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Delirios en femenino

Esther Pedraza

El shock del futuro

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En 1970, el escritor Alvin Toffler nos advirtió de que los cambios rápidos que la tecnología nos traería acabarían por dejar a una parte de la sociedad “desconectada”. Demasiado cambio en un periodo de tiempo muy corto, venía a decirnos. Cuando Toffler escribió el shock del futuro, mis delíricas y yo no levantábamos un palmo del suelo. 46 años después vivimos en primera persona ese shock, conscientes de que esto no ha hecho mas que empezar.

Susana es una fanática de la ciencia. Aplaudió la llegada de Internet como la verdadera revolución de la humanidad y no tuvo problemas en zambullirse en la red desde el minuto uno. Recuerdo cómo nos bombardeaba  con ese entusiasmo contagioso: “¡Esto es la leche! ¡Tienes el mundo en un click! Puedes pasear por el Louvre sin moverte de casa, conectarte con las bibliotecas, navegar por la vida y llegar a cualquier lugar. Esto va a revolucionar el mundo, te lo digo yo”. Por aquél entonces nosotros la mirábamos escépticas. Era demasiado para procesarlo sólo con su desbordante ilusión. En algunas de nuestras reuniones salía a relucir el mundo feliz de Aldous Huxley y, por supuesto, el shock del futuro, de Toffler. “Huxley es mas fantasioso, pero lo que preconizaba Toffler lo veo venir”, argumentaba Marta.

 

¡Y tanto! Ahora Alicia no entra en el país de  las maravillas, la maravilla es el país del grafeno, un cambio en nuestra realidad que aún hoy nos cuesta entender. Alicia y el mundo feliz vendrán de la mano de los nuevos materiales bidimensionales, con propiedades tan increíbles que podrán tejer en la ropa circuitos electrónicos casi invisibles, fabricar móviles transparentes y flexibles y células artificiales que viajarán por el interior de nuestro cuerpo para curar toda clase de enfermedades.

 

“Bueno, bueno –intenta poner cordura Ana-, eso está por ver. Transcurren veinte años desde que se descubre un nuevo material hasta que se utiliza a gran escala”. Transcurrían, querida Ana. Ahora todo va como una bala y el tiempo tiene muchas menos horas que hace veinte años.

 

Hoy toca hablar de todo esto porque se nos ha ido Toffler y nos parece apropiado pararnos unos minutos a reflexionar a qué ritmo se mueve el mundo. El escritor estadounidense nos advertía de que la sobredosis de información llevaría a la gente a sufrir desorientación y fuerte estrés. El estrés ya está aquí. Aproximadamente 3 de cada 10 personas en el mundo, según la Organización Mundial de la Salud, no pueden dominar su ansiedad y viven estresadas.

 

Inés se toma una aceituna con una parsimonia sorprendente. Desde que hace yoga nos parece que va a menos revoluciones que nosotras y ella no pierde opción para tirar pullas contra nuestros nervios: “El otro día me encontré con Maite y le pregunté que tal el nuevo puesto de directora. Me dijo que venía del especialista porque se le está cayendo el pelo. Eso es estrés, le dije. Todo es estrés, me contestó”.

 

Mis delíricas ya saben lo que es reciclarse. Tuvieron el acierto de verlo venir y entraron por la puerta tecnológica sin miedo. Es verdad que ahora les resulta agotador seguir el ritmo y, de alguna manera, tampoco quieren. “Esto es un sinfín, un correr para nunca llegar –dice agobiada Susana, la mas vanguardista de nosotras-. Cada vez  me siento más Sísifo y me desespero al ver que cuando he llevado la piedra a la cima vuelve a rodar y tengo que empezar de nuevo. Si eso me pasa a mi que me gusta, imagino cómo estará la gente a la que todo esto se la sople”. “¿En paro, como yo?”, le responde burlona Olga.

 

Olga no está en paro, está ideando y poniendo a trabajar sus manos. Acaba de abrir una tienda con camisetas muy chulas en las que pone alma y talento. Disfruta diseñando y cosiendo sus telas sobre tela. Todo ese proceso le aleja del estrés, pero las facturas la llevan directamente al pozo. Nadie está a salvo. “Algún día tenemos que hablar de los emprendedores”, repite como un mantra.

 

Olga tampoco tiene del todo razón, porque la tecnología es su aliada y ella ha tenido que hacerse un curso informático para poder llevar a cabo su proyecto. Pero ahí acaba todo, nos suele decir, porque ya sabe cómo y de qué manera hacer sus prendas  y no tiene que pelearse con pitagorines frikies que cada día proponen nuevos métodos: “Yo no voy a vivir a base de esfuerzos inútiles e incesantes,  reciclándome cada hora. No me da la vida para eso. ¡Antes me pongo a hacer mermeladas artesanas que vivir pendiente de un ordenador!”.

 

Toffler, en los años setenta, hablaba de la sociedad postindustrial, pero esa sociedad ya ha pasado: ahora estamos en  la cibersociedad.  Los profesionales ya han vivido lo que es que su conocimiento quede obsoleto a los diez años: ahora lo viven anualmente; el diseño de bienes caduca a un ritmo frenético y, de algún modo, está eliminando esa antigua necesidad de poseer algo por un ansia de tener lo último, abandonando lo anterior sin miramiento. Hoy, más que nunca, los analfabetos no son los que no saben leer o escribir, que diría el escritor, sino los que no pueden aprender, desaprender y reaprender.

 

“El futuro ha llegado demasiado pronto, ha sido prematuro –reflexiona Susana. Ahora  no son los recursos los que limitan las decisiones, que diría Toffler. Ahora son las decisiones las que fuerzan los recursos. La historia nos aplasta, todo lo que a alguien se le ocurrió se pone en marcha y definitivamente vivimos en un siglo que ha roto con su pasado”. Definitiva e irreparablemente.

 

Todo cambia, pero el cambio es relativo porque se produce simultáneamente.: “Hay  un número infinito de corrientes de cambio a la vez, sonríe Marta, por eso es tan complicado que nuestros políticos del cambio se pongan de acuerdo, porque viven bajo el shock del futuro”.

 

Alvin Toffler se ha ido con sus secretos y sus temores, pero nosotros seguimos aquí, observando los cambios sin tiempo para asimilarlos. Él ya nos advirtió de que la sociedad necesita tipos de habilidades que no son cognitivas sino emocionales y afectivas, porque una sociedad no puede montarse sólo sobre datos. Mis delíricas lo tienen claro, por eso siempre nos despedimos con un abrazo de verdad, de esos tan fuertes que vuelven a unir todas nuestras partes rotas.  

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