Silueta original

El callejón de Hamel

Fernán Labajo

Con los ojos cerrados

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James Horner murió el pasado martes en un accidente de avioneta en Ventucopa (California). “Amaba volar”, dijo su abogado cuando se conoció la triste noticia. Y en el cielo se quedó. Nos ha dejado huérfanos de música, viudos de cine. Se ha ido uno de los genuinos. 

Lo normal entre los locos del cine, entre los cuáles me encuentro, es que si una banda sonora te gusta, sea lo primero que busques nada más llegar a casa. Es como una especie de ritual, una tradición milenaria que forma parte de la idiosincrasia de ver una película. Otras veces, las menos, conoces una obra por culpa de una banda sonora pegadiza, repetitiva o magistral. Llega a parecer que la has visto y te lanzas a comentar escenas, diálogos y personajes, sin tener ni la más remota idea de qué narices trata. Pero sí que la has visto. Varias veces… con los ojos cerrados.

 

Muchos son los culpables de que se produzca esa paradoja de conocer cada segundo de una película sin haberla visto antes. Entre ellos se encuentra James Horner, uno de los mejores compositores de las últimas décadas. Es imposible no conocer alguna de las bandas sonoras que este americano ha creado durante cuarenta años. Hemos cabalgado junto a William Wallace en Braveheart, emocionado con Titanic, alucinado con Avatar y hasta llorado con Leyendas de pasión. Estas son sólo algunas de las ochenta que llegó a componer, todas ellas, reconocibles por el gran público, como sólo los más grandes consiguen. Como Hans Zimmer o John Williams. Precisamente, a James Horner se le ha comparado en muchas ocasiones con éste último, aunque en sus inicios, él siempre negó la mayor, diciendo que “no sabía quién era”.

 

No es la única polémica que ha acompañado a este genio. Muchos lo han tachado de repetitivo y poco original. Y puede que lo fuera. Al fin y al cabo, los artistas siempre deben mantener un estilo que los haga reconocibles. En su palmarés cuenta con dos Oscar, ambos por Titanic, de James Cameron, uno de sus directores fetiches junto con Ron Howard.

 

James Horner murió el pasado martes en un accidente de avioneta en Ventucopa (California). “Amaba volar”, dijo su abogado cuando se conoció la triste noticia. Y en el cielo se quedó. Nos ha dejado huérfanos de música, viudos de cine. Se ha ido uno de los genuinos.

 

Lo que más amo del cine es que, por mucho tiempo que pase, todo perdura en el celuloide. Lo hará la música de Horner y, con ella, nuestros recuerdos. Y nosotros, mientras tanto, seguiremos viendo películas con los ojos cerrados.

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