Silueta original

El callejón de Hamel

Fernán Labajo

Realidad contra ficción

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La introducción de ficción en los relatos periodísticos es algo muy goloso para los profesionales de la comunicación. Puede ser algo muy útil para dotar al texto de belleza y hacerlo atractivo para el lector, pero corre el riesgo de convertirse en una historia demasiado inverosímil.

La última temporada de la serie The Wire se sumerge en el mundo del periodismo y lo retrata como una profesión en total decadencia en la que es más importante conseguir un Premio Pulitzer que contar la verdad. Su creador, David Simon, trabajó durante muchos años en el Baltimore Sun y vio cómo lo que más amaba se fue deteriorando hasta quedar como actualmente conocemos a los medios de comunicación de masas. Esa putrefacción del periodismo queda representada en el personaje de Templeton, un periodista que no duda en distorsionar la realidad de la criminalidad de Baltimore hasta el punto de inventarse sus historias.

 

Lo que cuenta Simon en su obra maestra televisiva no dista mucho de la triste realidad. A finales de los 90, la revista The New Republic, conocida en el mundo periodístico por ser la única que conseguía estar presente en el Air Force One, se vio envuelta en un escándalo por culpa de uno de sus redactores, Stephen Glass. Este joven periodista fue acusado de introducir datos falsos, e incluso inventarse la totalidad de los textos, en casi todos sus artículos. Aunque Glass fue despedido, la revista no logró remontar el vuelo y unos años más tarde tuvo que cerrar.

 

La introducción de ficción en los relatos periodísticos es algo muy goloso para los profesionales de la comunicación. Puede ser algo muy útil para dotar al texto de belleza y hacerlo atractivo para el lector, pero corre el riesgo de convertirse en una historia que dista mucho de la realidad..

 

El pasado lunes, las redes sociales de los burgaleses echaban humo. El responsable de este hecho fue un artículo de Pedro Simón en el diario El Mundo titulado De la calle al ring en Gamonal. En él se hablaba sobre una asociación, convertida en Club de Boxeo, llamada Saltando Charcos. Allí se trata de atraer a jóvenes con problemas para alejarles de la delincuencia, la droga o el alcohol. El artículo, de gran calidad narrativa, dejaba entrever en palabras de sus protagonistas que Gamonal era territorio comanche, un lugar donde impera la ley de la calle y donde muchos jóvenes se ven continuamente tentados por los bajos fondos.

 

Gamonal es un barrio obrero, sí. Humilde, también. Pero sus calles no están llenas de delincuencia, al menos no más que las de otros barrios (incluido el centro de la ciudad). Cualquiera que se deje caer una tarde por la Plaza de Santiago o el Parque Félix Rodríguez de la Fuente, podrá observar cómo los chavales juegan a la pelota sin correr riesgo ninguno mientras sus padres se entremezclan con la gente más joven del barrio en las terrazas de los cientos de bares que pueblan las calles.

 

Es entendible que Simón, inspirado por las palabras de jóvenes que no han tenido tanta suerte en la vida (y que no dejan claro si son de Gamonal o de otro lugar), y quién sabe si también por las noticias que de vez en cuando asaltan los medios, como aquellos disturbios provocados por unos pocos durante las manifestaciones en contra del Bulevar de la Calle Vitoria o la Plaza de Toros, se haya dejado influenciar y haya alterado la realidad hasta el punto de convertir el barrio más emblemático de la ciudad en el Harlem de los años 30.

 

Arturo Pérez-Reverte dijo en el último Congreso iRedes que “cuando un relato periodístico se convertía en un relato de ficción, era un mal relato periodístico”. El artículo de Pedro Simón es una fantástica historia sobre unos jóvenes que se superan a sí mismos y que logran salir adelante gracias a una asociación como Saltando Charcos. Lástima que lo ambiente en un lugar novelesco que haga de su reportaje una pieza de ficción.

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