Veronica original

De la tele a mi sofá

Verónica Fernández
La huelga que batió récord en los directos

La infanta que soñaba con una imputación y un jugador de balonmano

Ésta es la historia de una infanta, la mediana de tres hermanos y séptima en la línea sucesoria, que provocó un enorme agujero negro un 3 de abril de 2013 en la Historia de su Monarquía, de apellido Española. Por primera vez un miembro de la Familia Real a la que pertenecía se sentaría previsiblemente en el banquillo de los acusados tras ser imputada en un tal llamado ‘caso Nóos’, o lo que viene a ser en nuestros tiempos un nuevo caso de corrupción salpimentado con aderezos de malversación, fraude, prevaricación, falsedad y blanqueo de capitales.

Su empeño en obviar al resto de príncipes casaderos europeos y contraer matrimonio con un jugador de balonmano, que con el paso de los años pasó de ser el yerno ideal que ensombreció a un tal Marichalar a ser duque avaricioso ‘em…Palma…do’ y que ‘sementaleaba’ propuestas, la precipitó, según dictó el juez con más agallas que pisaba los juzgados en ese Reino, apellidado Castro, a cooperar y ser cómplice de los delitos de malversación de fondos públicos cometidos por su marido y el socio de éste que, en sus años mozos, le enseñó al inexperto Urdangarin las artes de la corruptela.

 

Cristina de Borbón, que es así como se llamaba la infanta, siempre vio en su esposo al padre ejemplar de sus cuatro hijos y al hombre trabajador que se ganaba el jornal como podía para pagar el lujoso palacete de Pedralbes en el que vivían y que finalmente tuvieron que poner a la venta por siete millones de euros para hacer frente a la fianza millonaria que fijó el juez para él y su exsocio, una fianza de responsabilidad civil que llamaron solidaria.

 

Con el transcurso de los años no así lo vio su padre, el rey Juan Carlos I, más conocido tanto dentro como fuera de España por su papel ante el intento de golpe de Estado del 23-F. Su picardía frente a la vida así como otras tantas singulares destrezas, que se han quedado cogiendo polvo en los cuadernos de tantos y tantos periodistas que le seguían en sus escapadas nocturnas, le permitieron ver más allá de un rostro atractivo y porte caballeresco que, en poco menos de un año, dio la bienvenida a valientes arrugas y ojeras, y a una apariencia hierática.

 

Se desconoce si fue su padre el que la puso sobre aviso de las artimañas de su marido, ese que recibió ‘lecciones’ sobre cómo ocultar sus negocios en público, o si fueron las incesantes noticias en los medios las que le arrancaron de un tirón la venda de los ojos. Al parecer la aparición de unos famosos correos electrónicos revelaron una infidelidad continuada del duque con otra mujer y, hay quien dice, que fue el detonante para que la tensión de la pareja fuera total y se hablara de la posibilidad de una hipotética ruptura. Sin embargo, la ‘vox populi’ siempre tuvo claro que la infanta era conocedora desde un principio de los trapicheos de su cónyuge y que, como sarna con gusto no pica, según el refranero español, sentenciaron al unísono que cargara ahora con su particular penitencia.

 

Desde entonces se la veía en contadas ocasiones por la calle, casi siempre de camino a su trabajo, y jamás con una sonrisa. Con ojos tristes, que la traicionaban revelando la vergüenza que sentía y que enseñaban las constantes noches de insomnio que padecía después de haber soñado con una imputación y un jugador de balonmano.

 

No hizo falta que llegara dicha imputación para que ya quedara apartada de los actos oficiales de la Monarquía y, aunque su declaración el 27 de abril de ese mismo año en los Juzgados de un bonito lugar de nombre Palma se paralizó para resolver el recurso que presentó la Fiscalía Anticorrupción, sólo era cuestión de tiempo para que se la inmortalizara en una foto en la llamada cuesta de Urdangarin, dícese de la rampa que daba acceso al juzgado de José Castro y por la que en la fría mañana del 25 de febrero de 2012 ya desfiló el duque, consumido por los nervios y con la mirada descarriada por los ansiolíticos.

 

Y colorín colorado, este cuento se ha acabado. Interesante moraleja, ¿verdad?

 

Twitter: @VeronicaFdezGo

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