Veronica original

De la tele a mi sofá

Verónica Fernández
La huelga que batió récord en los directos

El laberinto de los niños robados

Como si de una película de terror se tratara, el caso de los más de 1.000 €˜niños robados€™ en España nos persigue día tras día en la televisión y, en el mejor de los casos, sólo nos provoca un odio incesante hacia las personas que participaron en esta trama -personas por llamarlas de alguna manera-, que no me merecen ningún respeto ni tan siquiera un mínimo de compasión por haber alcanzado algunas de ellas la etapa de la vejez, como es el caso de Sor María, que con 80 años se ha convertido en la primera imputada por el robo de niños.

No hay día que encienda la televisión y no salga alguna noticia relacionada con el que para mí se ha convertido en el suceso más negro de la historia de los últimos años de este país, en el que Iglesia y médicos son cómplices de un crimen de lesa humanidad. A veces, incluso me parece como si estuviera viendo una película de trama casi policíaca con curas, monjas, médicos y funcionarios en el papel protagonista y luchando todos ellos por hacerse con el premio a la mejor interpretación.

Siento verdadera pena al escuchar los testimonios de las víctimas de toda esta historia. Cientos de personas que con 30, 40 ó 50 años luchan por continuar con sus vidas sin saber verdaderamente quiénes son, cuáles son sus verdaderos apellidos, su verdadera identidad. Personas que han vivido toda su vida en un engaño y que ahora ni el Gobierno ni las autoridades competentes están haciendo, a mi juicio, todo lo que debieran para desenmascarar a los verdaderos culpables y ponerlos en su sitio sin olvidarme, claro está, de todos aquellos padres a los que les arrebataron sus hijos en el mismo momento de nacer y a los que luego se les cerraron todas las puertas que pudieran conducirles a un halo de luz.

Como espectadora agradezco la postura que han tomado las distintas cadenas de televisión con respecto a esta trama que ha destrozado a miles de familias con historias repugnantes y que, al mismo tiempo, nos delata como una sociedad enferma. El de los niños robados no es un caso que haya tenido su momento de gloria y que luego haya caído en el olvido. No. Se sigue retroalimentando con entrevistas a los afectados para que a la clase política, policial y judicial no se les olvide hacer sus deberes ni se crucen de brazos por haber transcurrido ya tantos años.

Tanto es así que me parece muy buena noticia que el Gobierno vaya a crear un gran censo de afectados por el robo de niños, con el fin de cruzar los datos de los padres que buscan a sus hijos y viceversa y, por tanto, que se puedan facilitar más reencuentros. Además, también es un paso importante que se haya atendido una de las reivindicaciones más antiguas de las víctimas como es que el Instituto Nacional de Toxicología fije unos criterios para poder homologar y admitir en su base de datos los análisis de ADN que se han hecho por su cuenta los afectados en laboratorios privados, puesto que hasta ahora este instituto sólo hacía pruebas de ADN gratuitas a un afectado cuando lo ordenada un juez o el fiscal.

La urgencia es ahora lo que prima. El Estado y los jueces deben actuar sin pausa, hacer pagar a los responsables de estas vidas rotas, resarcir a las víctimas de esta macabra historia y ayudarles a encontrar la salida de este laberinto del que las imágenes y los recuerdos llegan a la memoria en blanco y negro pero también muchos de estos crímenes ya pertenecen a la etapa de technicolor.

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