Silueta alfredo original

Curiosidades y Anécdotas de la Historia

Alfredo Rodríguez Blázquez

LA CULTURA DE LA PROPIEDAD

Mucha culpa de la crisis económica actual la tiene la deuda privada contraída en los años de bonanza económica por los ciudadanos, autónomos y pymes de este País. La culpa quizá no sea directa, ya que el sistema facilitaba los préstamos para que todos pudiesen tener acceso a la compra de una vivienda, de un coche, de unas vacaciones en el Caribe, o de una segunda vivienda con la que poder especular y seguir así el camino que desde “arriba” nos sugerían y nos invitaban a coger.


    Quizá los tiempos no invitaban a ser reflexivos, todo parecía al alcance de todos, y en la cultura tradicional de nuestro país está arraigado el término “propietario”. Desde la época de Franco, con el Ministro de la vivienda José Solís a la cabeza, se ha invitado a la gente a hacerse con la propiedad de una vivienda. Ese era el baremo de la prosperidad de una familia, junto a la compra de un Seat 600. En plena bonanza económica, estas raíces culturales, tan arraigadas en todos nosotros, se multiplicó de forma exponencial, amparadas por la facilidad y acceso al crédito que promovían las entidades financieras, sobre todos las Cajas.


    Lo que nadie explicaba, ni los políticos que facilitaban dicha compra con sus desgravaciones fiscales, ni las entidades financieras que concedían tan alegremente los préstamos, era que hipotecarse la friolera de 30 ó 40 años (toda una vida), era una trampa que podría arrastrar la vida de muchos a un fango del que sería muy difícil salir. Cuarenta años es el tiempo que antes (ahora es imposible) estaba trabajando una persona. Equivale a toda una vida de esfuerzos y sacrificios. Los que llevados por la inercia que desde “arriba” se proponía, se hipotecaron para ser propietarios de una vivienda. Ahora, no todos obviamente, se arrepienten una y mil veces del error que cometieron. A ellos les invitaban a hacerlo, pero a ellos les correspondía pensar que cuarenta años era toda una vida dedicada a pagar un techo que no valía lo que le habían cobrado. 

 

Nada que reprochar a los que llevados por la buena marcha de la economía, acometieron la mayor compra que un ciudadano de a pie puede llevar a cabo. Si las entidades financieras, y el Gobierno de turno, no hubieran facilitado lo que a ellos les venía tan bien, los ciudadanos normales, los asalariados, los autónomos, las familias, los funcionarios de la escala más baja, no hubieran cometido el error de hipotecar toda una vida para tener un techo, que según la Constitución es un derecho que todos tenemos reconocido. Ahora, en muy poco tiempo, esa deuda contraída para el resto de su vida se ha convertido en una auténtica condena: muchos, no solamente se van a quedar endeudados de por vida, sino que se quedarán sin la vivienda que con tanta facilidad compraron, y por tanto el derecho a una vivienda digna que reconoce la Constitución será simplemente un adorno más.   

 

 A este tipo de artículos constitucionales los podríamos llamar demagógicos porque en la práctica  solo sirve para unos pocos privilegiados. Pocos años después de “comprar” su vivienda, ahora pierden la misma, pero no se les condona la deuda entregando el piso, ésta sigue vigente, y aumentando, por los intereses de demora, porque así lo dice la ley. Ver para creer en la Europa común, donde esta práctica no existe.


    Los de arriba, los que conforman el auténtico sistema de poder: Gobierno, Partidos y Bancos son corresponsables de la ruina de más de un millón y medio de familias afectadas por llevar a extremos insospechados la cultura de la propiedad. A ellos les correspondería buscar soluciones al problema que han creado, aunque haya sido con la anuencia de muchos que se han creído que la bonanza económica en la que se vivía podría durar toda una vida.


    La crisis actual, que es global, ha afectado más cruelmente a los países, que como España, tienen en sus raíces culturales arraigado el sentido de la “propiedad”. Quizás vengan nuevos tiempos, muy difícil lo veo, donde se empiece a pensar como en los países del Norte y Centro de Europa, donde la propiedad de la vivienda, en un porcentaje muy alto, es  algo que se deja para el Estado, los Ayuntamientos, y otro tipo de Instituciones.

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