Silueta alfredo original

Curiosidades y Anécdotas de la Historia

Alfredo Rodríguez Blázquez

LA PANADERIA, ENTRE LA LEY Y LA TRAMPA

En la época medieval, al igual que ha venido sucediendo hasta hace pocos años en las zonas rurales, el pan se preparaba en casa, pero como la mayoría carecía de horno para cocerlo, era el panadero quién cocía la masa preparada por las mujeres. Su recompensa era un pequeño porcentaje del producto, de tal modo que él luego pudiera revenderlo y conseguir así un beneficio (pan de poya). Las amas de casa encontraban un particular placer en acercarse al horno, con sus largas tablas sobre las que se disponían las diferentes porciones de masa, a esperar pacientemente en la tienda a que el panadero realizase su trabajo. En este lugar se reunían las comadres, todas llevadas por el mismo motivo, e intercambiaban todo tipo de habladurías y charlas sobre las novedades del vecindario.


    Así, la panadería acabó desempeñando, por lo que se refiere al género femenino, el mismo papel que la taberna tenía para los hombres y era, por tanto, un lugar privilegiado de encuentro, socialización e intercambio de experiencias. En muchos casos los hornos eran comunales y eran arrendados a profesionales del sector después de realizar una subasta; el  vencedor debía pronunciar en público el solemne juramento de desempeñar lo mejor posible la obligación a la que se había comprometido. A menudo el contrato de arrendamiento se hacía a familias cuyos miembros se implicaban todos en el negocio. Los hombres alternándose en los mostradores y el control del horno, las mujeres en la parte trasera de la tienda amasando, y los niños fuera, desempeñando la misión de recaderos.


    La actividad de panadero no conocía descanso: en calidad de profesión vital para el bienestar de la población, estaba autorizado para trabajar los domingos –el descanso solo se preveía en la reglamentación para las festividades religiosas más solemnes-. El panadero era de los pocos que podía circular de noche durante el toque de queda. El trabajo estaba regulado por una reglamentación que imponía al panadero, en el caso de que por negligencia se dejase quemar el pan de un cliente, una jugosa multa, además de la obligación de resarcir el daño producido.


    El gremio de los panaderos estuvo entre los más odiados por sus fraudes. Cuentan algunos historiadores la condena sufrida por un panadero madrileño del siglo XVII que aprovechó una huelga de su gremio, para amasar pan y lo vendió con un sobreprecio de tres reales. El castigo fue ejemplar: condenado a galeras después de recibir 200 azotes. Pese a la gravedad de las penas, la tentación defraudadora debía de ser tan grande que existía abundante legislación sobre este gremio para perseguir el fraude. El más común era el del peso, bien por el incremento de agua en la masa o por manipulación de la báscula. El segundo tipo de abuso era el aumento del precio, aprovechando las épocas de escasez. El tercero, y más grave, el de la adulteración del producto. Hubo un fraude consentido por la ley: ante la subida de la harina, para no aumentar el precio de la pieza de pan, se permitió rebajar su peso. Era una forma de calmar psicológicamente al pueblo y mantener el orden.

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