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EL JARDÍN DE HÉRCULES

Eduardo Blázquez

HOMOSEXUALIDAD y PAISAJE SUBLIME

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El Gran Viaje, el Gran Tour del siglo XVIII, trazó uno de los caminos-viajes a Italia; ante el inmenso placer de los parajes que, al tiempo, son fuente de deleite y motor de cambios, el viajero busca entretenimiento, conocimiento y revelación.

 

 

Los paisajes del Mediterráneo, soñados por los artistas británicos, son escenarios de luz transformadora para escritores como Forster, para las adaptaciones de Ivory. El deseo de conocer nuevos lugares, con invisibles jardines y con olores palpables, ilustran la construcción del portátil huerto pensil con limoneros, jazmines y naranjos, este espacio idílico se lleva en la mochila y confirma que la floresta es un espacio gay reconocible.

 

 

El interés por los libros y por el arte, pintura en su esencia, forman parte del paisaje sublime. Un mundo femenino y laberíntico reflejado en la novela Maurice (1913-14) de E.M. Forster (1897-1970), que narra las vivencias de hombres que aman a hombres en paisajes de la culpa y del placer. Se desvela la intimidad de dos homosexuales de la burguesía británica que viven en mansiones cómplices, en enclaves paradisíacos, con Templetes de Apolo para encuentros entre hombres. Ivory realizará la película Maurice construyendo paisajes intensos; sitúa el viaje de Clive a Grecia en un fragmento breve e intenso, se trata de un viaje representativo de la Melancolía; entre ruinas, se traduce el sentimiento saturniano de los personajes, luz y oscuridad van enriqueciendo los universos separados de los dos protagonistas.

 

 

Las fórmulas que alimentaban la relación se van derrumbando, para iluminar una nueva relación; como en las ruinas, como en los jardines paisajistas ingleses, como en los relatos pastoriles, se va revelando la atracción por lo rústico, por la cultura agrogay.

 

 

Se revela la belleza de la Imperfección de las Ruinas, como el boceto y el non-finito, identificada con las sublimes relaciones entre hombres, vinculándose con la exaltación de las esculturas sin rostro y sin brazos, tan alabadas por creadores del Renacimiento y del Romanticismo. Entre una sempiterna atmósfera violeta, Ivory crea una inmensa luz que baña el Teatro de Dionisos, en ruinas, donde Clive, en soledad, leerá una carta.

 

 

Entre lo apolíneo y lo dionisíaco, una dualidad que empapa a los personajes, el boxeador activo se enfrenta con el lector contemplativo.

 

Ante el viaje por mar, como las cartas que van y vienen entre los dos hombres, las cálidas tierras anuncian un cambio presidido por Pan que, a lo largo de un viaje, regresará para cultivar un nuevo Olimpo.

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