Esther original

Delirios en femenino

Esther Pedraza

La perversa moda del “todos somos”

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Hace tiempo que me di cuenta de que las palabras son armas que van, como la gota, erosionando las conciencias.  Decía Benjamin Constant, defensor a ultranza de los derechos civiles y contrario al militarismo napoleónico, que “la palabra es el vehículo de la inteligencia, y la inteligencia es la señora del mundo material”. Si esto es así, hay que reconocer que la inteligencia hoy la tiene Podemos y sus apóstoles que no sólo se han hecho dueños de las calles sino de la palabra. Todo aquél que no tenga un rato para reflexionar acerca de las bombas orales que cada día nos caen en forma de palabra, está perdido.

Mis delíricas se miran incrédulas. Estamos en una cafetería de modernos y ya hemos visto varias chapas con el lema: todos somos titiriteros. Se miran incrédulas por la rapidez, no porque no estemos ya acostumbrados a que cada vez que un asunto, mayor o menor, nos zarandea en el sillón, la frase elegida para apoyar lo que sea empiece por un “todos somos”.

 

“Me cansa esta presión –dice Inés indignada. Tengo la sensación de que nos están poniendo un camino de vallas como a las ovejas, para que terminemos en el corral que algunos consideran idílico”.

 

“¿Qué presión?, pregunta Olga, ¿La de estás conmigo o estás contra mí? Eso es de siempre, no se porqué ahora te agobia”.

 

Inés, como la mayoría de nosotras, no tiene claro casi nada. Baraja cada opción que se le presenta en la vida desde su conciencia pero ha llegado a un punto en el que ya no se fía de su conciencia, porque dice que la agresividad de la calle la tiene inmovilizada.

 

“¿Si yo voto al PP es porque estoy de acuerdo con la corrupción?”, pregunta alarmada. “Tú sabrás, le dice Ana. Yo nunca votaría al PP, con o sin corrupción, lo sabes”.

 

Inés se desahoga. Todas sabemos que ha votado al PP a regañadientes, porque ha creído que la situación que vive España es delicada y que ese partido podría ser el que mejor gestionara la crisis. Eso no quiere decir que Inés apruebe todo lo que hace el PP, es más, está profundamente decepcionada y es una de sus críticas mas furibundas. “Es que ahora resulta, se lamenta, que me gusta la corrupción, que apoyo que se lo lleven crudo, que soy una irresponsable complaciente que contribuyo a que mi país sea una pena. Porque, parece ser, que los recortes y lo mal que estamos es todo culpa del partido al que voto”.

 

Hay que centrarla y para eso mis delíricas son una bomba. “Partiendo de la base de que yo no voto a ese partido por principios, empieza Olga, no te vuelvas loca. Estamos asistiendo a una caza de brujas que tampoco me gusta nada. ¿Has leído lo de Lula en Brasil?"

 

Inés asiente. Ella habría votado a Lula si hubiera vivido en Brasil. Lula Da Silva era un referente, un obrero luchador que se puso como objetivo reducir la pobreza de un gran país y combatir la codicia medioambiental. Todos somos Lula, podríamos haber dicho hace unos años. Nadie con un mínimo de corazón podía estar en contra de la justicia social.

 

“Y ahora se nos empieza a caer el mito, añade Olga. La corrupción en Brasil está constatada y la justicia ha permitido que se investiguen las propiedades de Lula. Los brasileños han empezado a dudar de él que es lo mismo que quedarse huérfanos de esperanza”.

 

En Brasil la sociedad, como aquí, está convulsionada por los casos que se destapan de políticos corruptos. Allí también se acusa a los medios adeptos a la derecha de estar lanzando calumnias y mentiras contra su exdirigente. Y lo cierto es que el pueblo llano no sabe a qué carta quedarse.

 

“¡Tú vota lo que te venga en gana, faltaría más! –Ana la mira con picardía. Pero no votes al PP, hombre, que eso no está bonito!”.

 

Si el resto de la gente viviera las cosas como las vivimos nosotras, no estaríamos tan preocupadas. En nuestra cofradía hemos visto mucho por eso todo lo manejamos con cuidado. Apostamos por la regeneración y por casi todos las reivindicaciones del 11M, pero tenemos muchas dudas de la gente. A fin de cuentas, las cosas las hacen las personas y nosotras sabemos muy bien que cada persona es un mundo ajena muchas veces al mundo que quiere cambiar.

 

Lo cierto es que el famoso “todos somos..” tiene hoy menos sentido que nunca. Han vuelto las dos Españas con una arrogancia perversa. “No todos somos titiriteros”, reivindica una señora mirando desafiante al joven que quiere que firme no se qué. “La juventud, se cree que todos tenemos que ser lo que a ellos les de la gana, pero ojito con decirles a ellos lo que tienen que ser. Pues no todo está bien por mucho que tú lo digas”. Busca aprobación y encuentra muchas sonrisas, pero ningún aplauso. Está mayor, qué sabe ella.

 

Nos miramos. No, no todos somos lo que otros quieran que seamos. No a todos les gustó la gala de los Goyas, no todos los jueces están a favor de las medidas que se tomaron contra los titiriteros, no todos los fiscales creen que la infanta tiene que sentarse en el banquillo, no todos piensan que lo que dijo el Ministro de Interior sobre ETA y un posible gobierno PSOE-Podemos es una insensatez, no todos creen que juzgar a Pujol es atacar a Cataluña, no todos ven en el progresismo un futuro mejor.

 

Uniformar a la sociedad es el comienzo de la pérdida del pensamiento. La historia nos lo cuenta, si queremos ir a leerlo. Cada persona es única e irrepetible, por eso no “todos somos”.

 

“¡Si ni siquiera el jamón serrano ha conseguido gustar a todo el mundo!”, exclama Susana. Ni el jamón serrano ni los terribles asesinatos en el periódico satírico de París. “Todos somos Charlie”, rezaban los eslogan y había mucha gente que no entendía que el humor sirviera para herir una creencia.

 

No, no todos somos ésto o aquello y haríamos bien en empezar a poner freno a esta moda que te aísla si no formas parte de su propuesta. No debemos permitir que crezca una conspiración contra la personalidad de cada uno de nosotros. Reivindicamos el derecho a equivocarnos, a ver tal o cuál película, a leer los libros que nos apetezcan, a votar lo que nos pida el cuerpo, a no reírnos de determinados chistes, a participar o no en escraches, a ver a Bertín Osborne porque nos hace gracia y a no comer jamón porque nos produce ardor.  Y a decir  “verdad y libertad” en lugar de “salud y república”. No se molesten en indicarme, señores, conozco el camino.

 

 

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