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El base atómico

Saúl Asensio

Polonia histórica: un bello paseo por el lado oscuro

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Después de un permiso más que justificado y sobre todo feliz, reanudo los post para mi blog en Tribuna de Valladolid dándole un giro de 180º a la temática habitual. Y es que no voy a hablar de baloncesto, al menos por esta vez, y si quiero compartir lo emocionado que me ha dejado mi reciente viaje. Ha sido una visita a un hermoso e interesante país, Polonia, donde vive una mayoría de gente amable y hospitalaria.

 

 

Nuestro periplo comenzó en Varsovia, una ciudad castigada en su historia reciente y que la 2ª Guerra Mundial hizo desaparecer casi hasta sus cimientos. Para mi ver aquellas imágenes de la capital polaca destruida me dejó helado. Lo asumí como un símbolo de la irracionalidad humana, de su lado tenebroso, lo que comprobaría en su máxima expresión posteriormente en Auschwitz.

 

Pero entre esas ruinas surgieron atisbos de que el ser humano también es capaz de lo mejor. La generosidad y solidaridad, la tenacidad de los varsovianos, fabricó contra pronóstico una nueva ciudad que fue reconstruida con tal entusiasmo que conservó en gran parte el esplendor que la caracterizara antaño.

 

Varsovia renació bajo la tutela del gobierno comunista de posguerra y por ello está plagada de ejemplos arquitectónicos del realismo socialista, que comparte con un bello pasado aristocrático puesto de manifiesto en el recorrido de la Ruta Real. Muchos rincones que recomiendo apreciar de noche, rezuman ese olor a Guerra Fría que antes sólo había visto en documentales, especialmente sobre la antigua RDA. Su majestuosa torre, el Palacio de la Cultura y la Ciencia, es el ejemplo máximo de la influencia soviética y aunque no es santo de la devoción de muchos polacos, se ha preservado como símbolo de la trayectoria del país tras el Telón de Acero.

 

Otros emotivos lugares recuerdan la historia inmediata de la orgullosa y arrasada Varsovia. El Monumento a la Insurrección, a los Héroes del Gueto y el Umschlagplatz (Plaza del transbordo-Sendero del Martirio) están dedicados a los años de resistencia contra el terror nazi y al holocausto judío. Un retrato emocionante y justo de un pasado donde una tercera parte de la población varsoviana en 1939 era judía.

 

Hoy sin embargo, Polonia es católica por los cuatro costados, pero si queda una memoria colectiva que no olvida el padecimiento del pueblo polaco, judío y no judío, durante la destructiva 2ª Guerra Mundial.

 

Tras disfrutar de la estancia en Varsovia nuestros siguientes destinos fueron Poznan y Wroclaw. Dos ciudades que también sufrieron los avatares de la guerra y que quedaron destruidas en un 60% según nos comentaron los guías locales. Sobre todo destacan por su gran riqueza en arte sacro y sus incontables iglesias. Son dos claros ejemplos de la devoción del país por el omnipresente Papa Juan Pablo II al que dedican estatuas por todos lados. Wroclaw sin embargo, me resultó más encantadora, ya que sus tranvías y puentes destilan un sabor añejo, de otra época, por no hablar de sus simpáticos duendes que se pueden encontrar por los rincones del casco antiguo y que surgieron como alegoría de la oposición al comunismo.

 

EL LADO MÁS OSCURO

 

Pero la parte más intensa del viaje llegó en su ecuador. Desde Wroclaw y a medio camino de Cracovia teníamos una cita con un lugar que recogió lo peor de la condición humana. Situado en la actual localidad de Oswiecim, se trata de un museo que comprende un enorme complejo que abarca tres campos de concentración y exterminio (Auschwitz I, Birkenau y Monowitz) bajo la denominación de Auschwitz, que funcionaron a partir de la ocupación nazi de Polonia hasta su desmantelamiento a comienzos de 1945. Fue una visita inolvidable e impactante. A la sensación de estar en un sitio histórico y único, declarado por la Unesco Patrimonio de la Humanidad, se unió la empatía y respeto hacia todas las víctimas. Vi las pruebas que se conservan de cómo fue la organización y maquinaria de aquel exterminio a nivel industrial, perfectamente orquestado y también documentado.

 

Comenzamos el camino en Auschwitz I, el campo original construido en 1940, que está en perfecto estado de conservación. Pudimos estar dentro de la cámara de gas y el horno crematorio y al lado de ellos, ver la horca donde se ejecutó a su comandante Rudolf Höss en 1947. Sus alambradas electrificadas y barracones de ladrillo daban escalofríos. Varios de ellos hospedan en su interior diversas exhibiciones de la historia del campo y de cómo era el día a día. Entre muchas otras cosas fuimos testigos de los inhumanos alojamientos de los internos y nos conmovimos con las variadas pertenencias de los presos (gafas, maletas, prótesis…) y las casi 2 toneladas de cabello de mujer que se conservan. Con el pelo las fábricas nazis hacían tela de crin. Nada se desperdiciaba. También había una exposición con las fotos de muchos deportados. Daba congoja ver como una mujer no superaba de media los 2 meses de vida en Auschwitz desde su ingreso hasta su ejecución o muerte por las torturas, el hambre o las condiciones de trabajo inhumanas.

 

Después pudimos conocer Auschwitz II-Birkenau, a 3 km del anterior y que funcionó desde 1941 como epicentro del exterminio a gran escala. Sus gigantescas instalaciones te hacen comprender la magnitud de lo que allí ocurrió. Se estima que en el complejo de Auschwitz fueron asesinadas un mínimo de 1.100.000 personas, la mayoría judíos, sobre todo húngaros y polacos. Visité los barracones, las destruidas (por los propios nazis en su huida tratando de borrar las pruebas de sus atrocidades) cámaras de gas y crematorios y la inmensidad de su perímetro rodeado por las características alambradas y torres de vigilancia, así como la famosa fachada con la puerta y andén de descarga donde entraban directamente los vagones repletos de personas hacia la muerte. Sobrecogedora pero necesaria visita para que todas las generaciones evitemos que aquella pesadilla vuelva a repetirse.

 

Asimilado el duro paso por Auschwitz y ya en Cracovia, descubrimos que se trata de una ciudad con intensa vida universitaria y turística. Me encantó el barrio judío, visitar la sinagoga y cementerio Remuh. El choque cultural es muy interesante. Aunque desgraciadamente casi no quedan judíos en Cracovia las autoridades preservan su legado cultural. Asimismo quiero destacar la Plaza del Mercado, el Castillo Real de Wawel, la catedral y su inmenso patrimonio artístico. A ello sumo la visita a las cercanas minas de sal de Wieliczka, también muy recomendable.

 

Pero con lo que me quedo es con la visita que hicimos al Museo de Oskar Schindler. Como todos sabemos la historia de este empresario alemán y sobre todo buen hombre, diré que de la que fuera su fábrica de ollas esmaltadas se conserva la fachada y que en su interior su pueden visitarse algunas dependencias reconstruidas de cuando estaba en funcionamiento. Además se disfruta de un fabuloso recorrido interactivo y detallado, incluida una réplica del tenebroso muro del gueto, por el devenir de Cracovia durante los seis años que fue la capital del Gobierno General de la Polonia ocupada por los nazis. Desde mi punto de vista nadie debería perderse esta visita. 

 

Pues este ha sido mi relato de un emocionante viaje en el que descubrí un modernizado país de gente amable con un enorme patrimonio cultural, con nuevas y buenas instalaciones para alojar a los turistas y donde comer es realmente barato. Especialmente aconsejado para estudiosos de la Segunda Guerra Mundial.  

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