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El callejón de Hamel

Fernán Labajo

De genios e iconos

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Al margen de pifias garrafales, hay que conceder a Pedro Almodóvar una personalidad abrumadora, un estilo que ha marcado escuela gracias a una iconografía reconocible: el uso de la paleta de colores para dotar de un simbolismo a sus películas, unos personajes muy definidos y unos guiones ágiles. 

Hay un programa en TVE cada jueves después de la serie Cuéntame como pasó, que va camino de narrar el gol de Iniesta (y si no, al tiempo), que ejerce de enciclopedia para ayudar a los más jóvenes a contextualizar social, cultural y políticamente la década de los ochenta. Hace una semana, el tema a tratar fue los iconos, ya fueran artistas, deportistas o escritores, que marcaron no sólo en España, sino (sobre todo) fuera de ella.

 

Puedo estar en mayor o menor acuerdo con algunos de los mostrados (nombrar a Pep Guardiola cuando sus únicos logros han sido ganar títulos con el mejor equipo del mundo y conseguir que trajes caros le queden como guantes de terciopelo, no es la idea que yo tengo de un genio), pero sí que había algo que a todos ellos les unía: habían sido más valorados fuera de España. En nuestro país tendemos a condenar o ensalzar a nuestros iconos en función de si lo que hacen nos gusta o no. Todo lo contrario que en el extranjero. Es posible que Dalí fuera un tipo extravagante y que su arte fuera extraño, pero siempre consiguió distinguirse de los demás, y eso es lo que se valora.Con el tiempo hemos aprendido a querer y adorar a personajes que hicieron historia en sus respectivos campos.

 

Otro de los destacados fue Pedro Almodóvar. El director de cine está en boca de todos en los últimos tiempos, no porque se acaba de estrenar su nueva película, Julieta, sino por su implicación en la trama conocida como Los Papeles de Panamá. Pocas excusas hacían falta para denostar al manchego, al fin y al cabo, nunca fue profeta en su tierra. Pero en esta ocasión la noticia ha sido el pretexto perfecto para rechazar una obra suya.

 

Es muy común, en mis círculos más cercanos, que en el momento en el que comienzo una conversación sobre Almodóvar las primeras reacciones sean de crítica. Además, suelen ser destructivas y hacia su persona, no hacia su cine. Tengo la impresión de que, la mayoría de mis interlocutores van por esos derroteros porque no han visto ni una sola de sus películas. Otro sí, otros dicen haber visto La mala educación o Los abrazos rotos, por ejemplo. Y estoy de acuerdo, no son sus obras maestras.

 

Al margen de pifias garrafales, hay que conceder al director manchego una personalidad abrumadora, un estilo que ha marcado escuela gracias a una iconografía reconocible: el uso de la paleta de colores para dotar de un simbolismo a sus películas, unos personajes muy definidos y unos guiones ágiles (en Julieta consigue todo, salvo esto último). No es de extrañar pues, que fuera de España, donde sólo se fijan en su cine y no en sus escarceos con hacienda o en su inclinación política, sea mucho más valorado.

 

La diferencia entre un genio y un gran artista está en la capacidad de marcar un antes y un después, en conseguir que las siguientes generaciones copien, o intenten copiar, su obra. Hay directores que tendrán un gran legado porque su cine es de gran calidad, como Amenábar, por ejemplo. Almodóvar, por su parte, ha sido, es y será un icono. 

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