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Desde los medios

José Ángel Gallego

La noche de la tradición encendida

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Cada 27 de septiembre, Mayorga recuerda con una procesión única la llegada de las reliquias de Santo Toribio a la localidad. La noche es mágica, el ambiente más.

Me siento atraído por las fiestas populares. Por los ritos, las procesiones. Me gusta todo lo que tiene que ver con la tradición, el ancestro, la liturgia. Quizá una de las manifestaciones que más me atrapan es la celebración de El Vítor, en Mayorga con su noche de los pellejos quemados.

 

Descubrí esta fiesta hace bastantes años. Trabajar en un medio de comunicación te permite encontrate con experiencias que uno ya no olvidará. Desde entonces, prácticamente, año tras año, cada 27 de septiembre no he faltado a la cita.

 

Será la atracción del fuego, la imagen desfigurada por el humo, el ambiente sobrecogedor que envuelve la escena, una música tan pegajosa como lo denso que se hace el aire. Porque entrar en el Vítor de Mayorga, vivirlo de cerca, aunque con la suficiente perspectiva de no convertirse en un intruso, hace que uno pierda la noción del tiempo hasta tal punto de no saber si es 1752 o has viajado en el tiempo y lo que vives es una imagen futurista.

 

Los pellejos, las viejas odres de vino, cuelgan de largos varales de madera. Los lugareños visten con ropajes y grandes sombreros que ya ha colonizado la pez ardiendo que cae en forma de pegotes. Son vestidos que podrían contar la historia, tanto como cualquier habitante de Mayorga que se siente orgulloso formando parte de una tradición viva. Los niños, delante, también portan sus varales quemando pellejos, a escala, claro. Pero escribiendo la historia, como lo han hecho sus padres y sus abuelos; como algún día lo harán sus hijos también. Sin saberlo, como un juego, pero manteniendo viva la llama de El Vítor.

 

Detrás, el Vítor -ese estandarte que la familia García cuida y muestra con mimo-. No es el objeto de este artículo relatarles la historia que, a buen seguro, más de uno conocerá mucho mejor. Solo aporto sensaciones. Sensaciones muy personales. Inconfundibles, imborrables. Las primeras hogueras donde los que ya no pueden esperar ni un minuto más –después de un largo año- encienden sus primeras odres. Hay murmullo, ha llegado el momento. Incluso es el reencuentro con alguno de esos mayorganos por el mundo.

 

O cómo todo un pueblo se arrodilla delante de la imagen de su patrón para entonar un himno que sabe a gloria bendita. El ambiente de fiesta, de camaradería. Un buen trago para evitar la sequedad de la garganta. La procesión de palos ardiendo continúa. Tomo distancia. Me gusta contemplar en plano general la escena, para ir acortando la visión hasta los planos detalles. No es que lleve una cámara, pero aquello parece, o bien merece, una película.

 

La marabunta a lo lejos se mueve despacio. El fuego contagia a la villa de un ambiente único. El olor es fuerte, como el aguardiente que desciende al estómago. La música, siempre la misma, como la Banda Sonora y repetitivamente de esta vieja película que es el Vítor de Mayorga. La procesión cívica, como así la conocen, acaba y los mayorganos pondrán de nuevo su contador. Ya faltan 364 días para una noche mágica. Yo también, a mi manera, he cumplido con la tradición y no he faltado a la noche en la que Mayorga enciende su tradición y su sentimiento.

 

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