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Desde los medios

José Ángel Gallego

La sonrisa de Nepal

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Nepal era el camino más corto hcia el cielo, con sus 8.848 metros de Everest, hoy es el auténtico infierno. En medio del dolor, del caos y de la destrucción recuerdo aquella sempiterna sonrisa de los que menos tenían y más felices eran. 

La tierra ha vuelto a crujir. Puede ser la manera de decir basta ante el maltrato al que se ve sometida por la especie humana. Pero otra vez ha provocado el dolor de los más pobres, de los que más lo necesitan. Se ha llevado por delante la vida de miles de inocentes, ha provocado el caos, el desconcierto, la destrucción, la sinranzón.

 

Nepal era el camino más corto hacia el cielo, con sus 8.848 metros de Everest, hoy es el auténtico infierno. Pero la memoria humana es frágil y lo que hoy es compasión, ayuda internacional, titulares de apertura en los medios de comunicación, en muy poco tiempo, se habrá convertido en un mal recuerdo. La solidaridad se evaporará y Nepal y los nepalíes tendrán que vérselas solo con su miseria. Las portadas de todos los periódicos del mundo se reducirán a un pequeño breve y enseguida nos olvidaremos de que Nepal llora a sus miles de muertos.

 

Visité este país en un viaje inolvidable hace algunos años. Disfruté de los infinitos paisajes de un trecking camino del campo base del techo del mundo; aluciné con su patrimonio centenario, hoy devastado por la fuerza de la naturaleza; aunque lo que realmente me conquistó fueron sus gentes: sencillas, humildes, rozando la pobreza más extrema, pero felices, infinitamente amables. Nada tenían que ofrecerte, pero su rostro siempre dibujaba una sonrisa. Nada tenían, poco necesitaban.

 

El pueblo sherpa, dueños de la montaña, daría la vida por un cliente montañero si fuera necesario. Los niños disfrutaban con cualquier gracia que un extranjero pudiera hacerles. Y si les ofreces algo, el más mínimo de los detalles, lo agradecerán de por vida. Hoy me resisto a que ese lugar, algo caótico, pero lleno de vida llamado Katmandú; a que ese joyero de la humanidad denominado Bahktapur o que el imponente valle del Silencio del Himalaya sea hoy el valle del terror, el reino de la desesperación y de la destrucción.

 

No seré yo el que pida desesperada ayuda; todos somos mayorcitos para saber qué hacer. Es fácil a través de cualquier organismo aportar nuestra pequeña colaboración a una causa casi desesperada. Entre tantas lágrimas, prefiero echar la vista atrás y recordar la sonrisa de los que con tan poco eran tan felices. Siempre Nepal.

 

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