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El callejón de Hamel

Fernán Labajo

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En los últimos años hemos visto cómo ha crecido nuestra dependencia hacia las redes sociales, tanto que hasta compartimos nuestros momentos más íntimos. 

Hace poco, cada vez que entraba en el Facebook, lo primero que veía al principio de mi ‘timeline’ era la entrada de un contacto que decía: “Primera prueba conseguida. Mi primer día de trabajo solventado con éxito. Seguiré contando cómo se desarrolla. ¡Come on!”; una foto suya tumbado en el sofá, con la corbata desaliñada y haciendo el símbolo de la victoria con los dedos.

 

No entendía cómo una publicación de días atrás seguía apareciendo una y otra vez al inicio de mi tablón. Al principio pensé que había hecho la ‘frikada’ de promocionarla. Pero, intrigado por este hecho, descubrí que la razón era una conversación acalorada entre él y otro de sus contactos que comenzó con el comentario de este segundo: “Si no me importa tu vida en persona, ¿qué te hace pensar que lo hará por el Facebook?”. Y a juzgar por los insultos que se profesaron el uno al otro, esta observación no fue una broma.

 

En el fondo, y que me perdone mi ‘amigo faisbuk’, es que este chico dijo en voz alta (o lo escribió en voz alta) es lo que muchos pensamos cuando vemos publicaciones de este tipo. Nos gusta compartir nuestros pensamientos o nuestras historias en el tablón, pero nos importa poco lo que nos cuentan los demás, más aún si lo que comparten es una vida personal tan carente de emoción que una misa del gallo.

 

Reconozco haber pecado en este sentido. Compartiendo obviedades en busca de ‘likes’, un reconocimiento tan absurdo como insulso. Lo cierto es que todo era cuestión de tiempo libre, y eso es lo que pienso de la gente que comparte cada momento de su vida. Pero luego descubres que no, que no para en todo el día. Así que pienso que puede ser la falta de vida propia. Pero tampoco, porque muchos tienen familia.

 

Por más que lo he pensado, no encuentro una explicación medianamente lógica de por qué el personal decide hacerse una foto en el trabajo para compartirla con todo cristo. O que en vez de perder una tarde sumergido en los techos de la Capilla Sixtina, lo hagan tratando de salir bien en un ‘selfie’ que, en el fondo, sólo les interesa a ellos.

 

Pasamos horas pegados a una pantalla del móvil, como si la verdadera realidad estuviera en el WhatsApp, o si nos hubiéramos quedado fuera de juego sin saber cuál es el último ‘meme’ de la vida sexual de Julio Iglesias. Luego nos llevamos las manos a la cabeza cuando las estadísticas sobre las razones del exceso de peso infantil hablan del sedentarismo provocado por las nuevas tecnologías.

 

Y una vez que me he quitado el disfraz de la hipocresía, me dispongo a terminar esta parlotada que sólo ha servido para solidarizarme con la persona que tuvo la valentía de decir a un ‘amigo feisbuk’ lo poco que le importa su vida. Eso sí, espero que compartan esta entrada, aunque lo que aquí cuento no les importe un carajo. 

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