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El base atómico

Saúl Asensio

28 años no son nada (1)

El sábado pasado pude cumplir algo que llevaba en el cajón de mis propósitos nada menos que 28 años. Ese es el tiempo que ha transcurrido entre los dos mundiales de baloncesto celebrados en España, el ya histórico y casi mítico de 1986 y el actual.

 

La verdad es que mi viaje a Bilbao, o más concretamente a Barakaldo y su imponente BEC para presenciar los partidos de la primera jornada del Grupo C fue una inolvidable experiencia que disfruté cada segundo. Ya desintoxicado de los sinsabores de los últimos meses como profesional del baloncesto y tranquilamente como un aficionado más desde mi asiento en la grada, fui testigo del capítulo inaugural de un acontecimiento de referencia para mí.

 

Desde la salida hasta el regreso de madrugada, ese sábado 30 de agosto forma ya parte fundamental de mi relación con el deporte al que tanto amo. Pero sobre todo, me ha permitido resarcirme de una frustración que llevaba cargando sobre mi espalda casi tres décadas, desde que siendo un adolescente no pude acudir a presenciar en directo ninguno de los partidos de aquel extraordinario Mundobasket que tuvo lugar entre el 5 y el 20 de julio de 1986 en siete ciudades entre las que por desgracia no se encontraba Valladolid y su flamante y casi recién inaugurado Polideportivo Pisuerga.

 

Esa pena de no haber podido recibir el campeonato en Pucela me dejó sin posibilidades de realizarme como lo hice hace unos días. Por suerte he podido quitarme la espina y con nota, ya que me pegué un atracón de baloncesto en una jornada que tuvo de todo. Vi a selecciones interesantes como Dominicana, Ucrania, Nueva Zelanda, Turquía, Finlandia, cada una con sus particularidades, y el debut del gigante y favorito combinado americano.

 

En los partidos me empapé de detalles de jugadores, del espectáculo y de la emoción, y de lo que sucedía alrededor de la cancha. Cada situación que viví he tratado de grabármela en mi mente para recordarla como si recuperase un tiempo perdido con la misma ilusión que tendría aquel Saúl del 86.

 

Al margen de lo deportivo de lo que haré un breve resumen más adelante, me quedo con dos momentos. Ver la Haka neozelandesa en directo es un privilegio. Aún tengo los pelos de punta ante ese ritual ancestral que en directo gana aún más carga mágica. Y todavía me dura el cabreo con los turcos que dando una exhibición de mala educación ignoraron esa situación única, lo que no sólo me indignó a mí, sino a todos los que estábamos en el BEC, excepto a sus más de 500 fans. Esa injusticia hizo que la mayoría convirtiéramos a los Tall Blacks en nuestro equipo y les animáramos hasta el final.

 

El segundo fue la afición finlandesa, la marea susijengi, manada de lobos en suomi. Nada menos que 8.000 seguidores y seguidoras que copaban el BEC y sus alrededores dando un colorido singular a la Fan Zone. Muy alejados del hooliganismo su comportamiento fue ejemplar. Ya dentro del recinto no pararon de animar a su selección a pesar del baño que estaban recibiendo de los americanos y jaleaban cada canasta como si estuvieran cerca de la proeza. No fue difícil empatizar con ellos.

 

En la pista fueron tres choques muy distintos. Flojo primer encuentro el Ucrania-Dominicana que se decidió al final merced a la actuación en la zona del interesante pívot Kravtsov y a la desidia en defensa de los centroamericanos, que desaprovecharon su talento. Los ex morados Sosa y Báez estuvieron discretos.

 

El mejor de los tres partidos fue el Nueva Zelanda-Turquía. Pleno de emoción, los otomanos levantaron una cita que tenían perdida merced a su orgullo y coraje. El pívot Savas fue clave así como el oficio de los bases Tunceri y Arslan y la calidad de Hersek y Preldzic. Por los neozelandeses además del conocido Kirk Penney, jugadores interesantes para seguir; Loe, Corey Webster, Fotu, Abercrombie… 

 

Para cerrar esta intensa jornada llegó el Estados Unidos-Finlandia. Había ganas de ver a los americanos y conocer un poco mejor a la repescada selección Suomi liderada por el ídolo Petteri Koponen. Ante un BEC abarrotado, con mas de 16.000 espectadores, el partido tuvo poca historia y los pross arrasaron a todos los niveles pero para la historia del basket finés esa actuación ya ha quedado para sus anales.

 

A partir de ese día he continuado disfrutando del Mundial todo lo que he podido, siguiendo especialmente a la selección española que como en 1986, ha partido con unas expectativas altísimas –que entonces no se cumplieron- y que ha corroborado con las victorias ante Brasil y Francia. Precisamente el combinado sudamericano ha traído a España la mejor selección desde que jugara aquí en la anterior cita del 86, cuando quedó cuarta liderada por el gran Oscar Schmidt, Marcel De Souza y Gerson Victalino. La canarinha derrotó a España en la fase previa y le privó de optar a medalla, lo que no ha sucedido esta vez, aunque a los de Magnano habrá que vigilarles a partir de octavos ya que pueden volver a cruzarse en nuestro camino.

 

Pero la gran diferencia entre la cita de 1986 y la de 2014 es la atención social y mediática. La dimensión que está teniendo este Mundial en relación la Mundobasket del 86 es bastante menor y está pasando un poco desapercibido. Con muchos menos medios técnicos, la única televisión -con sólo 2 canales- que había en nuestro país a mediados de los ochenta se volcó absolutamente con este evento único, lo que no ocurre ahora con Mediaset, que con infinitas posibilidades más ha desaprovechado este magnífico producto.

 

Pero en el resto de medios la cobertura también está siendo menor, ya que de las portadas diarias en los periódicos y las muchas horas de radio de entonces se ha pasado a una semi clandestina difusión en comparación al torneo de hace casi 30 años. Hay que reconocer también que este Mundial no ha despertado la atención del público como aquel, cuando el deporte de la canasta alcanzó la cúspide de su popularidad tras el gran empujón de la Plata Olímpica en LA. Fue quizá el único momento de nuestra historia deportiva junto a los Juegos de Barcelona en el que se igualó al fútbol.

 

Por ello creo que merece la pena dar un breve y general repaso desde mi óptica al Mundobasket 86 en el próximo post, para regocijo de nostálgicos como yo, y recordar como discurrió el ambicioso evento que coronó el cénit del baloncesto en España.    

     

 

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