Esther original

Delirios en femenino

Esther Pedraza

Hijos de la tribu

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Anna Gabriel Sabater, diputada de la CUP, no tiene hijos. Quizá por eso es partidaria de que los hijos sean del Estado, que los eduque la tribu. Dice ella que la gente que tiene hijos tiende a querer lo mejor para los suyos y los suyos son muy pocos, lo que entra en una lógica a veces perversa. Anna Gabriel es educadora social y profesora de la Universidad Autónoma de Barcelona. Suponemos que para ella todos sus alumnos son sus hijos y al ser mas de dos o tres, no les educara de formar perversa. Aunque la auténtica  perversión se esconda en apagar la luz de otros para que brille la propia.

Arden las redes sociales, arde la calle con la nueva ocurrencia y arde nuestro encuentro delírico. Entre las mujeres que sostienen mi vida hay de todo. Prevalecen las solteras sin hijos, y las madres que, en su mayoría, se han plantado en uno. Pero tenemos madres de familia numerosa, que suelen ser siempre las más prácticas y rotundas. Olga es una de ellas. Olga es una adicta a las bebidas estimulantes, tipo redbull. Dice que para manejar tres criaturas y un marido se necesita estar muy despierta, porque si no te comen por las patas.

 

“¿Te imaginas cómo hubiera sido tu vida si tus hijos los hubiese educado la tribu?”, le lanza inquisitiva Marta. Olga deja pasar unos segundos, los suficientes para imaginarse muchas cosas. Tuvo a su primer hijo siendo una jovencita veinteañera y el mundo se paró. Ella era una fanática de los viajes, trabajaba para después fundírselo todo en cualquier lugar del mundo. Sola o en compañía, que eso nunca la detuvo. Aunque había estudiado derecho, lo suyo era la escultura. Todas tenemos alguna en casa y nos encantan. ¿Cómo hubiera sido su vida? Olga sonríe imaginando, pero no por mucho tiempo. Para todas las que son madres es imposible ya imaginar otra vida. Las ocurrencias al respecto sólo se las pueden plantear las que no tienen hijos.

“Lo creáis o no –se arranca por fin-, hay muchos momentos en los que te dan ganas de mandarlo todo a la mierda. Si cuando tuve a mi hijo se lo hubiera dado a la tribu para que me lo criara y yo sólo le hubiera visto un rato por la noche evidentemente mi vida habría sido más cómoda. Pero la pregunta tiene que ser otra: ¿Podéis imaginar cómo hubiera sido la vida de mis hijos si los hubiera educado la tribu?”.

Olga ha tenido a su favor que es funcionaria y está en casa por las tardes, pero hay muchas madres que sólo ven a sus hijos un rato por la noche, le recordamos. Claro que en esos casos son las madres las que eligen la tribu que les va a cuidar, que casi siempre pasa por los abuelos, unos padres mucho mas consentidores y tiernos.

“La nueva política viene con ideas tan viejas y caducas, que da miedo. Estos chicos están desnortados del todo”. Ana toma un poco de su café antes de continuar. “Todos los regímenes totalitarios han intentando invisibilizar al individuo desde su infancia, uniformarlo, lobotomizarlo. Experimentos de amor libre y educación común ha habido unos cuantos, en China, en la Alemania Nazi o en la Unión Soviética. Todos ellos tuvieron unos resultados mucho más perversos que la familia tradicional, por mucho que dijera Simone de Beauvoir”.

Susana está fuera de sí. Hoy ha venido al café con un libro de Svetlana Aleksiévich, la bielorrusa que ganó el Premio Nobel de Literatura el año pasado. El libro se titula: El fin del “homo sovieticus”, y en él se pueden leer cosas terribles del sufrimiento del pueblo ruso, que es el sufrimiento del cualquier pueblo. Dice que antes de hablar, hay que darse un paseo por este documento y pararse en la página 330 y siguientes, que allí encontrará los testimonios de madres y niños que experimentaron lo que ella propone.

 

 “Hay que leer más y más de todo. Mirarse a estas alturas en Engels es prehistórico. Este libro cuenta historias terribles, como la de Anna Maya, una arquitecta que vivió el asesinato de sus padres y paso años en una tribu soviética, un orfanato donde a base de palizas le enseñaban a amar al camarada Stalin. ¡Convertir a un pueblo a la vez en verdugo y víctima, esa es la gran perversión de los regímenes totalitarios por los que parece beber los vientos la Gabriel!”

 

Svetlana Aleksiévich tiene 66 años y demasiados recuerdos. Su padre, bielorruso, y su madre, ucraniana, eran maestros. Su vida pudo ser un infierno cuando el Comité del partido descubrió que la hermana de su madre había tenido una relación con un alemán en plena guerra. A su tía le condenaron a veinte años en Siberia y de no mediar un alto cargo, a su padre le habrían obligado a divorciarse. Por esta mediación sólo enviaron a la familia a una aldea perdida donde los dos pudieron dar clases y sacar a su familia adelante.

 

“Esta maravillosa mujer –Susana se ha embalado- leyó Soy de una aldea en llamas, el libro de Adamóvich que recogía el dolor de trescientos testigos directos del genocidio nazi en la primavera del 43. Estos testimonios se convirtieron en un acicate para la movilización del sentimiento patrio a la república comunista y la joven periodista decidió que estaba bien, pero que había otras cosas que contar”.

 

“Y las contó sin paños calientes –le sigue Marta. Yo me he leído algunos de sus libros. Me gusta el sentimiento que pone en la lucha de las mujeres que se quedaron solas con muchos hijos y  los recuerdos de su abuela materna contando historias frente al fuego, historias que poco se parecían a las que les decían en la escuela”.

 

“Gracias a que tenía familia, a que no se crió en una tribu, Svetlana pudo buscar la verdad fuera de lo establecido – Yolanda también es fanática de esta autora. Fue su abuela la que le contó los crímenes nazis, pero también los de Stalin, a partes iguales. Me sobrecogió como relata el Holodomor, esa perversión de matar de hambre a todo un pueblo durante el proceso de colectivización del año 32 al 33”.

“A mi no deja de sobrecogerme cada vez que abre la boca. Me llega profundamente ese amor que rezuma su discurso sobre las viudas de la guerra, las madres de la guerra, las hijas de la guerra, las huérfanas del pueblo –hay un pequeño requiebro en la voz de Marta-. Sus testimonios son los de aquellos  que la historia ignora, y por eso son los más auténticos”.

 

Su discurso en la Academia Sueca de las Ciencias, al recoger el Nobel, es infinito.

¿Por qué los rusos no juzgan a Stalin?, se preguntaba constantemente Svetlana. Y un día alguien le respondió que juzgar al dictador implicaba juzgar a los conocidos, a los amigos, a la familia. Ella misma confesó que a veces querría olvidar lo que ha escuchado y regresar al tiempo de la ignorancia:”Nos enseñaron la muerte. Nos dijeron que que los humanos existen para dar todo lo que tienen, para quemarse, para pacificarse. Nos enseñaron a amar a las personas con armas”.

 

“Estos son los libros que debería leer Anna Gabriel antes de decir que quiere que a los niños los eduque la tribu”, añade Susana. “Estas son las historias que todos debemos conocer, las que no cuenta la historia con mayúsculas”.

 

“Desde el momento que fui madre, relata Olga, noté que todos los niños eran mis hijos porque su dolor era mi dolor. Esta mujer habla de tener hijos en común y en colectivo y dice que de ese modo todos son hijos. O no ve o no quiere ver, porque la historia está ahí, dejando constancia de los fracasos para no repetirlos. Y yo ya tengo bastante con los míos como para tener también que ocuparme del de la Bescansa!”.

 

¿Cómo serían mis hijos si los hubiera educado la tribu? ¿Se sentirían tan complacidos como la diputada de la CUP, o  terminarían diciendo, como Svetlana: “nunca fuimos conscientes de la esclavitud en la que vivíamos; aquella esclavitud nos complacía porque nadie nos había enseñado a vivir en libertad: sólo nos habían enseñado a morir por ella?”.

Comentarios

Junio 13/05/2016 12:39 #1
¡Impresionante! Hoy mismo me paso a comprar un libro de esta mujer. No tengo hijos porque no los he querido, por tanto no me veo educando a los de otros. Pero si los tuviera, jamás los dejaría en manos de un grupo para que los moldeara a su modo. La genética también habla y esa es una herencia de la familia.

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