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El base atómico

Saúl Asensio

Adolf Eichmann y la Solución Final

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La Segunda Guerra Mundial es uno de mis temas de historia favoritos. Las imágenes sobre la reciente visita del Papa Francisco al campo de concentración de Auschwitz y su estancia en Cracovia en el marco de la JMJ, me han hecho recordar mi viaje de hace casi dos años, del que ya escribí en este mismo blog.

 

Polonia es uno de los lugares por antonomasia para los amantes del estudio de la Segunda Guerra Mundial. Fue un país devastado por el conflicto hasta sus cimientos que supo resurgir merced a la voluntad de sus gentes. En aquel viaje me empapé de mucha información sobre el terreno y me motivó en la búsqueda de más datos y detalles sobre hechos y personas que participaron en la contienda. Estar en Auschwitz fue impactante y me permitió que conociera in situ los restos de lo que fue el funcionamiento de la industria del exterminio nazi.

 

Precisamente y entre los muchos asuntos que me interesan de ese periodo, voy a compartir con vosotros en este post la peripecia de Adolf Eichmann, teniente coronel de las SS y funcionario de alto rango que fue juzgado en relación directa con el Holocausto, caso que siempre me ha fascinado en cuanto al aspecto histórico.

 

Adolf Eichmann (Solingen, Alemania, 19/03/1906) probablemente no es tan conocido como los integrantes de la cúpula del Tercer Reich, pero si destacó en el engranaje del estado alemán durante la guerra orientado a la cuestión judía. Se afilió al partido nazi en 1932 y vivió en primera persona el clima de antisemitismo que predominaba en Alemania y sus países anexionados anteriormente al inicio de las hostilidades, convirtiéndose en un experto en costumbres judías. Una vez estalló la 2ª GM le fueron encargadas tareas burocráticas variadas que desembocaron, tras la celebración de la Conferencia de Wannsee en enero de 1942, en la puesta en marcha de la conocida “Solución Final”. Antes ya había preparado el plan para la deportación en masa de población judía a Madagascar.

 

El papel de Eichmann fue muy relevante en la organización del sistema de transportes que trasladó con rapidez en convoyes y vagones a los hacinados judíos hacia los campos de exterminio. Sus métodos de deportación, que ejecutó con precisión e incluso con celo, llegaron a ser modélicos para el régimen nazi. Desde la oficina IV B4 de la RSHA desarrollaba las órdenes dadas por sus superiores inmediatos Himmler, Müller, Heydrich o su amigo jefe de la Gestapo, Kaltenbrunner, e incluso se anticipaba a ellas extralimitándose en las competencias tal era su fidelidad al partido, consiguiendo poco a poco casi total autonomía de acción.  

 

Con el retroceso de la Wehrmacht en todos los frentes, pero especialmente en el este, Eichmann pasó los últimos meses de la guerra en Berlín sin hacer nada relevante en relación a su función principal. Ya no había gente que deportar. Con el final de la contienda huye como muchos oficiales y es detenido por los americanos cerca del Danubio, pasando desapercibido bajo nombre falso entre los miles de alemanes en manos de los aliados. Es un hombre sencillo que no llama la atención y su responsabilidad aún no es pública, pero su nombre va apareciendo regularmente en la documentación sobre las deportaciones de judíos europeos especialmente en Polonia, pero también en Francia, Grecia, Holanda, Rumanía, Eslovaquia o Hungría. 

 

Fue cuando comenzaron los juicios a los criminales nazis, el momento en que el nombre de Eichmann toma fuerza. Un lugarteniente suyo, Dieter Wisliceny -testigo en los procesos de Nuremberg- y el comandante del Campo de Concentración de Auschwitz, que el propio Eichmann supervisó en varias ocasiones, Rudolf Höss -juzgado en Polonia- enfatizaron su papel en el Holocausto. A partir de ahí se intensificó la persecución de Eichmann, con especial protagonismo para el cazador de nazis Simon Wiesenthal, quien trató de seguirle el rastro sin descanso.

 

Temiendo ser descubierto se fuga de su internamiento en Berndorf y llega cerca de Hamburgo donde adopta otra nueva identidad y fija su residencia. En 1950 al verse casi acorralado y con la ayuda de la organización Odessa, escapa a Sudamérica a través de Italia. Antes, su familia había tratado de certificar oficialmente su muerte para que no se le buscase. En Buenos Aires se estableció finalmente en julio de 1950 y trabajó diez años con el nombre de Ricardo Klement, inicialmente sin despertar sospechas.

 

Dos años después su familia se reúne con él y poco a poco empieza a frecuentar los círculos de alemanes exiliados en Argentina con la relativa seguridad de su anonimato. Eichmann, cansado de ocultarse comienza a hablar de su pasado, concediendo incluso alguna entrevista aunque sin desvelar quien era realmente, pero exponiéndose demasiado a ojos del Mosad. Pensaba que en algún momento el partido nazi podría necesitarle nuevamente o quizás asumía lo que el destino le tuviera reservado, por eso Eichmann no tuvo intención de escapar aunque se sentía vigilado.

 

Entonces, un frío atardecer del otoño austral, el 11 de mayo de 1960, al bajar del autobús de su trabajo en Mercedes Benz, Eichmann fue secuestrado en el extrarradio bonaerense por varios agentes del Mosad que le mantuvieron oculto hasta que diez días más tarde fue trasladado a Israel.

 

Una vez en territorio hebreo, el primer ministro Ben Gurion anunció al parlamento que Eichmann había sido “encontrado en Argentina” y que se hallaba en una cárcel israelí. En una operación totalmente ilegal a efectos de la legislación internacional, de la que el gobierno argentino se quejaría formalmente, uno de los criminales nazis más buscados se preparaba en Jerusalén para rendir cuentas ante la justicia.   

 

Alrededor del juicio se extremaron las medidas de seguridad. El letrado de Eichmann, Robert Servatius, especialista en defender nazis en Nuremberg argumentó un severo ataque a las tesis de los jueces, y su cliente se declaró “no culpable, en el sentido de la acusación” y se justificó diciendo que no pudo sustraerse a las órdenes recibidas: “Toda mi culpa proviene de la obediencia, en la medida de que recibí de mi gobierno la orden de proceder a las deportaciones. Yo era un pequeño funcionario y mi oficina se limitaba a cuestiones de transporte aunque mi labor no se trataba solamente de una cuestión técnica”, explicó Eichmann a sus interlocutores tratando de minimizar su rango y responsabilidad en el Holocausto, bajo una apariencia que no era la de un criminal y que no mostraba presión por ser acusado de tantas atrocidades y estar ante las víctimas. Fue un ejemplo máximo, como expresó la filósofa Hannah Arendt, de la banalización del mal.

 

En la sentencia se cumplió la ley israelí y el reo fue condenado a la horca en diciembre de 1961 por 15 cargos entre los que estaban delitos contra el pueblo judío, contra la humanidad y crímenes de guerra. No hubo indulto posible. Eichmann fue ejecutado el 31 de mayo de 1962 y sus cenizas fueron arrojadas al mar Mediterráneo para evitar que su tumba se convirtiera en lugar de peregrinación, poniendo punto final a un caso en el que la culpabilidad era inapelable y que levantó mucha expectación a nivel global, poro también suspicacias por los métodos empleados, el procedimiento y el propio origen del tribunal.

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