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De por aquí en esto

Patricia Melero

La iglesia de mi pueblo

En Castilla y León disfrutamos y también "padecemos" un ingente volumen de patrimonio cultural, que no solo nos convierte en la envidia del Viejo Mundo si no que también nos obliga a distribuir los caudales públicos para atender a todas.

Hubo un tiempo en que mi pueblo, como otros muchos de por aquí en esto, fue un importante núcleo de población. Más de mil almas moraban en sus casas de adobe y ladrillo y los vecinos se repartían de dos parroquias.

 

La rivalidad entre ambas ha conocido momentos de mayor y menos intensidad y hasta ha alimentado episodios novelescos sobre envidias y venganzas. El paso del tiempo, de las generaciones y de la despoblación ha dejado aquella competencia en un recuerdo nostálgico de tiempos pretéritos y en algunos detalles como el apego que los más mayores siguen guardando a su templo de referencia.

 

Una de las iglesias alberga en su interior mayores tesoros artísticos y por su factura y estilo ha merecido desde siempre más atenciones y preferencia a la hora de ejecutar arreglos y restauraciones, ante el recelo de los parroquianos del otro barrio.

 

Mucho sabemos en esta tierra de disputas cainitas como para entrar en más detalles, pero la historia de mi pueblo sirve para ilustrar algunos de los problemas que ayuntamientos, Obispado, Diputación y Junta tienen a la hora de priorizar las obras de restauración y de mantenimiento del patrimonio.

 

En Castilla y León disfrutamos y también "padecemos" un ingente volumen de patrimonio cultural, que no solo nos convierte en la envidia del Viejo Mundo si no que también nos obliga a distribuir los caudales públicos para atender a todas.

 

A veces aplicar el interés artístico o el valor histórico de un edificio para convertir su arreglo en prioritario supone que muchos ciudadanos vean desatentidos inmuebles de inmenso valor emocional o social, pero sin tanto interés patrimonial.

 

Estos días Junta y Obispado han firmado un convenio para atender a estos templos, como la iglesia de mi pueblo, en el que hay otra con más valor; y las de otros muchas localidades, que sin ser BIC ocupan un lugar relevante en la historia o en la vida cotidiana de sus vecinos.

 

Seguimos buscando la fórmula para rentabilizar nuestro patrimonio de piedra, y que pueda caminar hacia sus sostenibilidad;  pero mientras damos con la piedra filosofal, habrá que seguir haciendo el esfuerzo de mantener en pie nuestro patrimonio, ya sea por su valor universal o por el que tiene para sus moradores.

 

 

 

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