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El callejón de Hamel

Fernán Labajo

Marca España

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La franquicia Ocho apellidos... es un fiel reflejo de España. La mejor embajadora. Ya no sólo a la hora de representar las diferencias entre regiones, sino por la atmósfera que ha creado alrededor y que deja al descubierto un país lleno de extremos. 

El pasado lunes, durante el debate organizado por El País entre los candidatos de PSOE, Ciudadanos y Podemos, Pablo Iglesias mencionó a Ocho apellidos catalanes para defender su idea de una España plurinacional, donde conviven múltiples culturas y lenguas: “Se trata todo este asunto desde el humor”, resumió. Albert Rivera, por su parte, le respondió que el problema sobre la autodeterminación de Cataluña no se resuelve con la risa, que ojalá, pero que es mucho más serio.

 

Teniendo en cuenta que se han hecho estudios sociológicos, tesis doctorales y guías turísticas acerca de Ocho Apellidos Vascos y su secuela, recién estrenada en los cines, era sólo una cuestión de tiempo que el tema apareciera en la agenda política. De la ejemplificación de Iglesias y la refutación de Rivera se puede incluso extraer la misma discusión que la calle, pero con un lenguaje distinto: al primero le hizo gracia y al segundo no le sacó ni una sonrisa.

 

Confieso que cuando se estrenó la primera película, fui al cine pensando que no me iba a hacer ni pizca de gracia, pero solté carcajadas desde el principio. Sin embargo, en la segunda fue predispuesto de la misma manera y no conseguí nada más que un par de muecas aisladas, puede que incluso dejándome llevar por el resto del público. Más allá del humor, el filme carece de una historia sólida, como si se hubiera escrito a toda pastilla para aprovechar el tirón de su predecesora.

 

En cuestión de dinero, la franquicia sigue cosechando unas cifras estratosféricas. En diez días, Ocho apellidos catalanes ha recaudado 16 millones de euros. Los cines habilitan dos salas para poder proyectar la película cada media hora y el público espera largas colas para comprar una entrada anticipada. Mientras, algunos pensadores le dan vueltas al coco e intentan explicar este... ¿fenómeno?

 

Al mismo tiempo, los críticos se tiran de los pelos. Aunque sin ser extremadamente feroces, no son muy amables con ninguna de las dos películas. Aseguran no haberse reído ni un poco y tampoco entienden por qué causa la risa de millones de personas. Puede que por querer guardar distancia con la mayoría, o con las modas, se olvidan de que la principal función del cine es entretener.

 

La franquicia Ocho apellidos... es un fiel reflejo de España. La mejor embajadora. Ya no sólo a la hora de representar las diferencias entre regiones, sino por la atmósfera que ha creado alrededor y que deja al descubierto un país de extremos. No son películas para hacer complicados ensayos sociológicos, ni para ejemplificar una problemática política. Ni siquiera es merecedora de los tres Premios Goya que recibió en la pasada gala.

 

Lo cierto es que las salas vuelven a estar llenas, las palomitas han dejado de estar rancias y los días del espectador han recuperado la esencia perdida. Supongo que tampoco seremos capaces de ponernos de acuerdo para conceder a estas películas su gran parte del mérito.

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