presentó a Sergio, le conocí sin saber todos los paisajes que me mostraría; la diversidad de lugares que Sergio proyecta, se nutren/nos nutren de dioses paganos; fertilizando murallas y desiertos, se convierte en un hombre-escalera, ascendente, marcado por su edénica-edípica ciudad: MELILLA, lugar sagrado y laberíntico, mágico como sus moradores. He conocido a mujeres y hombres de Melilla, todos llevan un jardín interior, velado y complejo, oasis ameno nutrido por las aguas del paraíso.

 

 

Sergio tiene el don de la palabra, de la escritura, es un humanista; con una gran capacidad para atrapar al espectador, convincente, permite que el diálogo fluya; atento siempre, observa y crea desde el interior, desde el jardín-biblioteca presidido por la escalera aislada, isla de luz, desierto de soledad ilimitada.
  

-¿Qué destacaría de su trayectoria profesional?

¿Destacar? No se me ocurre nada, siempre he pensado que escribo porque no sirvo para otra cosa. Por leer no te pagan.

 

En cualquier caso, la mayor parte de mi vida profesional (comencé en medios escritos y después me reciclé hacia la televisión) ha estado enfocada a la divulgación cultural.

 

En una ciudad como Melilla, cultura incluye toda la liturgia y la tradición implícitas en celebraciones religiosas como la Semana Santa, el Sagrado Mes de Ramadán, la Navidad, Januká, Hogueras de San Juan, Sucot o Diwali.

 

Esa mezcla de versiones del mundo (y de olores, sobre todo olores) te obliga a mirar desde ópticas diversas.

 

Además, aunque no practiques ninguna religión, tal sublimación del rito en sí mismo, exalta los aspectos más estéticos de lo espiritual. Destacaría ese aprendizaje.

 

 

-Háblenos de Melilla.

“Era una gran plaza abierta, y había olor de existencia.

 

Un olor a gran sol descubierto, a viento rizándolo...”, no puedo evitar ponerle a este poema de Aleixandre una imagen de Melilla que creo que define su esencia (como no podemos evitar ponerle cara de actores o desconocidos a los personajes de la novela que estás leyendo).

 

Es una ciudad  antigua del Mediterráneo como todas las ciudades antiguas del Mediterráneo.

 

Es una sociedad extremadamente compleja que habita una arquitectura rica en contrastes (tiene un patrimonio nada despreciable) en un espacio reducido. También es una ciudad de frontera con todo lo que conlleva.

 

Opino que todas esas circunstancias, unas encima de las otras, la convierten en un observatorio razonablemente preciso de lo mejor y lo peor de nuestra civilización. Y de la evolución de las sociedades multiétnicas y sus crisis.

 

Yo me quedo con la luz y la cadencia del ritmo vital. En esa parsimonia y sus rituales puede que se asiente su calidad de vida.

 

 

¿Cómo se funde con el Desierto?

Tengo la sensación de que el mundo se está convirtiendo en un parque temático para ese turismo de masas que tan irónicamente bien critica Michel Houellebecq. Casi no quedan viajeros, ahora somos todos turistas.

 

El desierto no es una excepción, aunque concede posibilidades de experimentación a los turistas que nos empeñamos en seguir sintiéndonos viajeros.

 

No he conocido mejor manera de describir lo que te aporta el desierto que como lo hace Paul Bowles, en su recopilación de crónicas de viaje “Cabezas verdes, manos azules”.

 

Y si, a pesar de que en cuanto te descuidas te venden un fósil o te sermonean con una de las infinitas variantes de una historia llena de metáforas sobre una “filosofía de vida” que al final no deja de ser del todo incierta, Paul Bowles tenía razón: Uno nunca vuelve del desierto siendo la misma persona (aunque eso puede que ocurra en cualquier viaje si la actitud es la adecuada, el desierto no te deja otra opción), el silencio es tan contundente que te sorprende igual el décimo viaje que el primero, el cielo está tan omnipresente que no puedes dejar de mirar hacia arriba ni de día ni de noche (me he caído más veces que en ningún otro sitio), el horizonte de dunas en sobrecogedor y el de piedras negras te deja la impresión de haber llegado a Marte.

 

 

Describe el paisaje de Soledad.

Una macrodiscoteca abarrotada con la música a todo volumen.

 

Ese podría ser un escenario, pero se me ocurren otros muchos igual de desoladores.

 

 

¿Cómo define la imagen del Paraíso?

Horizonte, o al menos lo contrario a frondosidad.

 

Comprensión absoluta de lo esencial.

 

Y simplicidad en el resto de las cosas.

 

En una playa de arena a última hora de la tarde.

 

Probablemente del Mediterráneo.

 

Probablemente en septiembre.

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