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El base atómico

Saúl Asensio

Berlín 1936: Particular Espíritu Olímpico en tiempos oscuros

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El hábil ministro de propaganda Joseph Goebbels encontró una interesante utilidad y convenció a Adolf Hitler de como sacar partido a ese evento de masas y convertirse en un gran escaparate para el Tercer Reich.

En mi segundo capítulo dedicado a parte de la esencia de la Alemania nazi e inmersos como estamos en las Olimpiadas de Río de Janeiro, vamos a tratar un tema menos escabroso que la Solución Final y retrocedemos algunos años, antes del inicio de la 2ª GM, cuando Berlín acogió la XI Olimpiada de la era moderna.

 

La organización de los Juegos de verano de 1936, así como los de invierno que 6 meses antes habían tenido lugar en los Alpes Bávaros con epicentro en la estación invernal de Garmisch-Partenkirchen, fueron recibidos inicialmente con desinterés por parte del régimen nazi, toda vez que estaban inmersos en otros proyectos más prioritarios para sus fines y los consideraban un espectáculo decadente. 

 

La concesión de los mismos procedía de las gestiones realizadas por la República de Weimar y su gobierno anterior a 1933, que es cuando los nazis consiguen acceder al poder, por lo que consideran que era una obligación heredada. Pero el hábil ministro de propaganda Joseph Goebbels encontró una interesante utilidad y convenció a Adolf Hitler de como sacar partido a ese evento de masas.

 

Iba a ser el gran escaparate para el Tercer Reich y una manera efectiva de vender al mundo un artificio de pacifismo y tolerancia. De este modo se pusieron en marcha los preparativos en los que fue protagonista el arquitecto del Reich Albert Speer, que con colaboradores como Werner March, diseñaron un fastuoso proyecto. En el entramado, cuyas obras comenzaron en 1934, se incluía una lujosa residencia para alojar a los deportistas y un estadio olímpico con capacidad para 110.000 espectadores. 

 

En el caso de la Villa Olímpica se construyó en las afueras de Berlín destinada al entrenamiento y al descanso. Poseía las más modernas instalaciones con amplios comedores, tiendas, piscina, sauna, cine y habitaciones dobles e individuales, y también personal dedicado a los residentes, entre otros servicios. Todo bien pensado para la máxima comodidad sin distinción de razas de los atletas y que éstos fueran los mejores embajadores de las bondades y potencial del régimen nazi.

 

En cuanto al estadio, tal era la megalomanía del propio Adolf Hitler, que le pareció pequeño a pesar de ser el más grande de entonces. Pero se mostró como una instalación imponente en el que desde su destacado lugar en el palco, el Führer se transmutaba en el dios del momento. Fue la estrella de aquellos Juegos junto a Jesse Owens.

 

Allí, en el Olympiastadion, se dio el pistoletazo de salida a unos Juegos que del 1 al 16 de agosto pretendieron emparentar por la organización a los antiguos griegos con sus supuestos descendientes, los arios. La antorcha llegaría por primera vez desde el santuario de Olympia y como no, el último relevista fue un muchacho “racialmente puro”, Erik Schilgen. El desfile inaugural con música de Strauss se convirtió en una demostración de poderío nazi y de su estética, utilizado como potente arma publicitaria. 

 

También en el exterior, las casas y monumentos berlineses estuvieron esos días adornadas con esvásticas y banderas olímpicas y por primera vez se emitieron en directo, el de la época claro –grabando las pruebas y después reproduciéndolas en salas para el público-, los Juegos. Ahí tuvo un papel fundamental la cineasta Leni Riefenstalh, que dirigió los filmes Dioses del estadio y Olympia, primeros documentales sobre un evento de este tipo.

 

Pero donde no se camufló la política racista de Alemania fue en la selección de los deportistas. Tan sólo uno de origen judío pudo representarla, la tiradora de esgrima, Helene Mayer, que ya vivía en Estados Unidos. El resto fueron excluidos sistemáticamente como pasó con la atleta de salto de altura Gretel Bergmann. Este tema se llevó a tal extremo que hasta el comandante de la Villa Olímpica, Wolfgang Fürstner, se suicidó tras los Juegos al conocerse su ascendencia judía.

 

Pero el régimen también hubo de hacer concesiones y retiró durante la primera quincena de agosto los letreros antisemitas, los periódicos moderaron sus ataques contra los judíos y se exoneró de penas contra la homosexualidad a los visitantes extranjeros.

 

Estas medidas se tomaron como deferencia al comité organizador encabezado por Carl Diem y al presidente del Comité Olímpico, el conde de Baillet-Latour, que ayudó a que las democracias occidentales no boicotearan estos juegos a pesar del fantasma de la manipulación totalitaria y de que el fuerte lobby judío americano presionó con fuerza. Aún así estuvieron ausentes países como la URSS y España, cuya selección de baloncesto, deporte que debutaba en esa edición, ya tenía las maletas hechas para viajar a Alemania. Los hispanos habían sido plata en el I Eurobasket de Ginebra celebrado un año antes.

 

Debido a la coyuntura de estos Juegos se montó en Barcelona, que había sido rival de Berlín a la candidatura pero que no generó confianza por la situación convulsa y la llegada de la República, una actividad paralela que se denominó Olimpiada Popular a la que acudirían deportistas antifascistas. Muchos países dieron vía libre a sus atletas para que eligieran donde participar pero el estallido de la Guerra Civil española truncó las ambiciosas expectativas de un evento que tenía previsto iniciarse el 19 de julio y para el que bastantes inscritos ya se encontraban en la Ciudad Condal.

 

Volviendo al desfile inaugural berlinés, participaron 49 delegaciones y alrededor de 4.000 atletas, siendo la alemana la más numerosa con cifra cercana a 350. Americanos y británicos se negaron a hacer el saludo fascista, mientras que los franceses cometieron el error de hacerlo pensando que era en alusión al espíritu olímpico, lo que se confundió con rendir pleitesía a sus anfitriones que se mostraron satisfechos con esa involuntaria cortesía. La puesta en escena nazi, incluyó la orden a sus deportistas de confraternizar con los de otros países y ahondar de este modo en la hospitalidad y el falso espíritu abierto de la nueva Alemania.

 

Entre esa camaradería destacaron por ejemplo la relación entre las medallistas en saltos de palanca, la alemana Köhler y las estadounidenses Dunn y Poynton-Hill, pero la más llamativa fue sin duda la sintonía que surgió entre Carl Ludwig Long y Jesse Owens, este último ganador de cuatro medallas de oro en 100 y 200 metros lisos, salto de longitud y relevos 4x100.

 

Long era el orgullo de la raza aria en todo su esplendor que representaba físicamente la pureza que el régimen nazi quería exportar. Mientras que el conocido Jesse Owens era un afroamericano, nieto de esclavo, que según Hitler aprovechaba su naturaleza primitiva para destacar en las pruebas atléticas. Paradójicamente el Führer le trató con cordialidad por eso no entendió en aquel momento las críticas de parte de la prensa extranjera hacia el hombre más importante de Alemania, cuando paradójicamente, el propio Owens de regreso a su país como un héroe no pudo, entre otras prohibiciones, viajar en la parte delantera de un autobús, alquilar una habitación de hotel o entrar en los mismos restaurantes que un blanco.

 

Lejos de todo prejuicio racial, Lutz Long se tomó muy en serio las prerrogativas de su gobierno y ayudó a Owens hasta el punto que en la final de salto de longitud, sus consejos fueron decisivos para que el de Alabama arrebatara el oro al propio Long para decepción del Führer.

 

Pero extralimitarse en las órdenes de sus jefes y prolongar más allá de aquel evento su amistad con Owens parece que nunca fue bien visto y posteriormente en la 2ª GM Long no se benefició de la política nazi de alejar a sus estrellas deportivas del frente. 

 

Un año antes del inicio de la contienda el atleta ya se había retirado y comenzó a ejercer la abogacía, pero Long perdería la vida en 1943 en un hospital británico en Sicilia a causa de las heridas sufridas defendiendo la isla de las tropas aliadas. Owens tal y como prometió a su amigo viajó a Alemania en 1951, para reunirse con el hijo de Lutz y explicarle que su padre había sido un gran hombre. Otros medallistas alemanes fallecidos en la contienda fueron Csik (natación) y Woellke, Leichum y Harbig (atletismo).

 

Para concluir decir que el Führer acabó muy satisfecho del papel de los alemanes en su Olimpiada. Encontró lo que buscaba, el dominio deportivo ario, aunque se quejara de no haber logrado vencer en varias de las pruebas atléticas. Obtuvo un éxito propagandístico y la masiva acogida local y de presencia de visitantes y turistas. El faraónico complejo olímpico se llenó a diario -p.ej. la piscina, junto al estadio, también cubrió sus 20.000 asientos- y su país dominó el medallero logrando más oros que nadie, seguido por Estados Unidos, Hungría y la emergente Italia. 

 

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