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El callejón de Hamel

Fernán Labajo

Cuando todo empieza

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En Burgos, el verano empieza con los Sampedros. Y no por una cuestión metereológica ya que, salvo este año en el que hasta un sevillano de pura cepa termina derretido por el sol, por la noche se sale con una típica rebeca y el anorak atado a la cintura, por si acaso. Es el inicio del verano porque es cuando Burgos recupera su identidad y se siente orgullosa de ella misma. 

Según la ciencia, el solsticio de verano cambia entre los días 20 y 22 de junio en el hemisferio norte. Por supuesto que, a lo largo de la historia, las diferentes civilizaciones lo han ido cambiando en función de sus intereses festivos. En Burgos, el verano empieza con los Sampedros. Y no por una cuestión metereológica ya que, salvo este año en el que hasta un sevillano de pura cepa termina derretido por el sol, por la noche se sale con una típica rebeca y el anorak atado a la cintura, por si acaso. Es el inicio del verano porque es cuando Burgos recupera su identidad y se siente orgullosa de ella misma.

 

Como decimos, no es que el tiempo sea el mejor aliado durante estas fechas tan festivas en la ciudad, pero al menos da una tregua para poder salir de casetas sin riesgo de sufrir hipotermia. Ya se sabe que el frío burgalés es tan puñetero que hasta los ciudadanos renegamos de él. El ambiente que se respira estos días anima a sentirnos bien con nosotros mismos y a darnos cuenta de la suerte que tenemos de vivir en esta ciudad.

 

Esto pasa desde que eres pequeño. Asocias frío al invierno y el invierno al colegio. Ni que decir tiene que, a no ser que vengas de un planeta distinto, no te gusta en absoluto ir a la escuela. Las clases terminan apenas unos días antes, por lo que, sin que hayas tenido tiempo de bajar los libros al trastero, los Sampedros te acogen bajo una brisa de libertad absoluta. Las preocupaciones se han esfumado y en tu horizonte sólo quedan tardes de diversión y, para los que gozan de ‘cuartelillo’, las primeras guardias nocturnas.

 

En San Pedro, todo el mundo es feliz. Incluso los que trabajan entre semana van con una sonrisa de oreja a oreja porque saben que su horario termina antes. Pero sobre todo, las personas somos felices porque ha llegado el verano y queda mucho para que se vaya. Los que viene de fuera se contagian del ambiente y se sienten burgaleses.

 

Y todo esto, se ve reflejado el primer sábado, cuando cientos de personas se apelotonan en el Paseo del Espolón para gritar a los cuatro vientos el himno, a dedicar a Burgos “sus cariños más fervientes y su fe”. Todo el mundo se lo sabe, incluidos los que no lo han escuchado en su vida.

 

Hemos dicho “hola” al verano, y lo hemos hecho con fuerza. San Pedro es cuando empieza todo, cuando nos damos cuenta de lo grande que es sentirse burgalés. 

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