Silueta original

El callejón de Hamel

Fernán Labajo

Incluso en estos tiempos

Raqueta en el apartamento detail

Durante muchos años, el cine se olvidó de estos héroes disfrazados de personas corrientes, con demasiados problemas como para contarlos en una pantalla, y se apostó por caras guapas, cuerpos de escándalo y empleos por los que todos nos daríamos de tortas.

No soy un maestro de la interpretación, pero siempre me ha gustado tener algún que otro escarceo con el mundo del teatro amateur. La pena es que, desde que dejé mi época estudiantil, nadie ha requerido de mis servicios. En el colegio siempre era de los primeros que se apuntaba a las funciones de Navidad o de Semana Santa. De hecho, si en algún proyecto no me apetecía embarcarme, siempre era animado por mis compañeros o por profesores.

 

Si por algo se ha caracterizado mi carrera ha sido por interpretar a personajes secundarios, pero con cierto toque humorístico. Y mejor, porque no tengo muy buen recuerdo de la única vez que tuve un protagonista. Tenía nueve años y me habían dado el papel de San José en el ‘Belén de Navidad’. Una semana antes me caí y me hice un esguince en el tobillo. Como era demasiado tarde como para cambiar toda la obra, tuve que salir a escena con muletas y un vendaje bastante horrible, ante los cuchicheos y comentarios de los padres. 

 

No sólo mi percance me ha hecho inclinarme por los papeles secundarios. Al contrario que en las películas que me apasionaban, los protagonistas de las obras que representaba eran los superclase, los que se llevaban a la chica y los que tenían diálogos ingeniosos. No recordaba que en El Apartamento, Con faldas a lo loco o El guateque, el personaje principal fuera un triunfador. ¡Qué demonios!, ni siquiera en Casablanca Ingrid Bergman se quedaba con Humphrey Bogart.

 

Mi realidad más cercana es muy parecida a cualquier interpretación de Jack Lemmon y muy alejada a la de Mathew MaConaghey, antes de que se olvidara de sus abdominales y nos descubriera que es uno de los mejores intérpretes del momento. Por lo general, desconfío de la perfección, de aquellos que bailan de maravilla, tocan cinco instrumentos y tienen los ojos más verdes que los ‘landscapes’ escoceses. Yo me veo reflejado en el oficinista despistado, torpe y totalmente enamorado de una ascensorista cortejada por todos los jefazos de mi empresa.

 

Durante muchos años, el cine se olvidó de estos héroes disfrazados de personas corrientes, con demasiados problemas como para contarlos en una pantalla, y se apostó por caras guapas, cuerpos de escándalo y empleos por los que todos nos daríamos de tortas: periodistas deportivos, dueños de la mayor franquicia informática o, incluso, Presidentes de Estados Unidos.

 

Billy Wilder decía que si una película consigue “que te olvides por dos segundos que has aparcado mal el coche, no has pagado la factura del gas o has tenido una discusión con tu jefe, entonces el cine ha alcanzado su objetivo”. Todo ello sólo se logra si te ves reflejado en el protagonista, incluso en estos tiempos en los que a muchos les gustaría soñar con ser, por una vez, el que no tiene problemas. Pero qué bien sabe una botella de champán con Shirley MacLaine después de haberla dado por perdida. 

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